lunes, 1 de mayo de 2017

LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO (por Manuel de la Fuente Vidal)


LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO




ROBINSON JEFFERS, 
el último cantor de Walt Whitman

Huerga & Fierro Editores. 
La Rama Dorada. Poesía esencial. Edición bilingüe.

Traducción, selección, notas y estudio preliminar de Antonio Cruz Romero



La Historia de la Literatura está repleta de poetas colosales, pero que sin embargo nunca rebosan el vaso, artistas demasiado embebidos por las modas o generaciones a las que pertenecen, por los usos y costumbres del tiempo que le les ha tocado sufrir o, incluso por las circunstancias políticas, sociales y culturales con las que tuvieron que convivir y con las que hubieron de enfrentarse a lo largo de toda su vida personal y creativa. Pero hay otros, y suelen ser pocos y haya que buscarlos con paciencia y detenimiento de entomólogo, que supieron escapar a formas y moldes, a tendencias y charlas de cafetín, a correveidiles y y trujimanes del halago fácil y los reconocimientos del establishment. 

El norteamericano Robinson Jeffers (1887-1962) es uno de estos últimos. Tal vez porque si apenas se ve en él seguimiento ni imitación de otros coetáneos como Eliot o Pound, tal vez por su formación académica (que fue mucho más allá de la literatura, aprendiendo astronomía, matemáticas, física, técnicas forestales) y, sobre todo, porque se pasó más de media vida aislado en una casa de granito en la costa californiana, cerca por cierto de la villa de Carmel, de la que un día fuera alcalde Clint Eastwood. Allí, rodedo de cipreses y eucaliptos, viendo el vuelo rasante de halcones, gaviota y cormoranes y en la sola compañía de la mujer de toda su vida, Una Call Custer, Jeffers se entregó a manos llenas a sus dos pasiones, el cultivo de la poesía y el contacto con la feraz naturaleza de la zona, que en aquellos ignotos lugares tiene tanto de explosión meteorológica como de fuerza telúrica, indómita e indomable.

Jefferson, hijo de un presbítero de estrictas convicciones religiosas, viviendo en aquel paisaje desnudo y a menudo hostil se las vio a solas y enfrentándose cara a cara a los designios de Dios transmutados en tormentas, huracanes, vendavales, pero también con el lado más amable del Creador en las primaveras derrochadoras de luz y de color y en los otoños más suaves, pero no por ello cargados de menos simbología estacional. Jeffers convive con Dios, que en todo se manifiesta desde los gusanos a los imperiales halcones, pero sus relaciones no siempre son cordiales. Porque Nietzsche y el panteísmo son también a menudo platos difíciles de digerir: “La belleza de las cosas nació antes que los ojos y es suficiente para sí misma; la desgarradora belleza permanecerá cuando no haya corazón que se resquebraje por ella”. La Naturaleza (pletórica, sabia, whitmaniana) invade los versos libérrimos de Patterson, para quien el hombre y aun sus más vastas obras no son sino juguetes chiquititos ante el poderío de la Tierra: “Veo los pesados cuerpos de granito de las rocas del promontorio, ya antiguas antes de que Egipto tuviese pirámides. Antes del primer hombre aquí estaban las piedras el océano los cipreses… aquí está la realidad”. Rememora la tarea del hombre primitivo pintando con sus manos las cuevas y recuerda al hombre de hoy que no se olvide de esas manos que otra vez le llevarán al camino de la belleza. “Así la gran ola de una civilización pierde su alma formándose –escribe- se cae a pedazos y fracasa. Todavía creo que la verdad es más hermosa que todas las mentiras y que Dios más que todos los falsos Dioses” porque ése es uno de los diagnósticos más preclaros que la poesía de Jefferson nos ofrece, que el hombre le tiene un pavor total y ancestral a la verdad: “Que los hombres públicos hagan públicas las falsedades / No es nada nuevo que América deba aceptar./ Al igual que las antiguas repúblicas la corrupción y el imperio / Se ha sabido durante años. Enójate con el sol por ponerse / si estas cosas te provocan ira. Observa a la rueda inclinarse y girar, / Todos ellos están unidos a la rueda, esa gente, esos guerreros / Esta República, Europa, Asia”.

Hombre y artista libertario Robinson Jeffers se mostró totalmente contrario a la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, lo que durante muchos años hundió su vida social y literaria y le convirtió en una rara avis que se merecía todos los dardos ya fueran justos o no razonables o fruto sin más de la intolerancia. Sin embargo, el 30 de agosto de 1939 (dos días antes de que los alemanes invadiesen Polonia) Jeffers escribió uno de sus más desoladores poemas, “El desierto del alma”, cargado de pesimismo y de un pacifismo muy particular: “”Sin duda es la época de desilusionarse, de entrar cada uno al particular desierto del alma y buscar a Dios, -habiendo visto al Hombre”.

Leer a Robinson Jeffers es como escuchar a Walt Whitman muy enfadado, mesándose las luengas barbas, poniendo muchos puntos sobre demasiadas íes de su Canto a Mí Mismo. Jeffers se antoja enfadado, a menudo con Dios (quién no se ha enojado alguna vez con un Padre injusto y antojadizo), pero también se acerca a él en las plumas del halcón, en las hojas de los cipreses. En la poesía de Jeffers brama el choque de las olas contra los acantilados de las costas californianas, el grito de un chamán que no siempre consigue que Manitú nos colme con su lluvia, es también la voz de un profeta que en lugar de mostrarnos soluciones apenas si puede decirnos dónde mejor podemos guarecernos mientras una y otra vez nos insiste (sin mucho éxito) en que no debemos temerle a la verdad, esa cruz de fuego que durante milenios ha acompañado la vida del Hombre. Y nos pide, finalmente, que como postrer solución, “debemos descentrar nuestras mentes de nosotros mismos, debemos de deshumanizar un poco nuestras miradas y volvernos seguros como la roca y el océano de los que fuimos hechos”. Leer a Jeffers es oír la voz de un profeta perdido, a menudo enojado, que muchas veces clama en un particular desierto, el de la soledad del Hombre en el mundo, sólo acompañado por sus miedos y sus terrores eternos, un profeta que grita y se conmueve mientras sostiene en su antebrazo un halcón, mientras se asoma a las aguas del furibundo Pacífico buscando la Verdad, esa misma verdad que aterra al común de los mortales.


MANUEL DE LA FUENTE VIDAL



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