lunes, 27 de marzo de 2017

LUCIÉRNAGA de ALBA CERES (por Olivia Martínez Giménez de León)



CRECE UN MUNDO DE DESPUÉS









Luciérnaga



Alba Ceres



Editorial Kriller71

Colección Kokoro Libros
Barcelona, 2017











Luciérnaga es el primer poemario de Alba Ceres y me acerco a él con el cuidado y la delicadeza de quien sabe que tiene entre manos un material frágil pero también hiriente tanto por su forma como por su contenido. El eje temático de la obra relata una gradación de estados; esto es, la enfermedad, la muerte, el duelo y la memoria. No es un reto sencillo afrontar poéticamente el tema de una enfermedad, como es el caso del cáncer ante la cual todos nos mostramos vulnerables y aterrados, o afrontar el tema de la muerte, especialmente si es la muerte de la madre que trae consigo la orfandad. Sin embargo, Alba consigue recorrer con acierto la oscuridad de estos escenarios con la contención suficiente para que el dolor de la vivencia no desborde el texto hacia una sentimentalidad afectada.


La pregunta evidente es, cómo la autora consigue escribir, poetizar, sublimar a partir de estos temas. Y es en este punto donde el discurso poético de Alba se muestra más sólido y más coherente. Lejos de apelar a la tópica elegíaca, su escritura está despojada incluso de la propia escritura: las estructuras sintácticas y las morfológicas se ven alteradas, la puntuación es exigua, se suceden tachaduras y onomatopeyas de gritos…. Es el cuerpo discursivo el que asume el dolor de la enfermedad y la muerte hasta quebrarse; la lógica se convierte en un gesto intuitivo y se fragmenta. De manera tal que la emoción se nos presenta contenida y condensada en la palabra rota. De hecho, salvo el primer poema que tiene una forma más próxima a la prosa poética, el  libro está formado por poemas pequeños y afilados que parecen caer o introducirse o descender. El descenso de la rotura. Retomando la pregunta anterior, nos referimos a la solidez y coherencia del discurso poético de Luciérnaga porque forma y contenido nos cuentan lo mismo: la ruptura real (vida/muerte), la ruptura simbólica (sujeto roto por el dolor) y la ruptura formal (métrica, sintaxis, morfemas; lo irracional).

Ante de entrar a analizar el resto del libro, conviene detenerse en el poema inicial porque avanza muchas de las claves de lectura que después se concretarán más adelante, tal y como podemos apreciar si desplegamos el mapa semántico que en él hallamos: lo roto, el dolor, la plegaria, la enfermedad, la memoria, las manos, la fe, la piel, la huella, el rezo, el cuerpo, la hija, las palabras, el gesto. ¿Quién enuncia aquí? Hay un yo y hay un tú que se confunden; una madre en la hija y una hija en la madre, una voz que aconseja para un futuro casi inminente: “sabrás como si siempre siempre ahora que sabrás como una hija que ha crecido”. Alguien, un sujeto poético que media entre el yo y el tú, parece querer preguntar, ¿cómo hago ahora? Y la respuesta es el cuidado y el instinto: “sabrás instinto rezan la memoria hace plegarias rotas que sabrás la mano aquí en la enfermedad en lo que rompe hace escondite cuida insiste que sabrás lo roto duele lo que escribe cuida cuida la oración si abajo buscas toca”.

Las citas del libro, versos de los poetas japoneses Issa Kobayashi, Masaoka Shiki y Taneda Santôka, no se encuentran, como suele suceder, ubicadas al comienzo de la obra, sino que van marcando distintos pasajes del poemario: la enfermedad, la muerte, el duelo y la memoria.

En el primer pasaje, la palabra está rota por los surcos de la enfermedad:

tiembla
esto
que oscuro
corteza
el daño
esto 
que lengua
escupe
torpe
cáncer
que
luciérnagas
mamá
desde
las uñas
lumbre.

Son poemas breves, casi un hilo de voz, que desde el mínimo cuentan un todo. Dolor, vulnerabilidad y ternura dialogan en sus versos: “con/ cavidad/ mano/ pone/ una/ luciérnaga/ en lo/ pecho/ que/ es/ mamá/ titila/ anatomía/ del/ amor”, incluso cuando la muerte es una posibilidad sin retorno: 

haces tanto calor
cerca de la muerte
madre ¿es la belleza?

En la segunda parte, el pasaje de la muerte, es especialmente relevante el símbolo de las manos. Alba parece decir que a la vida se llega por el tacto, y que lo que no es tacto es vacío. “¿hay/ un tú/ en la/ ceniza/ algo/ cáncer/ algo/ suave?/ ¿ya no se/ distingue/ por el/ tacto?”. 
Tal y como ella dice, tras la muerte “crece/ un mundo/ de después” o como más adelante leemos “toca/ seguir/ dicen y/ cariátides/ las/ manos/ no/ comprenden/ lo que/ tocan/ ¿es la/ pérdida/ es lo/ huérfano/ que/ pesa? – sin/ abrazo/ cada huella/ que se/ escombra”. El dolor de la pérdida, se hace lágrima, se hace herida “por el embudo/ irreversible/ de la muerte”.

El duelo, el tercer pasaje, nos cuenta ese mundo del después que no parece avanzar “un segundo:/ polvo – inaprensible/ otro segundo”; y que lleva a la autora a desear quedarse en el dolor para evitar el olvido: “y un/ deseo/ de tenaza/ fijación/ en el/ dolor/ más/ lúcido”.  Sin embargo, la aparición de la memoria nos acerca al consuelo: 

ruido
de
memoria
que te
trae (…)
sin tu
cuerpo
soy ¿tu
caja de
resonancias?

En el cuarto pasaje se intuye la esperanza a través de la memoria de la madre, tal y como se anticipaba en el pasaje anterior, a pesar de que se continua con la “pupa/ blanda/ de insistir” y con la sensación de extrañamiento del mundo del después. Alba recupera en este punto del libro el símbolo que había utilizado en la primera parte y que da título al libro. En sus versos, utiliza la imagen de las luciérnagas, primero como símbolo de la luz frente a la oscuridad de la muerte, pero poco a poco, como un símbolo íntimo que la une a su madre a través del recuerdo y del amor. Así, con esta imagen, que nos restituye y alivia, Alba cierra un poemario admirable y bellísimo, donde cada palabra es esencia en un ejercicio de depuración y contención excepcional.


Olivia Martínez Giménez de León





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