lunes, 10 de abril de 2017

TIERRA DE NADIE de MIGUEL MEJÍA (por Rafa Núñez)


RESEÑA PANORÁMICA DE 
TIERRA DE NADIE (2016)





Tierra de nadie

Miguel Mejía



La isla de Sistolá, 2016





Aunque Miguel Mejía no es un poeta conocido en los grandes círculos de la poesía nacional, su obra ha sido premiada y reconocida en más de una ocasión. No hará demasiado tiempo que la editorial sevillana La Isla de Siltolá y la editorial onubense Niebla publicaron dos poemarios de Mejía casi simultáneamente, a los que luego nos referiremos en profundidad.

La poesía de Mejía cuida la palabra de forma milimétrica, siempre acierta en el uso del sinónimo, su elección y combinación del mismo. Cualquier lector curioso puede observar cómo su poesía ha sido corregida y pulida como si de un orfebre de la palabra se tratase. Mejía ha sabido devastar sus versos con la precisión de unas manos maestras en el oficio de poeta; su forma de crear no tiene un eje fijo, transita entre varios estilos y disciplinas. La imagen y la extraordinaria habilidad para versificar convierten su poesía en un caballo al galope del verso. Miguel Mejía se complace en el extrañamiento y en rehacer frases hechas para que sean aún más puntiagudas. Recrear el lenguaje es parte del ejercicio de los grandes poetas, para ello se requiere la habilidad de deconstruir el lenguaje y renovarlo continuamente, desprogramándolo del uso recto del mismo.

Descubrí a Miguel Mejía mientras estudiaba las antologías de poesía onubense. En concreto en la antología de la tertulia en la que solía participar, Madera Húmeda, en la que Miguel empezaba a destacar. Luego Francis Vaz lo señaló como uno de los mejores poetas onubenses. Según Vaz, poseía una variedad de recursos, voces y técnicas poco vistos en los círculos onubenses de la época. Su forma de hablar es prudente y sosegada, profunda y humilde, sus gafas demuestran que ha leído y no poco. Recientemente publicó una traducción de Tadeusz Dąbrowski, poeta polaco, en la sevillana Siltolá. Pero preferimos centrarnos en su faceta como poeta y no como traductor.

Si partimos de Memoria de cosas perdidas, publicado en 2008 (pero escrito en 2002, como el propio autor ha repetido en distintas ocasiones), veremos a un poeta de registros amplios al que, si se tratase de un escultor, no le importaría hacer figuras sedentes o de medio, bajo o alto relieve; su eje combinatorio es amplio y a la vez selectivo. Podemos ver recursos estilísticos de distintos tipos, desde formales a puramente técnicos, además del uso de distintas voces líricas. Sin embargo, el autor siempre ha hablado de este poemario como un poemario inicial.

En Hacia donde (2015), reeditado en la editorial Niebla y ganador del premio Paul Beckett (2012), encontramos una melancolía fina, un viaje hacia un lugar sin determinar en donde las casas, los naufragios, la muerte y los enigmas de la existencia entretejen una red conceptual y semántica que daría para una sesuda tesis doctoral. Por ejemplo, léase ese naufragio justo después de la recreación del mito de Orfeo y Eurídice, la vuelta al mar, y el descanso dominical. Esos textos provocan la explosión de una serie de conceptos universales como la pérdida, el viaje y el regreso.

Centrándonos en Tierra de nadie (2016), publicado por La Isla de Siltolá, podría ser ese lugar al que se dirigía en el poemario anterior. Este poemario ha sido ya reseñado por Francisco Javier Irazoki en el Cultural (25/11/2016). Irazoki destacaba de este poemario: “La sobriedad expresiva, cierto tono de confidencia y el gusto por el endecasílabo”. Sin embargo, a nosotros nos gustaría darle sentido a las citas, a la lengua metapoética y al velado existencialismo del poema. Por un lado, las citas de Wallace Stevens y Claudio Rodríguez tienen en común la reflexión sobre la palabra. En ese sentido su poemario es una montaña construida con una polifonía tan variada y distinta como sorpresiva: Borges, Quevedo, Pavese, Hölderlin, Dashiell Hammett, Norah Jones, Carlos Barral, César Vallejo, Javier Barrero o Neil Young, es casi imposible trazar un una red semántica que uniese a un grupo tan variado como plural de voces. Sin embargo, Mejía salva el tiempo y el espacio a través del lenguaje tejiendo versos y enmarcándolos y multiplicando sus significados en palabras del poeta: “Amplifican/ los labios y altavoces el silencio”. Su lengua poética dice de sí misma: “Por decirlo/ de otro modo/ escribo en un idioma que una vez/ escrito ya no entiendo”. Esa lengua que habla de una tradición particular y única. Sólo la suya, la tradición literaria que Mejía decide y que convive en silencio en sus poemas. Poco después, nos dice Mejía: “Antes de nada hay que aprender/ a hacerse las preguntas pertinentes/y luego formularlas en los términos/ correctos”. En ese laberinto poético que es su poemario dice:

Todo es más grande que nosotros y por tanto
más pequeño. Pasando con un dedo
sobre el relieve envejecido de este mapa
logro localizarnos: aquí estaba el desvío
casual, aquí aquel cruce
y un poco más allá la media vuelta
hacia la incertidumbre.


La poesía de Mejía tiende a hablar de sí misma y tejer diálogos entre textos y voces. Si unimos el último verso del poemario “se va desvaneciendo y ya no estás”, con el primero: “esta mañana soñé que me moría”, recordemos: que son palabras borgianas al gran Soler Serrano. De esos versos podemos inferir un ligero existencialismo silente de este poemario Es difícil situar los poemas cronológicamente, puesto que Miguel Mejía ha compuesto una especie de collage temporal, utilizando poemas que habían sido escritos tiempo atrás, pero guardados y reposados. Por ello, este poemario es un edificio poético muy bien asentado. En él se ve el trabajo de un autor que ha alcanzado la madurez poética; un autor que con la debida publicidad alcanzaría grandes cotas de éxito. Tierra de nadie es un viaje hacia la lengua, la existencia y un diálogo callado entre poetas. Sus mundos sutiles tienen escondrijos inhabitados. Buena lectura.


Rafa Núñez


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