viernes, 19 de mayo de 2017

EL HUMO DE LOS VERSOS de RAMÓN BASCUÑANA (por Noelia Illán)








EL HUMO DE LOS VERSOS

Ramón Bascuñana








No es raro que Ramón Bascuñana se haga con un premio; cualquiera que consulte su biografía por internet verá que avalan su obra (o lo que quiera que signifiquen los premios) numerosas menciones y demás galardones. Pero además de eso, la crítica -salvo que me diga lo contrario Ramón- siempre ha sido generosa con su obra. ¿Por qué digo esto? Porque este poemario, aunque le haya valido en 2015 el Premio Ernestina de Champourcin, no tiene peor reputación entre aquellos que lo han leído o escrito sobre él. Pueden echar un vistazo a las varias reseñas y comentarios que uno encuentra en la red para darse cuenta de que EL HUMO DE LOS VERSOS ha sido bien recibido entre los lectores de Bascuñana.

Si algo quizá hemos de destacar en este poemario -y que viene siendo una tónica en la trayectoria de Ramón- es ese tono elegíaco que lo define, que se inhala desde el mismo título del libro. Como de costumbre, Ramón sabe hilar fino y consigue que sus libros sean auténticos poemarios, ya que -como pocos- sabe darle ese tono “global” a cada obra, convirtiéndola en lo que deben ser estas cosas: poemarios, y no colecciones de poemas.

Otra característica de EL HUMO DE LOS VERSOS, a mi entender, es la importancia de los títulos de cada poema: se convierten así en mojones del camino, en pautas para entender lo que a lo largo del libro Ramón nos quiere transmitir. Y tiene claras varias ideas: para empezar, que poesía y vida no se pueden concebir separadas. Son las dos caras de una moneda y el mundo no se entiende sin la primera, algo que también viene siendo un tópico en la obra del alicantino.

Por el estilo volvemos a encontrarnos con algo familiar en Ramón: la ausencia de retoricismo que convierte al poema en algo barroco, en algo recargado o artificial. Con aparente sencillez en el lenguaje, Bascuñana consigue abordar temas tan profundos como la fugacidad del tiempo, la muerte o el sentido de la vida, como si de un elegíaco romano se tratara. Esto precisamente le acerca a poetas como el mismísimo Tibulo, que con esa confianza en la palabra sencilla nos llevaba a las grandes reflexiones del ser humano. La poesía nos salva, sea lo que sea la vida, y la palabra es entonces una tabla donde agarrarse.

La experiencia, el poso del tiempo y los recuerdos son otro elemento conductor que nos lleva de la mano a lo largo de estos poemas. Hay una pena por lo perdido, pero no desde una actitud pesimista, sino con la melancolía propia de la elegía, con la insatisfacción de los clásicos. En esa melancolía que, creo, caracteriza el poemario, Ramón se detiene, pero no lo hace con hastío o desdén, sino con una mirada pálida y contemplativa. La caída es parte del éxito. Manuel García Pérez hablaba de este libro como “una reflexión sobre el dolor de la nostalgia”. Y quizá no le falta razón, pero yo no creo que haya un dolor consternado, o un rencor hacia la imposibilidad de cambiar el mundo. Es una visión menos guerrera, más contemplativa y elegíaca.

Hay también una intención clara en el hecho de definir las cosas, y prueba de ello, como digo, son los mismos títulos o incluso la descripción casi objetiva de los hechos que nos rodean o de los sentimientos vividos. Como apuntaba Ignacio Ballester, si hay algo que define la obra de Ramón es la capacidad de decir mucho con poco, lo máximo con lo mínimo. A través de palabras aparentemente sencillas, de breves descripciones -e incluso, a veces, casi meras aproximaciones- Ramón va más allá en su discurso y toca esos temas innatos al ser humano, como lo es también la belleza o la pérdida. En este sentido, el autor da mucha importancia a los símbolos, a las imágenes que le sugiere el mundo: la vida como el mar, el futuro como una sombra, el fuego como el presente.

Como en otras ocasiones, Ramón no deja de lado la importancia de eso que considera la salvación en muchos momentos de la vida: la poesía, la Literatura, con mayúsculas. La poesía consigue fijar lo hermoso de la vida, y al mismo tiempo nos permite refugiarnos del dolor, de la pérdida, de la soledad. Es el cobijo, como él dice, contra la tormenta, y siempre está ese sentimiento terco por seguir escribiendo el último poema.

Creo que los lectores de Tibulo u Horacio me entenderán cuando digo que el tono del poemario es clásico a más no poder. Y no sólo eso, sino incluso los propios temas. Es, en definitiva, una visión melancólica del presente, pero siempre con ese pasado mejor que no se nos olvida. Hay cierta insatisfacción, claro, pero ¿acaso es posible no tenerla? Encontramos la nostalgia del cuerpo, de los amigos perdidos, de los viajes, recuerdos de lecturas…, porque siempre lo vivido es mejor que el oscuro futuro, como diría Séneca. O quizá ni siquiera eso: quizá -como se pregunta el mismo Ramón al final del libro- eso era todo, y todo no era para tanto.



Noelia Illán

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