jueves, 11 de mayo de 2017

PÁGINAS SEÑALADAS de JAVIER RAMÍREZ VILLALBA (por José Luis Martínez Clares)


La mañana tiene nombre de obligaciones








Páginas señaladas
Javier Ramírez Villalba

Editorial Círculo Rojo, 2017








Tengo un capricho de escritor: para hablar de este libro voy a empezar hablando de otro libro diferente. Escribe Javier Pérez Andújar, en su novela “Los príncipes valientes”, que existen dos tipos de escritores: los de mar y los de río. Nos explica el de San Adrián de Besós, que los escritores de mar son más narradores y que los de río son más poetas. Javier Ramírez Villaba, que nació en Arroyo del Ojanco, provincia de Jaén, lleva toda su vida viviendo frente al mar. Todo indica que, en su caso, esta trayectoria vital, estas aguas dulces y saladas, constituyen una estupenda mezcolanza, un amasijo de inquietudes y talento que quizás hayan influido sobremanera en el camino literario que se ha trazado Javier, en el afán narrativo del que hace gala su poética. Porque Javier Ramírez, después de tanto tiempo, sabe muy bien que es mejor huir de los poemas que no cuentan nada, poemas que fluyen por un río seco, huir de la poesía que nace sólo para ser poesía, pues la vida -como escribe en el poema que da nombre a este libro- es:

Un cuento clásico,
una comedia
ambulante pero hermosa
en la ciudad perdida de mis sueños.

Y esa comedia, ese cuento, sólo pueden emocionarnos si los versos nos dan cuenta de ellos de la manera adecuada, si los narramos partiendo de otras lecturas inevitables o de los figurantes que pasean a nuestro alrededor, de lo que nos inspira y de lo que nos padece, de lo que nos sucede y de lo que apenas intuimos que nos sucede. A estas alturas, tengo muy claro que he venido a este mundo únicamente para emocionarme y los poemas que van cayendo de estas “Páginas señaladas” son emocionantes porque son cotidianos, porque lo que narran nos ocurre a todos y cada uno de nosotros, porque somos, tal vez a nuestro pesar, los custodios de ese

Suspiro que se queda dormido
en la garganta como un recuerdo
agrio e inocente de la infancia.

que también escribe Javier Ramírez en otro de sus poemas. Busquen al azar, si lo desean: la emoción está en todos los recovecos del libro.

“Páginas señaladas” es un libro inmenso, tanto en el fondo como en la forma, un libro que supone casi una antología poética de su autor, pues abarca un largo periodo productivo, todo un decenio de silencio que ahora exige su voz y su palabra. Una década de lecturas que han ido dejando su poso poético en cada verso, que se deslizan a través de las numerosas citas que dan pie a los poemas, citas que no pasaban por allí casualmente, sino que constituyen esos pasadizos que van abriéndonos paso de un libro a otro: Muñoz Molina, Benedetti, Salisachs, García Montero, Benítez Reyes, Battiato, Pombo, Gala, González, Caballero Bonald… constituyen un aporte proteico del que se nutre la poesía de Javier Ramírez. Todos ellos son la parte de este mundo que Javier se va leyendo. Pero también hay numerosos poemas que nacen directamente de la parte que Javier vive, poemas paridos por sus propias dedicatorias: a Lorenzo, a Valentín, a Florentino, a Trini (siempre reincidente), a Marta, a María del Mar, a Mara, a Charo, a Mabel, a Asun, a Ana, a José Luis, a María José y Pablo… nombres perfectamente argumentados que están ahí por algún motivo, para que nadie dude de que su presencia justifica por sí sola los versos que le siguen. Javier Ramírez es, definitivamente, un poeta de lo que vive y de lo que lee. Como cualquier otro poeta. Como cualquier otra persona. Y que cada cual cargue con su cruz.

De esas dedicatorias, que son la columna vertebral de la poética de Javier Ramírez Villalba, surgen sus temas habituales, temas que derivan hacia una poesía agradecida y amorosa. Porque Javier es uno de esos escasos poetas que no tienen reparos en escribir del amor cuando están completamente enamorados, uno de esos tipos apasionados que jamás dejaría para mañana esa pasión que hoy le quema. Sus sentimientos nunca se enfrían antes de caer sobre el papel porque Javier Ramírez pasa de perspectivas u otros artificios del oficio de poeta. Pese a ello, sorprende que el amor que hay en sus poemas esté escrito con intensidad pero sin patetismo alguno, porque su amor, el amor que aparece en este libro, es un amor cotidiano que nada tiene de peliculero, es un amor de acuerdos y desacuerdos, el amor que descansa en un vaso de vino solitario o en la amistad urgente, sincera. No sé si la Poesía de Javier Ramírez tiene escuela. Lo que sí les aseguro es que tiene amor. Compren el libro y subráyenlo. Sus parejas se lo agradecerán, porque a nadie le amarga un dulce, un ramo de rosas ni unos versos como estos:

Contigo estoy huérfano.
Sin ti
estaría solo.

A ver quién puede resistirse a eso. Porque Javier Ramírez no está seguro de qué quieren decir las palabras “te quiero”, pero, en cambio, sabe perfectamente lo que significa echar de menos a alguien o, incluso, perderlo y, además, tiene el valor de ponerlo en un poema.

Distintas dedicatorias, pretéritas y atemporales, dan pie, también, a otro de sus temas básicos: el tiempo, y el declive, la enfermedad o la muerte que va dejando a su paso. Pero Javier Ramírez nos habla de una muerte concreta, próxima, una muerte que sabe a soledad y a tarde gris, a silencio, una muerte que se queda prendida a los poemas como en el caso del que titula “Día de la madre”, uno de esos poemas que permanecerán, sin duda, en la memoria de quien ose comprar un libro de poesía como éste y, además, tenga la desfachatez de leerlo. Un poema con el que Javier Ramírez cierra el poemario del mismo modo que podía haber cerrado una vida -entre “inquietantes rumores de hospital”-, para, después, ya se sabe, intuir un nuevo poema, un nuevo libro, una vida que empieza en otra parte dentro de cada uno de nosotros, tan distintos y tan efímeros, porque también escribe:

El paso del tiempo es tu ingratitud.
Y tu indulgencia también.

Agradecido, tras este breve periplo por “Páginas señaladas”, regreso, para terminar, al otro Javier, al de San Adrián de Besós, porque también le he leído en alguna parte que es más importante adquirir un estilo de escritura que un estilo de vida. Y tal vez por eso Javier Ramírez Villalba haya decidido escribir tal y como vive y vivir tal y como escribe, evitando de esa forma cualquier tipo de incongruencia. Sabe, sin duda, el poeta que, si cerrásemos los libros, llegaría ineludible el “tiempo de despertar y / la mañana tiene ya nombre de obligaciones”.



                                           José Luis Martínez Clares


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