martes, 4 de abril de 2017

JOSÉ HIERRO en el 95 aniversario de su nacimiento


JOSÉ HIERRO 
en el 95 aniversario de su nacimiento




Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo quería poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí*.





Noventa y cinco años. Ese es el número de velas que habría soplado hoy el poeta madrileño JOSÉ HIERRO, que desapareció el pasado 2002. Sí, es cierto: su cuerpo, su "mirada limpia y honda, su voz de aguardiente (como el rumor de un río oscuro de nicotina y del vino de las tabernas), su cabeza de patricio o de estatua yacente"** ya no están, no son presencia terrenal, pero el escritor, ya lo han leído, tenía claro que no podría "morir nunca" porque su obra, eterna ya, nos acompañará siempre.

Preso del régimen franquista, poeta desafecto a la tendencia de sus contemporáneos, Hierro fue crítico de arte, miembro de la Real Academia de la Lengua y cosechó, con algunos de sus libros, gran éxito entre la crítica y los lectores, que elevaron las ventas de sus títulos hasta convertirlos en bestseller. 

José Hierro fue Premio Adonáis en 1947, Premio Nacional de Poesía (1953 y 1999), Premio de la Crítica (1958 y 1965), Premio de la Fundación Juan March (1959), Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1981, Premio Fundación Pablo Iglesias en 1986, Premio Nacional de las Letras Españolas en 1990, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1995, Premio Cervantes y de nuevo el Premio de la Crítica en 1998,3 Premio Europeo de Literatura Aristeión, Premio Francisco de Quevedo y el Premio Ojo Crítico Especial por la belleza de su obra en 1999.

Fue declarado Hijo Adoptivo de Cantabria en 1982. En 2002 el Ayuntamiento de Madrid le concedió la Medalla de Oro de la ciudad. El 25 de abril de 2008 la ciudad de Santander le rindió homenaje colocando un busto del poeta en el Paseo Marítimo, junto a Puertochico, inspirado en los versos de uno de sus poemas sobre la bahía: Si muero, que me pongan desnudo, desnudo junto al mar. Serán las aguas grises mi escudo y no habrá que luchar"***.

En una entrevista concedida a EL CULTURAL en 2002, Hierro asegura sobre su producción: "Yo prefiero la palabra testimonial (al referirse el periodista a él como poeta social). Celaya era un poeta social, porque pretendía modificar la realidad con sus textos. Yo no pretendo modificar nada; si hablo de la muerte de un minero doy testimonio de esa muerte, del mismo modo que si a uno le deja su novia o se muere su padre. En Celaya importa más la intención del poema que el ejercicio retórico. Yo creo que el tema del poema es lo de menos. Importa, más que lo que se dice, cómo se dice. A priori, Dios no es mejor tema literario que un vaso roto; aunque en la vida pueda ser más interesante, en el poema no lo es. Importa el resultado. Fíjate en Bécquer. "Suspirillos germánicos", llamaban a sus versos; y el tema no era nada del otro mundo, desde luego, pero el resultado es altísima poesía".

Recita aquí Réquiem, uno de sus poemas más celebrados, con su voz rotunda:




Destino alegre

Nos han abandonado en medio del camino.
Entre la luz íbamos ciegos.
Somos aves de paso, nubes altas de estío,
vagabundos eternos.
Mala gente que pasa cantando por los campos.
Aunque el camino es áspero y son duros los tiempos,
cantamos con el alma. Y no hay un hombre solo
que comprenda la viva razón del canto nuestro.

Vivimos y morimos muertes y vidas de otros.
Sobre nuestras espaldas pesan mucho los muertos.
Su hondo grito nos pide que muramos un poco,
como murieron todos ellos,
que vivamos deprisa, quemando locamente
la vida que ellos no vivieron.

Ríos furiosos, ríos turbios, ríos veloces,
(Pero nadie nos mide lo hondo, sino lo estrecho.)
Mordemos las orillas, derribamos los puentes.
Dicen que vamos ciegos.

Pero vivimos. Llevan nuestras ,aguas la esencia
de las muertes y vidas de vivos y de muertos.
Ya veis si es bien alegre saber a ciencia cierta
que hemos nacido para esto.


La mano es la que recuerda...

La mano es la que recuerda
Viaja a través de los años,
desemboca en el presente
siempre recordando.

Apunta, nerviosamente,
lo que vivía olvidado.
la mano de la memoria,
siempre rescatándolo.

Las fantasmales imágenes
se irán solidificando,
irán diciendo quién eran,
por qué regresaron.

Por qué eran carne de sueño,
puro material nostálgico.
La mano va rescatándolas
de su limbo mágico.



Luz de tarde

Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,
tornar a este instante.
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.

Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
la apariencia tranquila del aire,
esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase...

Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas.
Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,
poblando otra tarde como ésta de ramas que guarde en mi alma,
aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.





*Poema El Muerto, del libro Alegría.
**Artículo de Jesús A. Salmerón en Revista Notas.
***Información extraída de Wikipedia.


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