lunes, 5 de junio de 2017

EDUCACIÓN NOCTURNA de HILARIO BARRERO (por Antonio Cruz)


EDUCACIÓN NOCTURNA
de Hilario Barrero
(Renacimiento, 2017. 
Edición de José Luis García Martín)


Te encontraré del todo
cuando te pierda para siempre.



En absoluto exagero al afirmar que la reciente publicación de la antología poética de Hilario Barrero (poeta, traductor, dibujante y profesor en diversas universidades de Nueva York), es uno de los grandes acontecimientos literarios del año en nuestro país, tanto para aquellos que admiramos su oscura y honda poesía y su voz personalísima, como para los que a partir de ahora podrán degustar a uno de los grandes poetas de los últimos cuarenta años. 


A Hilario Barrero me lo imagino siempre en su pequeño Reino de Brooklyn, contemplando -y armado con su pluma minuciosa- cómo la luz metamorfosea Nueva York mientras se deleita con una ópera, recitando de memoria hasta el más mínimo detalle de ésta, y tras el último racimo de luz, cuando la oscuridad va ciñéndose sobre la ciudad de los rascacielos, poner el punto final al día, y la coma de la noche que da comienzo, pues de noche y de noches y oscuros días hablan gran parte de sus poemas.

Cruzando el Brooklyn Bridge
la luz roza la ojiva
y hay una gaviota que ensombrece
el palio azul de la mañana.

En 1998 Barrero obtuvo el Premio de Poesía Gastón Baquero por In tempore belli, un sobrio poemario compuesto de poemas ciertamente barrocos, con un evidente tono elegíaco y poso oscuro que resume a la perfección su estilo. Barrero, que vive en Nueva York desde 1978, se presentó al premio bajo el pseudónimo de Arcipreste de Bruklin (por lo que también me lo imagino como un escrupuloso monje copista, elaborando un poema, diseccionando una traducción o trazando alguno de esos dibujos hermosamente singulares). Al citado poemario pertenece «Plaga», un tema recurrente en su poesía y que resulta verdaderamente escalofriante:

Todavía se aman a pesar de la plaga 
y encuentran en la noche sus torsos alumbrados 
sabiendo que la muerte les acecha celosa.


Puede que el vivir lejos de España le haya hurtado la posibilidad de haber estado aún más presente y con más vehemencia entre los lectores de nuestro país (¡causa asombro que un poeta de su talla haya permanecido inédito hasta el año 1999!); pero no es menos cierto que gracias a esto se ha mantenido al margen de las reyertas literarias, del ansia irrefrenable de publicar, de las puyas de estilográficas como fuego amigo y de los dardos de otros poetas, que aun sin veneno, tratan de emponzoñar, y a veces matan.

Resulta todo un acierto que la sucesión de los poemas no se haya establecido por el clásico y manido criterio cronológico, siendo estructurados en cuatro secciones que reflejan el mundo lírico y vital del poeta: Travesía, Modo subjuntivo, Mortal Manhattan y Educación nocturna. Al mismo tiempo el poemario parece ser una suerte de Divina comedia en la que el «Infierno», «Purgatorio» y «Paraíso» se ajustan a las coordenadas de sus tres ciudades: Toledo, Barcelona y Nueva York, pero sin que pueda emparentarse de manera clara cuál de estas corresponde al infierno, al purgatorio y cual al paraíso, sino todo lo contrario, mezclados en las tres ciudades.

En sus pulcras composiciones, algunas de corte elegíaco (Unos gladiolos blancos sobre la piedra gris/ y en la piedra grabado un nombre familiar), simbólicas, otras descriptivas, se dan cita poetas como Cernuda (realidad y deseo van de la mano en su versos, desembocando en ocasiones en la sensualidad, y con frecuencia en el erotismo), la sensibilidad de Dickinson, el verso oscuro de Góngora, o la luz que sólo Eliot o Dante han sabido describir de manera tan sublime, aglutinándose la esencia de éstos en la poesía del toledano, describiendo un paisaje o una escena con todas las tonalidades luminiscentes, los colores (exquisito en sus descripciones) y sin olvidar la influencia que tiene en su estética el pintor estadounidense Edward Hopper, al que incluso le dedica un poema («Early Sunday Morning»), hermosísimo y de enorme plasticidad, que culmina así:

Dormidas las persianas, amarillo 
despierto de septiembre, un visillo 
entretiene su frágil esqueleto 
en el lento columpio de la brisa, 
mientras Mrs. McLaughlin siente un escalofrío, 
protegida por Gato (y una buena ginebra) 
y comienza a leer la última edición 
del New York Times, cuando tan sólo son 
las siete menos cuarto, en la recién 
creada mañana del domingo.

Leer la poesía de Barrero es leer la Vida, su propia existencia, con sus sombras y con sus luces y en donde la noche decide parte de la educación, y también de los versos: el amor, la vejez (se entregaba a otros cuerpos/ que le iban tirando de la piel./ […] No pudo detener el deterioro), las ciudades (Gijón, Lisboa, Oporto o Venecia, además de las ya citadas) como geografías de otras vidas; poemas de una sola palabra que lo dicen todo.

Y aunque nada parece que ha cambiado
tienes miedo de entrar en la estación
pues bien sabes que ya están los cuerpos
que te pidieron lumbre, te invitaron
a una pensión de barrio y encendieron tu noche.


Ahora Hilario Barrero entra por fin en la Pléiade de la editorial Renacimiento con su antología Educación nocturna, una edición que ha sido publicada bajo el cuidado del crítico y poeta José Luis García Martín. Son poemas ya antiguos —como suelen ser los que forman las antologías—; poemas que han aparecido en diversas revistas y publicaciones, pero a los que ahora se les vuelve a insuflar nueva vida y parecen frescos y relucientes, y como apunta García Martín en el prólogo, «sólo ahora adquieren su verdadero sentido».

Antonio Cruz Romero





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