viernes, 5 de mayo de 2017

“MÁS ALLÁ DEL SUR. POETAS DESDE ALMERÍA" (por J. Jesús de Bustos Tovar)


MÁS ALLÁ DEL SUR:
POETAS DESDE ALMERÍA


Se presenta un nuevo libro de poemas. Si siem­pre es motivo de gozo recibir el puro aire de versos recién nacidos, lo es mucho más en este caso por­que se trata de un libro colectivo en el que, con tonos diversos, ritmos distintos y palabras de muy variado manantial semántico, cada poeta trata de comunicar su experiencia personal (o la ajena) a los demás hom­bres. Precisamente por ser un libro de muchos poetas, no sería pertinente convertir este “prologuillo” en una cita nominal o comentario de cada uno de los autores y de sus poemas. No se trata de hacer crítica literaria, propósito, por otra parte, imposible al tratarse de un libro colectivo. No citaré nombres, pero sí breves frag­mentos de poemas. Por eso me limitaré a hacer una breve reflexión surgida más que de un conocimiento teórico, de las sugerencias que me ha suscitado la lec­tura de estos versos.


Cuando se lee poesía, lo primero que le asalta al lector es indagar para quienes están escritos esos versos. ¿Es el “yo” poético el primer receptor del poe­ma? Dar una respuesta afirmativa es la primera ten­tación, pero nada sería más falso que convertirla en una afirmación de validez universal. Claro que en una primera instancia el poeta escudriña en sí mismo y en el mundo que lo rodea, pero no es esa su finalidad pri­mordial. Por eso los versos no publicados son “res non nata”. Se escribe fundamentalmente para comunicar con otro, es decir para convertir el yo subjetivo en un yo múltiple, o, dicho de otro modo, para transformar la experiencia personal en experiencia compartida. El fondo de la naturaleza poética es la búsqueda de esta hazaña comunicativa. Por eso, hoy nos parece banal la antigua polémica entre Juan Ramón Jiménez, sobre si su obra poética se dirige a la inmensa minoría, y Jorge Guillén, quien desea que esa minoría sea también la inmensa mayoría posible.

El instrumento poético esencial es la palabra, pero no hay que confundir la palabra con la experien­cia. Toda escritura poética supone esencialmente una transformación de la experiencia. Parte de ella misma pero la convierte en otra cosa que ya es también de otro. Para que alcance potencialidad poética, es decir para que sea capaz de establecer una empatía comu­nicativa con el lector, debe estar dotada de ciertas condiciones de varia naturaleza. Las palabras signi­fican el mundo, son representación del mundo y por tanto reflejan la experiencia humana pero también evocan. Los filólogos y semantistas (entre los que me encuentro) han subrayado el valor evocador de la pa­labra, que en términos poéticos, se proyecta sobre la emoción y la imaginación. Es cierto que todo acto de creación es, en esencia, una catarsis, incluso cuando el campo poético está referido a realidades externas al propio autor. Al convertir la experiencia en palabra ya estamos ante otra realidad que trasciende al pro­pio autor Por eso, todo análisis estilístico es en primer término un análisis semántico. Para ejemplificar lo que quiero decir, elijamos algunos versos al azar: “Más allá de la otra orilla, me he dejado mis mejores sueños, / Mis recuerdos de niñez atesorada en verdes lágrimas / y algunas deshojadas margaritas de libertad” (Del poema “La otra orilla”, p. 255)

Me parece evidente que, en este poema, el lé­xico no tiene función descriptiva, sino emotiva e ima­ginativa. Las palabras significan en tanto que evocan para el lector un tiempo perdido, pero que está vivo en el mundo imaginativo del poeta y que es capaz de suscitar en el lector una misma identificación nostál­gica. Esto es lo que llamamos palabra poética o, si se quiere, palabra verdadera o palabra en el tiempo (Antonio Machado). Juan Ramón Jiménez afirmó en términos inequívocos que la función del poeta es “ser en otro ser”. A veces ese “otro ser” procede del des­doblamiento en dos seres del propio poeta. Todos los verdaderos poetas provocan este proceso para expre­sarse a sí mismos. García Lorca lo hace constante­mente en “Poeta en Nueva York” y lo representa con un dramatismo intenso en Así que pasen cinco años. No importa que sea una obra teatral. El poema está contenido en el enfrentamiento de personajes: su “yo” y su “otro yo”. En este libro que hoy se presenta hay testimonios abundantes de este fenómeno. Otras ve­ces el poeta siembra palabras para enfrentarse a su propio universo poético: Palabras al viento se titula uno de los poemas incluido en esta Antología (p. 109) y es un testimonio precioso de cómo las palabras po­seen la función de crear un universo que atañe al pro­pio autor.

En segundo término, la palabra poética es pa­labra asociada, es decir voz que requiere de otra voz para comenzar a tener sentido. Esto no es privativo del texto poético; se produce en cualquier tipo de dis­curso. Los lingüistas hemos establecido el concepto de campo nocional o campo semántico, es decir la agru­pación de palabras que guardan entre sí una relación significativa. Lo que ocurre es que en el lenguaje or­dinario esta relación es o bien de tipo lógico o bien referencial. Una asociación de esta naturaleza puede llegar a evocar (no cada voz por sí sola, sino por su asociación en un mismo campo) el caos del mundo. En la Antología hay un testimonio precioso en el poe­ma sin título que comienza “Y más allá del sur” (pp. 23-24), donde los términos con puro valor referen­cial se acumulan hasta constituir una unidad:

Ay sur mediterráneo
envuelto en mil espumas
que inspira mil cruzadas
y trágicos silencios, papados, virreina­tos,
imperios, concordados,
absurdas monarquías,
chambelanes, casullas,
condados y marqueses,
ducados, gran ducados,
escudos y estandartes,
sayones, charlatanes,
varones, exorcistas,
comen­dadores viles…

Y así hasta ocho estrofas más que acumulan tér­minos de un mundo reprochado y reprochable.

Ocurre que en el discurso poético tal relación es casi siempre de tipo imaginativo o emocional. Adjudi­car el adjetivo verde a lágrimas no es una mera figura retórica, sino una intensificación del mundo emocio­nal evocado. Por tanto, es palabra poética auténtica. El poeta actúa con una extrema libertad asociativa, uniendo en una misma tirada léxica voces que no tie­nen que estar forzosamente relacionadas por causas lógicas, sino porque en su amontonamiento se halla su verdadero sentido. Claro que el poeta se vale hábil­mente del ritmo y de la bimembración para dotar de cohesión textual a ese variado conjunto léxico.

Sustancial a la creación poética es el ritmo. No existe poesía sin ritmo. A mi juicio, eso de la prosa de la realidad convertida en poesía es una entelequia, lo que no significa que no exista la prosa poética, pero es que ésta posee un ritmo interno. En la Antología existen algunos testimonios apreciables. A título de ejemplo citaré el poema en prosa “Solo el misterio nos hace vivir” (p. 82): “Hay un rumor que huele a noche, un oscuro silencio que parece mirarme sin quererme decir nada. Tal vez la luz, cobardemente, siga que­riendo huir del sol, lo mismo que huye un tren en día de tormenta…”

Claro que el ritmo no tiene que ser obligatoria­mente de naturaleza fonética (rima, sílabas, acentos, etc.), sino que puede ser de tipo interno. Obviamen­te, el soneto es la forma poética más fuertemente co­hesionada por la intensa correlación que existe entre formas estróficas y distribución de la materia poéti­ca. En la Antología hay excelentes sonetos y no es preciso ejemplificar ahora. También existen audaces innovaciones como el poema citado más arriba, escri­to enteramente en heptasílabos en estrofas de siete versos. Tanto más audaz cuanto que el heptasílabo es un verso acentualmente difícil y por eso apareció en la poesía española asociado al endecasílabo. Se trata, a mi juicio, de un ejercicio que no ha naufragado ni en la distribución de la materia poética ni en el tono rítmico. En cambio, en otros casos el ritmo se adelgaza hasta hacerse casi imperceptible. Este libro contiene una buena cantidad de testimonios con los más ricos ma­tices rítmicos y también en alguna ocasión, todo hay que decirlo, de alguna laguna o vacío que deja en el aire la mínima coherencia necesaria para que el lector pueda penetrar en el sentido del poema.

Por último, como tercer vértice de esas breves reflexiones, me referiré a la construcción del texto, que es la auténtica unidad poética porque en él reside el sentido. Leyendo esta Antología, cabría preguntarse qué es un texto. En este libro hay ejemplos de diversa naturaleza. Algunos extensos focalizados en un centro expresivo, otros que se ramifican en diversos moti­vos poéticos e, incluso alguno extremadamente bre­ve. Para que una suma de versos constituya un texto tiene que cumplir la condición de unidad que procede de una intención comunicativa unitaria, cuya forma de expresión formal es la cohesión. Esto no siempre es fácil de conseguir, como muestran algunos poemas del libro. El secreto radica en fundir la significación del material lingüístico con la intención comunicativa, sea esta de naturaleza narrativa, descriptiva, emocional, imaginativa, etc. Incluso la intención dialéctica puede combinarse con todos estos elementos del contenido para alcanzar un tono emocional. Valga como ejemplo el poema “Que se vayan” (p. 53): “Si a un ser todavía tierno / de pocas horas o días, / si a cara de alegría / se abandona alguien enfermo, ¡Ahora lo hace este Gobierno, estos dantescos ministros de la hipocresía esbirros…” Incluso puede ocurrir que un poema inten­samente lírico posea valores dialécticos, como creo que ocurre en “Enfrentado a Dios” (p. 48).

Desde el plano de la teoría general de la comuni­cación se distingue muy claramente entre significación y sentido. El primero es el resultado de la asociación de todos los componentes lingüísticos; el segundo re­quiere algo más: exige asociar a la significación lin­güística la intención comunicativa, tanto de parte del autor como del receptor. A nadie se le oculta que am­bos planos atañen a la creación poética de modo muy particular. La razón es muy sencilla: el mundo evoca­do no tiene obligatoriamente que coincidir con el mun­do referido. Por eso la tarea del lector es descifrar la intención profunda del autor e interpretarla de acuer­do con las armas que le proporciona su propia expe­riencia poética y su saber del mundo. Esto no significa que cualquier interpretación sea válida. La recreación poética del lector no puede contradecir el significado de las formas poéticas creadas por el autor. Por eso los teóricos de la literatura hablan de distintos niveles en la interpretación del sentido. Hace ya muchos años que Dámaso Alonso insistió en que, en una primera lectura, nada debe empañar el contacto directo de la palabra poética con el lector. Lo primero es la conmo­ción lírica que el texto, en su constitución como tal, produce en el receptor. Por eso la comunicación poéti­ca es, en recepción primigenia, un choque de sensibi­lidades. A esto invito al lector cuando se enfrente a los textos poéticos contenido en esta Antología: a dejarse llevar del goce que produce de manera espontánea la pura forma poética, en sí misma, como postulaba Juan Ramón Jiménez.

De otro lado, al tratarse de poemas escogidos nos falta un elemento esencial para la comprensión profunda de cada poema, que es el análisis de los componentes de la intertextualidad. Como se sabe hoy muy bien, el estudio literario necesita de dos ele­mentos esenciales para determinar el sentido, que son los que proporcionan los elementos funcionales que pertenecen a la intertextualidad. La lectura de estos poemas elegidos debe ser, pues, un estímulo para pe­netrar en la obra completa de cada autor. De ahí la pertinencia de la noticia que se da de cada uno de ellos.
Claro que esta actitud inicial no se opone a otras lecturas críticas o interpretativas más profundas. Uno de los grandes creadores de la Estilística española, Amado Alonso, distinguía muy acertadamente entre el gusto poético y la delicia estética. Esta sólo se alcanza cuando se ponen en marcha los mecanismos filológi­cos capaces de ahondar en el sentido del texto. Esta presentación pretende ante todo invitar a recorrer todos los estadios del proceso de recreación poética que llevan del autor al lector. Es el modo único para que el gozo de leer se transforme en la delicia de com­prender y de sentir.


JOSÉ JESÚS DE BUSTOS TOVAR


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