jueves, 18 de mayo de 2017

SANTIAGO MONTOBBIO: EL POEMA QUE SALVA LA VIDA ( por Fco. Javier Sancho Mas)


Santiago Montobbio:
el poema que salva la vida.


Más, todavía más.

Hacia el sol, en volandas
La plenitud se escapa.
¡Ya sólo sé cantar!

Jorge Guillén, Cima de la delicia


El primer día de clase en la universidad, cuando estudiaba Filología, nuestro profe de Literatura Española se presentó en pantalón corto y con una camisa de color fosforescente. Era rubio, alto, con los ojos azules, joven, y soltero, que supiéramos. Empezó a recitar con voz de tenor a Rubén Darío, y nos dejó a todos en babia. Y sin que nadie se lo pidiera nos confesó que él había sido un poeta y, decepcionado por quedar finalista del premio Adonáis, había decidido dedicar su tiempo a la filología y la docencia.
    Tenía una memoria magnífica para identificar lo que estudiábamos como “intertextualidad”. Entre otras confesiones, supimos que su padre le obligó a leer cuando era chico, y “a hostias”, la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra. Y además en orden.  Era, y supongo que aún es, un profesor de frases felices como: “Desengañaos muchachos,  en la vida todo es sexo y religión”; y el primero que me enseñó a leer a Ausiàs March (“En vos sea mi señora tan bien dulce de amor …). Otra frase de él era: “Si todos fuéramos felices, nadie escribiría”.

   Luis Gómez es uno de esos profesores cuyas clases no se las pierden los alumnos. La última vez que le vi en la estación de tren de Sevilla,  hacía poco que se había publicado la edición más reciente del Quijote de Avellaneda, de la que él estuvo a cargo. Y no lo vi feliz.

Santiago Montobbio dice que la poesía le salvó literariamente la vida. Y a mí eso, siempre que escucho a un poeta decirlo, me lleva a San Juan de la Cruz. Montobbio ha leído bien a San Juan de la Cruz e incluso me ha dado pistas de publicaciones acerca de su obra en revistas con las que él está entrañablemente unido, como El Ciervo. Montobbio nos ha contado que sus versos empezaron a surgir como un torrente en la biblioteca del Ateneu de Barcelona, en los márgenes de los apuntes aburridos del Derecho (creo que sólo Delibes veía los apuntes de Derecho como un taller ameno de aprendizaje literario). Y también nos ha contado, y lo hemos leído en sus versos que surgen del amor, y más concretamente, del desamor. Un torrente de emociones, y un torrente de versos. Si no hubiera sido por la mano que extrajo con tinta (todavía usábamos tinta…) esas emociones y las condujo por el laborioso consorcio de palabras que se publicaron como salieron, sin corrección alguna, ¿qué hubiera pasado? Creo que, sin mencionarlo, el temblor en los versos de Montobbio demuestran lo que hubiera pasado. Una manera de decir: “¡Eh, estamos aquí y somos vida!”. Si no estuvieran esos versos que se agarran a la vida, en su trascendencia, pero sobre todo en su olor de café, en las mañanas del campo, en el paseo en la ciudad,…Montobbio tampoco estaría.

El poema que salva la vida… San Juan de la Cruz llevaba ya siete meses preso, en una celda de los carmelitas calzados de Toledo. Los religiosos no soportaban a ese que “se hacía el santo” y lo pusieron a prueba, en la oscuridad y la estrechez, con un hábito lleno de piojos y a base de pan y agua. Sólo lo sacaban algunos viernes y lo humillaban en medio del refectorio, insultándolo. Él prefería eso a pasar días y noches encerrado sin oír una sola voz humana. Poco a poco se iba secando el torrente de emociones que también era Juan de la Cruz. Quería cambiar su pequeño mundo, el de su tiempo, el de las órdenes religiosas y la vivencia de Dios, impulsado por Teresa de Jesús. Quería que sus escritos, canciones, villancicos, dibujos en escorzos, ayudaran a llevar las huellas de su relación sensual y amorosa con Dios a quienes los acogieran. Incluso participó en algún concurso organizado por Teresa, y también por esta quedó un poco burlado.
     Nadie parecía tener el poder suficiente para sacarlo de allí, ni siquiera los ruegos de Teresa en palacio. Y todo por lo que había luchado parecía desmoronarse, como su propio cuerpo en aquella tortura. Pero San Juan de la Cruz era un poeta. Y un día, vino la canción.


Dicen los testimonios que se trató de un arriero que iba junto al río, sobre el que se alzaba el convento de los Calzados. Quizá en esa hondura de valle, el volumen se redobló y se coló en la celda del poeta. El arriero cantaba una canción, que hoy diríamos que era pop: “Muérome de amores, Carillo. ¿Qué haré?… Que te mueras Alahé…!”. Aquella copla, o canción pop, produjo como un milagro, una convulsión. Tocó el alma del poeta, como si el arriero estuviese diciendo con las palabras justas lo que dentro de sí había, y la canción no fuera una coplilla sin más, sino una sinfonía. Y ahí empezó la historia del Cántico espiritual y de La noche oscura del alma, las dos grandes composiciones de la poesía mística y española de todos los tiempos. Primero, compuestas en su cabeza, por falta de papel y pluma, y a golpe de memoria, cada vez más débil, por cada verso. Más tarde, gracias a la ayuda de un fraile joven que se apiadó de él, consiguió llevarlo a unos cuantos pliegos de papel, pero no suficientes. Y los versos seguían, como la vida, como Dios, sin apagarse. ¿Dónde escribirlos, pues? Y hete aquí, que aquel hombre que ya se estaba dejando morir, como solución única, y como destino irremediable, le puso freno a la muerte. Y pidió más papel. Y no se lo dieron. Pero San Juan de la Cruz era un poeta. Y entonces, se las arregló para aflojar por las noches el candado de la puerta. Noche a noche, verso a verso. Hasta que, “en una noche oscura, estando ya mi casa sosegada”, se escapó de la prisión y, así como estaba, todo hueso y piel, cruzó Toledo para refugiarse donde unas monjas.
    Aquellas mujeres, al verlo tan enclenque, adivinando los meses sin bocado, fueron a prepararle una comida que le alimentase sin dañarle: peras con canela. Qué delicadeza, ¿no? Siempre me llena de ternura este detalle. No sé. Pero Juan de la Cruz apartó el plato un momento y, en cambio, apuró a una hermana a que escribiese en unos pliegos las estrofas finales que aún le quedaban, para que no se le fuese de la memoria. Eso cuentan los que así lo vieron.

    El poeta de Fontiveros sabía que sus versos bailaban entre la sensualidad y Dios, porque procedían de fuentes tan sensuales y divinas como El Cantar de los cantares y como Garcilaso, amén de otras tradiciones que ni él mismo podía calibrar. Esos versos valían su misma vida, y le sacaron de la prisión y de la muerte, porque tenían sentido. Esa narración poética de los sentimientos más inmediatos, salva de la muerte, y esa es la trayectoria de Montobbio. De lo contrario, qué hacer, cuando uno sufre de amores: ¿”Qué te mueres alahé”?

Uno lee a Montobbio como paseando con él, como si se le permitieran entrar en ese mundo tan suyo, que en el fondo es tan normal y tan nuestro, pero que se nos hace extraño a fuerza de silencio, timidez, o normas sociales. Sus páginas, toda la parte de su obra que ha ido publicándose en los cuatro libros de El Bardo, es una invitación. Si uno se sienta con Santiago, apenas dirá un verso suyo. Hablará de otros (como yo aquí comencé hablando de otros que, en principio, no tenían nada que ver), pero en su libro, uno le escucha. Esta vez, sólo a él, un espacio que la vida cotidiana nos disminuye o nos escatima. No hay espacios donde compartir lo que sentimos, donde decir que todo esto no es más que un cierto desamor, o donde nombrar a Dios sin tener que dar demasiadas explicaciones. Donde decir por ejemplo, un versos de esos que hace que un poeta como él se nos quede en la memoria del corazón: “El mar está al final de algunos niños”… Y lo dice así, como si nos tuviera al lado y estuviese viéndose a él de niño en las playas de Girona. Como si estuviésemos trasladados a otro tiempo donde el espacio juanramoniano se abre sin fronteras: “El mar está al final de algunos niños”, dice Montobbio en uno de sus mejores momentos poéticos.

No sé si la motivación para escribir que tiene hoy Montobbio es la misma que la que tenía en el Ateneu de su juventud, cuando usaba los márgenes de los apuntes de Derecho. Pero sospecho que como Garcilaso, San Juan o incluso un poeta nicaragüense místico y sensual, Ernesto Cardenal, él también escribe en defensa de una felicidad perdida o dañada.  Montobbio, a veces recuerda al primer Cardenal de la poesía conversacional, el que en los Epigramas nos explicaba que la motivación para el movimiento, incluso el de escribir, o el de hacer una revolución, podía ser simplemente el “no” de una muchacha:

    Me contaron que estabas enamorada de otro
    y entonces me fue a mi cuarto
    y escribí ese artículo contra el Gobierno
    por el que estoy preso.

No creo que a Santiago le incomode o le ruborice que se lean delante de él sus propias líneas. Para algo están escritas. Pero de estas cosas no se suelen hablar así tan abiertamente. Las tengo como la explicación, el making off de toda esta obra que El Bardo publica, y quizá de toda su obra. Se trata de un texto en prosa donde comprenderemos a quién y, sobre todo, por qué, debemos que Montobbio escribiera poesía. Es la pura sinceridad sin matices.


PORQUE, AUNQUE escribas esto, tú eres una persona muy normal”, me dice una amiga de mi hermana, fotógrafa y pintora que ilustra para una revista algunos de mis poemas. Quedamos el otro día en un café del Paseo de Gracia, vivimos cerca, y le di algunos poemas antiguos... Los leyó ya en casa. Los había leído hacía mucho tiempo y ahora, tantos años después, le convulsionaron. Estaba su hija, que también escribe, y se los pidió. Y al leerlos arrancó a llorar, y le dijo a su madre que estaban escritos desde el centro del alma y de la razón, y que quién escribía después de esto… Su hija, que no enseña a nadie lo que escribe, le dijo que le gustaría verme, y que leyera sus poemas, pero que yo, claro, no querría. Claro que quiero, y con mucho gusto, digo. Yo esto ya lo sabía, me dice su madre, y que ya se lo había dicho, porque yo era una persona muy normal. “Porque tú, aunque escribas esto, eres una persona muy normal” me dice a mí ayer por teléfono, y esta mañana lo recuerdo y pienso que es una gran verdad, que lo soy y sobre todo he querido serlo. He constituido así mi vida. No he querido ir de escritor o de artista por la vida, ni ser un intelectual. Ya desde la adolescencia quise ser uno más entre mis amigos, y que mi escribir, que me constituía, no afectara a mi vida… Que mi arte no interfiriera en mi vida.

Yo vivía así la poesía. Y creo que así ha de vivirse. Como una vivencia profunda e íntima, incomunicable, y que no puede compartirse. Ni explicarse. Por eso escribía así y no hablaba nunca de arte. Me parecía que de arte no se puede hablar, y me lo sigue pareciendo. Porque es herirlo, vulnerarlo. Así una vez que un amigo del colegio, cuando ya había empezado a publicar, me preguntó qué estaba escribiendo últimamente, me sentí agredido de una manera fiera. Y, aunque fuera una pregunta normal, como ahora puedo pensarlo, me pareció una pregunta tan inconcebible y que atacaba tanto mi vida íntima como si me preguntara qué posturas prefería en la cama.

Y por esto entiendo a esta hija de mi amiga, cuya madre lee sólo lo que publica, igual que mis padres sólo leyeron algo mío cuando publiqué Hospital de Inocentes. Pensé que inconcebiblemente eso igual iba a ser leído por otros, y que por tanto ellos también podían y quizá debían leerlo, y les di las galeradas cuando llegaron. “Me has dejado con el corazón encogido”, vino mi madre a decirme a mi cuarto, alarmada, y como buscando explicaciones o razones a que hubiera escrito esto, o preguntándomelas, o diciéndome que no las tenía. Y mi padre: te has encerrado mucho en ti mismo. Decepcionado y triste, porque no era un libro que pudiera repartirse a las visitas o del que pudiera hacerse una presentación o constituir un éxito social o lo que él pensaba que era o podía ser publicar un libro. “Tus poemas tienen un punto de peligroso”, me decía ayer esta amiga fotógrafo por teléfono. Y son estos poemas antiguos los que le di y de nuevo leyó y leyó su hija y arrancó a llorar. Me dice la madre, la pintora, que habíamos hablado del suicidio en el café (aunque más bien habló ella), y que luego se lo encontró en el último poema, en “Vida sentimental”.
“A veces el balcón es el único camino” he escrito en uno de los poemas de esta primavera, y así se lo decía a la pintora en el café. Así que era exacto. Pero más aparecía, o lo hacía con más fuerza, en los antiguos, como en éste, en este poema que quizá por ello (y por otras cosas) tienen un punto de peligroso.

Digo o creo que digo que quien lee mis poemas a veces se sorprende al conocerme, porque podría pensar que soy una persona que va vestida de luto por la vida y se encuentra con que no es así, con una persona cordial, afectuosa, con ironía, con humor.

Así lo pensaba el otro día, ahondando en mi respuesta, y pensé que podría haber citado un preciosa frase de Bioy Casares: “El humor es la forma más alta de la cortesía”. Creo que no es suya, pero él la emplea y es muy verdadera. El humor ayuda a la vida. Y la poesía la funda.

Así se escribe la poesía, así se vive. Lo repito. Y así la escribe una persona que tiene afecto, amor, humor. Una persona muy normal, como me decía ayer esta pintora amiga, y mientras lo decía siento que es una verdad, pero también, como decía, que puede, merece y quizá debe matizarse. Porque yo he sido una persona muy normal, siempre he querido serlo, y así con generosidad y pureza a todos me he entregado. Así he querido vivir. Pero la vida me ha rechazado. Los amigos entre los que quise ser uno más me dieron la espalda. Quizá por mi arte. Porque yo soy una persona muy normal pero los otros no tanto. Y el arte a tantos molesta. Yo antes, entonces pensaba que uno no podía tener la pretensión de querer ser Picasso, porque lo normal era no serlo, pero estaba por completo equivocado, porque a veces parece que todo el mundo se cree con derecho a serlo, o que lo es, o que le duele ver que no, no puede serlo. Así el arte molesta. El arte, y tantas cosas. Quizá también el humor, la soltura, la simpatía. O la elegancia, o la tristeza que no se expresa. No lo sé. Pero los otros no son normales, y a una persona que con modestia y sin orgullo su arte vive lo aíslan y lo ningunean. Yo soy una persona muy normal, pero el arte me ha sacrificado. Una vida perdida, y años de soledad y tristeza hondas, de aislamiento fiero, de nieblas, de negruras. Rechazado por la vida, y en el arte ya cifrado. Y, por último, estos años el amor me ha arrasado. También, al final de otros años callado, me ha hecho volver a escribir. He vuelto a escribir, pero también regalaría esos poemas, preferiría que no hubieran nacido, y que tú me hubieras querido. Preferiría amor y no una urgente, explosiva, torrencial respuesta al silencio ante ese amor. A la distancia y a la ausencia. El amor me ha hecho volver a la poesía pero también me ha arrasado. Años solos, años puros, años duros. Sobre un amor perdido. Sobre tu nombre roto y que casi no digo. Así estos poemas han nacido y así te los regalaría, si los quisieras, si sirvieran de algo. Porque la poesía ha vuelto pero al amor tú no has respondido. Tantos poemas. Tanto amor. Tantas palabras que te buscan y te nombran y son sólo poemas y palabras para nada, porque son sobre ti, hacia tu corazón se tienden. Es la verdad, en ellos estás y eres tú, una chica que no quiere que la sienta o la recuerde”.


Cuando a Montobbio le preguntan por qué no corrige sus poemas, cómo surgen y ese tipo de cosas de las que siempre hablamos incorregiblemente en una presentación, él contesta llanamente y sin pudor, pero a sabiendas de que hay cosas que se dicen para que la gente no se vaya insatisfecha o descontenta. Se contesta por cortesía, con un argumento más o menos verídico. Pero hay mucho más en lo que no dicen sus versos. San Juan de la Cruz nuevamente:
  
                      “…esto tengo por mejor, porque los dichos de amor es mejor declararlos en
                       toda su anchura, para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y
                      caudal de espíritu, que abreviarlos a un sentido a que no se acomode todo
                      paladar;”

Y con ello llegamos a Witgenstein, quien decía que los límites de su lenguaje eran los límites de su mundo, como el mar de Montobbio que está al final de algunos niños: “De lo que no se puede hablar, es mejor guardar silencio”, decía Witgenstein, y diez siglos antes, Ibn al-A'rabi: “La esencia del éxtasis es incomunicable, y se expresa mejor por el silencio que por el discurso”.

Pero Santiago nos habla del café cerca del Paseo de Gracia, del Ampurdán donde pasa temporadas con su madre, de lo que escucha que le dicen personas que conoce, todo tan limpio, oliendo como decía a café por las mañanas, que no pareciese que su poema se escribe con el silencio de lo que no dice. Una vez más no es posible la plenitud ni la felicidad.

Como nos hemos puesto tan religiosos  (“en la vida todo sexo y religión”), recuerdo ahora un texto llamativo del segundo libro de Crónicas, cuando Salomón le escribe al rey de Tiro para pedirle ayuda en la construcción de un templo magnífico. No tiene desperdicio. Fijémonos cómo se contradice el propio rey sabio:

Ahora te pido que me ayudes. Voy a construirle un templo a mi Dios, para que el pueblo le lleve allí todas las ofrendas que él nos pide para cada día, y para cada sábado, y durante las fiestas de Luna nueva y para las otras fiestas que él nos ha pedido celebrar. Como nuestro Dios es más poderoso que todos los dioses, deseo construirle un templo que sea grandioso. Claro que no es posible hacer un templo para que él viva allí. ¡Hasta el cielo, que es enorme, resulta pequeño para él! Sin embargo, aunque sé que no lo merezco, le construiré un templo para quemar incienso en su honor. Por eso te pido que me envíes a alguien que sepa hacer finos trabajos en oro, plata, bronce y hierro, y también en telas de púrpura escarlata, el carmesí y la púrpura violeta y que sepa grabar...”

Y así, Salomón, a pesar de haber reconocido que de nada sirve el templo porque no contiene a Dios, sigue en sus trece y se vuelve a centrar en la construcción del mismo. A pesar de todo, será su obra, como si la vida no tuviese otro remedio que vivirla haciendo con detalle su obra. En el caso de Montobbio, es el poema, como en el de San Juan de la Cruz, lo que la salva de la herida.

Los títulos de los libros que sirven como primeros versos de poemas, y que no se detienen anuncian que el verso de Santiago se ha hecho más libre con el tiempo, y han asumido que, pese a la imposibilidad de contener toda la emoción de la vida, sigue valiendo la pena para él , como para Salomón, construir estas obras. ¿Y ahora qué?, le preguntamos a su obra. La respuesta creo que está en su último título, que completa la tetralogía de El Bardo, Sobre el cielo imposible, y en unos versos de Jorge Guillén, al que tanto admira y presta Santiago:

Más, todavía más.
Hacia el sol, en volandas
La plenitud se escapa.
¡Ya sólo sé cantar!


Fco. Javier SANCHO MAS



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