domingo, 26 de marzo de 2017

LITERATURA Y CINE: EL NADADOR (por Javier Puig)


THE SWIMMER


Tenía  muchas ganas de volver a  ver El nadador de Frank Perry. Es una de esas películas que, aunque carezcan de la sobria elegancia de las grandes obras, aunque resulte notoria en ella  alguna secundaria deficiencia, ocupan un lugar queridísimo en mi historial cinéfilo, y es que prefiero una película mejorable pero honestamente  emotiva antes que otra de gélida e insulsa perfección. Esta adaptación de Frank Perry me impactó fuertemente desde un primer momento. Pronto se incorporó a mi imaginario fílmico como una de sus páginas más perturbadoras, como la duradera impresión de una sombra muy amenazante. Creo que, cuando la vi por vez primera, ya conocía el magnífico relato de John Cheever del que parte. Ahora he vuelto a releerlo y sigo pensando que, a pesar de su calidad, su traslación cinematográfica lo amplía muy enriquecedoramente. La representación de ese mundo impulsado por la sed de apariencia resulta más impactante en las rebosantes imágenes de la pantalla que en las apresuradas páginas de un relato en donde tan solo se apunta el descendimiento hacia lo indeseable.

La realización de la película, su estética, la encontramos hoy un poco desfasada, dependiente del lastre de las tendencias de la época, de una psicodelia que asoma en determinados momentos y desvirtúa un tanto la composición general. Aquí, con otro propósito que el habitual de las comedias de la época, se nos muestra ese mundo hortera del americano burgués, exitoso, orgulloso de vivir en un supuesto paraíso. Lo mejor de la película es la portentosa interpretación de Burt Lancaster que poderosamente aborda un papel que le permite exhibir todo un abanico de matices anímicos. Y también resulta admirable en muchos momentos la enriquecedora adaptación del relato de Cheever que realiza la guionista –esposa del director– Eleanor Perry, ampliando las escenas, añadiendo unos reveladores diálogos que son prácticamente inexistentes en la narración original.

Más que la antología de sus excelentes cuentos, el libro de Cheever que me impresionó hondamente fue el de sus diarios. En ellos, revela, sin excesiva explicitud, pero con inevitable empecinamiento, un deambular por los laberintos de la angustia, por sus problemas con el alcoholismo, con una homosexualidad no asumida. Y, en sus páginas, pesa, como una insistencia en la infelicidad, ese matrimonio que es una “una comedia  amarga”. Son esas anotaciones un débil intento de afianzar sus posibilidades de conservación frente a los deseos destructivos (el último Cheever confiesa que si no se divorció fue por temor a la soledad y el suicidio). En esos escritos, trata de expresar su duplicidad en la vida. Por un lado, una aparente vida de padre ejemplar, perfectamente integrado en las decentes y obligatorias costumbres de su entorno y por otro su solitaria adicción al alcohol, sus inhibiciones y sus pulsiones sexuales, nunca adecuadas para el mundo al que, a pesar de todo, contra su ansiedad, se agarra.

Ned, el protagonista de El nadador, tiene de la vida de su autor esa relación con el alcohol. El ambiente en el que se mueve es ese. Todos los amigos que encuentra están con resaca o bebiendo. Pero esa adicción se enmascara dentro de un marco social. Lo que más importa en ese mundo es un hedonismo convencional, una apariencia que soporte  al menos las miradas del inmediato presente. En el  trayecto que se ha propuesto realizar para llegar a casa, nadando en todas las piscinas de los chalés de sus vecinos, imagina un río discontinuo al que se le ocurre  llamar Lucinda, en honor a su esposa.

Al principio de la película, vemos en Ned a un hombre maduro, pletórico de energías y de ánimos, el típico convecino afable, derrochador de luminosa simpatía. Pero pronto vamos conociendo el paulatino desvelamiento de la mentira en la que vive. No hay explicitud, pero son signos ominosos la extrañeza que va encontrando en aquellos que va sucesivamente visitando, la perplejidad que contempla cuando nombra el amor que siente por su mujer y sus hijas, cuando describe la idílica familiaridad de un hogar ejemplar en el que todo va viento en popa. Es el sueño americano al que se le van viendo las grietas, el seguro resquebrajamiento que a duras penas había ocultado. Y, en cuanto se convierte en un perdedor, ese mundo artificioso lo rechaza, lo excluye. No hay amistad verdadera, solo compadreo circunstancial, necesidad de un recíproco y favorecedor reflejo.


Ned se cree a sí mismo bondadoso, pero allí por donde va recibe noticias de que ha hecho daño. Él se extraña de que el feliz desarrollo de su ser sea motivo de resentimientos. “Yo nunca quise hacerte daño. Créeme, por favor, créeme”, le dice, confuso, a su antigua amante. Pero a esas alturas de su recorrido ya no le queda credibilidad ni poder de seducción. En unas horas, en unas piscinas que ha atravesado a nado con declinante ímpetu, el tiempo parece haberse acelerado extraordinariamente. Lo nota en los signos de la naturaleza. Es como si repentinamente hubiera llegado el otoño, pero no ya el siguiente, sino tal vez un otoño de años venideros, porque ve casas abandonadas, porque hay cosas que no han podido pasar tan precipitadamente. Lo que él no sabe es que está realizando un viaje hacia su presente, a ese momento de su vida, que, sin saberlo, había rehuido, en una amnesia selectiva capaz de eliminar momentáneamente las sombras.

Al inicio de la película, Ned emerge, de la primera piscina en la que ha nadado, con una gran energía, con un rostro exultante. No necesita la escalerilla para salir de ella. Más adelante, le sobreviene el frío, el cansancio. Quiere remedar aquellas primeras exhibiciones de vitalidad, pero ya no le resulta posible. Es como si hubiera envejecido de repente, como si fuera derecho a una muerte que lo atrae. Ahora ya no tiene fuerzas para remontar el bordillo de la piscina y, humillado, nada lenta, pesarosamente, hacia la escalerilla.


Cada vez es peor recibido por sus vecinos. Atónito, incrédulo, se entera de que debe dinero, de que ya no está con su mujer y que sus queridísimas hijas van hablando mal de él por todas partes. Es como si le tocara ahora ser otro, alguien mucho menos afortunado. Ya no enamora a todas las mujeres, ya no puede codearse con la burguesía privilegiada. Es como si estuviera desahuciado de la vida que había creído merecer. Cuando finalmente llega a su casa, en bañador, con frío, lloviendo, no le es posible entrar en ella. Mira por la ventana. Está vacía. No hay refugio, solo la verdad: la desgracia y esa muerte, tan cercana.  


Javier Puig



No hay comentarios: