martes, 14 de marzo de 2017

HOY FIRMA: IGNACIO BALLESTER. "Más allá de los premios: breve muestra de la poesía mexicana contemporánea"

Más allá de los premios: 
breve muestra de la poesía mexicana contemporánea



Coral Bracho
México es uno de los países con más poetas, pero también con más premios y becas. Esto no debería de suponer un problema, pues la inversión pública en la cultura siempre ayuda a las mermadas humanidades; sin embargo, la creación del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en 1989 trajo consigo una fuerte división entre quienes escriben (que son la mayoría) y quienes leen (que son muy pocos), según ha estudiado Alejandro Higashi en PM / XXI / 360º (2015). 

Al repasar lo que se viene publicando en el país norteamericano no podemos dejar de mencionar a quienes han sido reconocidos de una u otra manera en las cinco décadas de la segunda mitad del siglo xx: Coral Bracho (Ciudad de México, 1951) o Jorge Esquinca (Ciudad de México, 1957); Fernando Fernández (Ciudad de México, 1964) o Cristina Rivera Garza (Matamoros, Tamaulipas, 1964); Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972) o Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979); Christian Peña (Ciudad de México, 1985) o Esther M. García (Ciudad Juárez, Chihuahua, 1987); así como Alejandro Baca (Estado de México, 1990) o Stephanie Alcantar (Durango/ USA, 1990). 

Jorge Esquinca
Independientemente de las generaciones o constelaciones (según la nomenclatura crítica), las voces poéticas tratadas en estas líneas tienen en común que han publicado o están publicando en lo que llevamos de siglo xxi. Pese a que la cercanía temporal de sus textos dificulta los límites y la consagración canónica, nos centraremos en autores que, por ahora, no reciben los premios o las menciones que merecen: Silvia Tomasa Rivera (El Higo, Veracruz, 1955) o Víctor Toledo (Córdoba, Veracruz, 1957); Xhevdet Bajraj (Kosovo, 1960) o Leticia Luna (Ciudad de México, 1965); Manuel Cuautle (Ciudad de México, 1971) o Adriana Tafoya (Ciudad de México, 1974); Daniela Sol (Talca, Chile, 1983) o Alejandro Albarrán (Ciudad de México, 1985); y Andrés Paniagua (Ciudad de México, 1992) o Clyo Mendoza (Oaxaca, 1993). Así pues, estudiaremos algunos detalles de la lírica más reciente para intentar observar desde otro lado la complejidad de la poesía mexicana; lírica que sigue atrayendo y acaparando la capital, la Ciudad de México, y que continúa vinculada con la academia. Las editoriales independientes y las escasas reediciones dificultan su lectura en España y Europa. Los premios reconocen a quienes los ganan, pero también a quienes podían haberlos recibido.


Cristina Rivera Garza
            La llamada Generación de los cincuenta se ha caracterizado, según los trabajos de Vicente Quirarte −«Filiación y continuidad de la poesía mexicana reciente» (1982)− o Alí Calderón −La generación de los cincuenta. Un acercamiento a su discurso poético (2005)− por su ligazón con la temática amorosa, aunque también destaca la heterogeneidad de formas e intereses de poetas cada vez más vinculados con la universidad. En este sentido, el libro Con-versatorias. Entrevistas a poetas mexicanos nacidos en los 50 (2013) que coordina Ricardo Venegas pone a dialogar a una amplia nómina de poetas que enriquecen el género literario más allá de Contemporáneos, estridentistas e infrarrealistas. Silvia Tomasa Rivera y Víctor Toledo, ambos de Veracruz, son dos casos peculiares de la segunda mitad del siglo xx a la actualidad. En el primer caso, En el huerto de Dios (2014) plantea un poemario sobre la religión y la coloquialidad mediante un lenguaje vinculado con lo cotidiano, lo terrenal. El mismo formato del libro que edita la Universidad Autónoma de Nuevo León confirma el interés por un lector de poesía joven. Además del trabajo poético de la autora, el gran tamaño de la letra, la calidad del papel y las imágenes a color lo convierten en una obra peculiar. Rivera establece imágenes que recrean temas clásicos desde la perspectiva del siglo xxi. Como es habitual en poetas mexicanos que −gracias al FONCA− hacen una estancia en España, encontramos referencias explícitas a tales espacios, como Tormes. Por otra parte, la poesía reunida de Víctor Toledo en Voz que ve (2015) muestra la sonoridad de un género que rescata tradiciones desde y fuera de México para ofrecer múltiples significados mediante la brevedad. Así dice uno de sus palíndromos sobre la vida y la muerte que se gesta en la ciudad:

Ciudad: semen-
terio de cemento.
(¿Y kura amor a «Roma» Haruky?)
(11)

En este caso la referencia a Haruki Murakami viene argumentada en las notas a pie de página, como es habitual en todo el poemario. La imagen de «sementerios» ya la trataba Adrina Tafoya en Mujer embrión (2013). Otros autores que trabajan al margen de las ceremonias son Tedi López Mills y su oficio para reescribir su poética interrogando la tradición y los límites del animismo en Parafrasear (2008), así como Héctor Carreto y la resemantización del superhéroe que supone su Testamento de Clark Kent (2015).

            La siguiente generación nace con el hippismo y el movimiento del 68. No sufren directamente el conflicto de Tlatelolco, pero su obra está comprometida con la violencia y la desigualdad que produce el capitalismo en un mundo no tan globalizado como se cree. Xhevdet Bajraj es capaz de llegar al estómago de quien lee ofreciendo una imagen cercana pero invisible para la mayoría. Sus libros El tamaño del dolor (2012) y Sueños (2014) describen, respectivamente, la guerra y la ilusión. Las reiteraciones inciden en un diálogo con el otro. Bajraj encuentra la conexión directa entre emisor y receptor. Es una poesía, por tanto, todavía cercana a la coloquialidad. Por otro lado encontramos a Leticia Luna, cuya obra poética está reunida en Fuego azul (2014) y conjuga múltiples temas, formas y registros. Los feminicidios que tanto preocupan a posteriores poetas, como Nadia Contreras, ya protagonizan el poema «Los días heridos», donde leemos:

Cada muerte trae más muerte
el país no es mejor país
sino un cautiverio de mujeres
               asesinadas en el Desierto
(81)

Posiblemente los poetas de esta década sean los menos conocidos, en parte por el boom de la novela en Hispanoamérica, la sombra de Paz y la profusión de antologías repetitivas. Progresivamente se advierte una mayor disolución de los límites entre géneros literarios; permean rasgos de la narración, del diálogo e incluso del ensayo. Otras voces más conocidas y también activas en las redes sociales son Malva Flores, Gabriela Turner, A. E. Quintero o Armando Alanís Pulido. Este último fundó Acción Poética y llevó, literalmente, la poesía a las calles.

            Manuel Cuautle dirige el Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de México. Adriana Tafoya hace lo propio con el Torneo de Poesía Adversario en el cuadrilátero. Si Cuautle reúne a reconocidos poetas internacionales en el Zócalo, Tafoya crea un original certamen de poesía en el que cualquiera puede ser protagonista. En ambos eventos es posible disfrutar de la poesía de manera gratuita, en la calle. Además, como es común en quienes se dedican al estudio y a la edición del género literario en México, ambos publican su obra en editoriales independientes. De él destaca El suicidio del caracol (2010), una serie de quince poemas con reflexiones viscosas y surreales sobre las manchas que, tras la lluvia, aparecen por la baba que los caracoles han ido dejando en las fachadas de un conocido condominio universitario. Adriana Tafoya también logra la fijación de un registro propio que no esquiva el detalle erótico u oscuro de lo cotidiano. Cabe destacar Los rituales de la tristeza (2013), donde la poeta reúne parte de su obra y genera una ternura humorística a favor de la vejez; además de encarnar uno de los temas comunes de la poesía mexicana con la técnica del desdoblamiento: el bestiario. Del perro a los insectos, los sentidos se despliegan en «Animales seniles», de Diálogos con la maldad de un hombre bueno (2014). El inicio de este poema marca la fragmentación del todo que nos rodea:

Buscando con todas sus garras
clavarse en un trozo de carne impúber
                                               antes de ser arrastrados
                                               los perros no levantan la mirada al cielo

sus ojos y olfato
                               obscurecen en el secreto hoy negro
                               que oculto intenso en esculpidas nalgas
                               se extenúa

llueve nada
                                               se escuchan corretear pasos suaves
                                                              ancas de salamandras
[…]
(7)

El trabajo altruista de tales poetas lectores se asocia a una constelación que empieza a desvincularse de la centralización del D.F.: María Rivera, Daniel Téllez, Álvaro Solís, Sara Uribe o Jorge Aguilera, quien ejemplifica el vínculo entre poesía e investigación al ser miembro del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea, junto a otros poetas académicos o académicos poetas como Alejandro Higashi, Eva Castañeda o Manuel Iris.

            La generación nacida en los años ochenta empieza a publicar una obra joven pero ya consolidada en el siglo xxi. Daniela Sol no cree que la literatura pueda abstraerse de lo social. Lejos de la estridencia y del panfleto del siglo pasado, la voz poética es calmada pero incisiva. Denuncia la desarticulación de los derechos humanos en Sonidos errantes (2014) o en Postales y Espejismos (2016). En este reciente poemario encontramos una verdadera reflexión sobre Ayotzinapa. El poema homónimo hurga y purga la herida. En el título de un poema, Daniela Sol desarticula la tradición que conforma el yo, la poética:

               Desapego
                      Apego
                           Ego
                             Go
               (2014: 28)

La filiación y continuidad (cfr. Quirarte, V.) de la tradición se aleja de los referentes («Desapego») para aproximarse («Apego») al sujeto poético («Ego») que empieza a avanzar y a sobreponerse al peso anglosajón («Go»). Alejandro Albarrán sigue una técnica para la apropiación, la intertextualidad y, a la vez, la inseguridad de la poesía mexicana contemporánea. Las tachaduras o las borraduras conforman parte de su libro Ruido (2012); cuyo poemario «Intervenciones» oculta textos vacíos de significado y rescata el lenguaje poético del discurso obliterado.

            Cada vez son más los premios estatales, nacionales e internacionales. La poesía mexicana, posiblemente junto a la chilena y la colombiana, es puntera al respecto. Otros nombres que se están acercando a la pléyade son Paula Abramo, Iván Cruz Osorio o Karen Villeda. Editoriales independientes como VersodestierrO (de Tafoya), Malpaís (de Cruz Osorio) o Cuadrivio (del también poeta Alejandro Baca) apuestan por poetas más allá de los premios.

            La ciudad y sus carencias aparecen en los poetas más jóvenes. Andrés Paniagua teje y desteje en Usted está aquí (2016) un lenguaje también incompleto. Como lectores, debemos de conocer y releer un texto breve que no es complejo sino hondo. El talento va parejo al atrevimiento y a la confianza en una obra que, como decimos, se sostiene por la tradición y el diálogo voluntario o inconsciente entre poetas que comparten texto y contexto independientemente del año de nacimiento. Es obvio que la separación en décadas facilita el estudio y la organización de tantos nombres, pero en la práctica el vagabundeo de los personajes de Paniagua continúan la evolución del flâneur al dandi, al paseante o al peatonauta (cfr. Carrillo, R. 2014). Clyo Mendoza, también con su ópera prima, está mostrando ya las bases de una poeta que dará que hablar y que leer (que es más importante). Anamnesis (2016) establece mediante el recuerdo una historia con saltos temporales y alteraciones de voces, personajes y formas como la epístola o el diálogo. La violencia, la violación, vuelve a ocupar una defensa de los derechos humanos a través de un lenguaje carente de metáforas pero lleno de poesía. Lo preocupante, todavía, es que tales trabajos (de Daniela Sol o Clyo Mendoza) contra la desigualdad no estén presentes en los poetas. Veamos, para terminar, la prosa poética de «Dos de noviembre de un año con números redondos»:

Abuelo:
¿Todos los hombres viejos huelen a lo mismo?
Me acerco a sus nucas en las filas del metro, tienen como tú un olor parecido a la creolina.
Ojalá sea cierto que hoy es el día de tu visita. Repártete, mi abuelo de huesos anchos, llega hasta mí que te necesito tanto.
Quiero pedirte perdón por no leerte nunca, ni cuando estuviste enfermo. Siempre llevaba libros cuando iba a verte, pero nunca te leí. La gente sólo lee a los enamorados, a los operados, a los niños terminales y a los ancianos débiles.
Te lo pido, señor, ayúdame a soportar esta absurdidad de amar a alguien que ni siquiera vivió (Mendoza, C. 2016: 29).

Parafraseamos a Mendoza para defender a otros poetas de México, pues «la gente sólo lee a los enamorados, a los operados, a los niños terminales y a los ancianos débiles». Aunque es inviable conocer todos los nombres (especialmente jóvenes de la talla de Kevin Martínez, Alan Vargas Mariscal, Méraly Reyes Tovar, Hamlet Ayala, Esteban López Arciga, Sergio Eduardo Cruz o −el creador de poemojis y protagonista de excesivas polémicas− Dante Tercero) debemos de ser conscientes de que el catálogo es amplísimo y está lleno de conexiones.

            La poesía mexicana contemporánea posee una gama muy rica que, por ahora, es difícil de estudiar más que desde la particularidad. En cualquier caso, la preocupación por la poesía desde la poesía, según hemos ido viendo, continúa estando vigente. Así lo confirma el libro que coordina Carmen Alemany, Artes poéticas mexicanas (de los Contemporáneos a la actualidad) (2015).

            Esta breve muestra por décadas nos permite advertir la intertextualidad en los cincuenta, la brevedad y la precisión de los sesenta, la narratividad de los setenta, el cromatismo de los ochenta y la memoria de los noventa. Consideramos «poetas de México» a quienes escriben y son leídos en dicho país, independientemente de que hayan nacido en Kosovo (como Xhevdet Bajraj) o en Chile (tal que Daniela Sol). Algunos autores tratados (pensamos en Manuel Cuautle o Adriana Tafoya), además de escribir, están ligados a la gestión cultural y a la edición. Paradójicamente, es difícil tener acceso a textos que se vienen publicando en el siglo xxi. Para mitigar este problema, el Archivo de Poesía Mexa (1940-2016) cuenta con una larga lista de títulos digitalizados con el permiso de sus autores y editoriales. La poesía mexicana llega a España en contadas ocasiones (cabe destacar al respecto las editoriales Ultramarinos o Balduque). Si en México conocen lo que se publica en España, no ocurre lo mismo en el sentido contrario.


Ignacio Ballester Pardo