sábado, 17 de junio de 2017

HORIZONTALIDAD Y VERTICALIDAD DE LO QUE SE HACE MEMORIA. RUTA DOS DE DANIEL CALABRESE

HORIZONTALIDAD Y VERTICALIDAD 
DE LO QUE SE HACE MEMORIA.
RUTA DOS
DE DANIEL CALABRESE



Alguien graba un vídeo desde su automóvil. Es la Ruta 2 que recorre 400 kilómetros desde Buenos Aires  hasta Mar del Plata. Una hora y cincuenta y siete minutos de película de absoluta verticalidad (https://www.youtube.com/watch?v=G6HQtyW9Exk). La línea recta que atraviesa un organismo geográfico, un espacio, un tiempo, la sucesión en la que se respira.


Esta verticalidad está acompañada por los aledaños. Los costados, en el registro lingüístico de Daniel Calabrese. Todo gira, como un globo terráqueo o las manecillas de un reloj que aún funciona, alrededor de estos costados. Me refiero a su libro Ruta Dos, recientemente reeditado en España.[1]

El poema también es vertical, y el cuerpo y el tiempo interno que lo recorre. ¿Quiere esto decir que no pertenece al poema aquello que se desarrolla en los arcenes paralelos? ¿Quiere decir que no es parte del sujeto aquello que descansa en esa inmediación horizontal? La respuesta está clara, y además se evidencia cuando se clausura el libro o se llega a la parada de destino, en ese momento en que “alguien lo abandona todo” (“Zona de espejismos”). Porque esta poesía es de ida y vuelta, y el Sur se resuelve como antónimo radical de Norte, dirección y brújula. En este descenso se debe pronunciar con acento la orilla, el flanco, los costados a quienes dedica Daniel Calabrese su Ruta Dos. Ahí está la tesitura del libro. O lo que es igual, el derredor personal y poético, el derrotero y la deriva  de la memoria:

Todas las sombras están en su lugar,
a tierra es pura composición
horizontal y vertical,
horizontal
y vertical (“Hogueras”)

Se trata de un regreso, de un desplazamiento con aliento de trascendencia. Queda claro ya en el primer poema: Calabrese aborda allí el binomio de los contrarios. Esta polaridad es el origen de una especie de conciencia más allá del tiempo y del espacio. Una identidad hermética como unión de opuestos. Una vez más, la cara y la cruz de una misma moneda. Los ejemplos se suceden: el puente es viejo, pero era nuevo (“Método para calcular el tiempo”, “La construcción del puente”); igual ocurre con la tarde, nueva y vieja a la vez (“Armazones de cristal”), o incluso con ese nosotros que parece añorarse a lo largo del libro, “un poco antiguos, algo modernos” (“Los demolidos”). Todo está cerca y lejos al mismo tiempo. Y con suma frecuencia lo elidido también se queda en los costados.

La Pampa es un inmenso horizonte, otra llanura en la que se perfilan solitarios los molinos de viento. Se llenan  por completo los ojos de esa horizontalidad. Allí se hace la vida, entre las últimas líneas de la distancia. Por la ruta se avanza, se regresa, pero nunca a modo de reconocimiento o examen. No es ningún viaje a la semilla:

Aquí siempre se va de Norte a Sur,
O simplemente se regresa (“Medianera”).

Se pudren los recuerdos, se hastían,
Se escapan de la foto (“La noche en un bergère”)

Se vive y se ha vivido, sin embargo, en las orillas. No renuncia tampoco Calabrese a la clásica analogía con el río, el tránsito permanente hasta que se llega, sea el mar oceánico o sea el Mar del Plata. Solamente en esas orillas se ama, se teme, se muere… Aunque también a la Ruta y a su tráfico llegan ecos, residuos del sonido, porque el ruido es indicio de existencia, procede de un agente o una involuntariedad que lo origina. En el “Paraíso” del Dante –se recuerda- no se describen sonidos:

…los ruidos bajos
como si una conversación entre dos árboles
se expandiera desde el campo
hacia la Ruta Dos (“Los sonidos inaudibles”)

Cualquiera de estos poemas es una parada. Funciona como una pausa en el ritmo imperturbable. No es casual que el libro esté dividido en dos tramos, y que el primero se llame “Kilómetro 207”, lugar donde  se localiza Dolores, ciudad en la que nació el poeta. ¿Ironía, coincidencia, destino? Y en aquel horizonte absoluto de La Pampa se buscan coincidencias, como la de un alambre sobre el que los pájaros se posan (“Una carrera con Platón”, “Hogueras”).  Y cuando no es así, cuando se trata de “un mundo sin horizonte”, la distancia niega la posibilidad de lugar. Por eso los poemas son salidas de esa ruta, paradas o descansos. Allí, donde se vive y se muere a diario, en los costados. Pero en ningún momento cae el autor en el rastreo de una memoria convertida en legajo o árbol genealógico. No es ese el tipo de regreso del que aquí se habla:

No hay una biblioteca de madera,
ijo, entre mis sueños
y la llave que conservo atada al fuego
no tiene acceso a los depósitos del tiempo.

De acuerdo, entonces, sigamos vagando:
no es hora de abrir
esta pobre historia que llevo en la maleta (“La memoria compartida”).

La ruta recorre el mapa de la existencia. En esa geografía el lugar es siempre anterior a la decisión de abandonarlo. Y de inmediato el sujeto se convierte, hablando heideggerianamente, en un ser arrojado. Se suba o se baje, no hay dirección última. Como esos peces de Paul klee que Calabrese menciona. 


Paul Klee, Peces mágicos

A veces su escritura tiene una sonoridad a libro sagrado, casi veterotestamentario, como de antiguo llamado (”Bocas” o “El cementerio”). Y el mundo orbita alrededor de ciertas palabras con afán de definición: “casa”, “puente”, “llave”, lo que solo tiene valor en la quietud y en la pausa. Una casa –se anhela- donde vivan los vivos y los demás (“Una casa”).

La poesía de Calabrese desarrolla con frecuencia tramas cotidianas, y en ese sentido se acerca a ciertas prácticas de la poesía norteamericana del siglo XX. Por ejemplo, la casa inundada de gas que puede saltar por los aires con tan solo pulsar el interruptor, aunque también explotaría si alguien aparece con un cigarro encendido en las manos, el padre por ejemplo. O el caso del pájaro que choca contra la pared y que es capaz de recordar el auxilio (“El músico”). O el poema “El tanque australiano”, un aljibe de lata en el que el sujeto entra en su fría agua y todo desaparece, la luz, el tiempo, el horizonte…

El usuario de esta autopista parece que estuviera obligado a probar su inocencia, que diría Augé. Al final, quizá lo más evidente de esta ruta sea el espejismo de la distancia recorrida. Aunque no se llegue a ningún sitio. Corrijo lo dicho: pues conduce a un libro tan inevitable como excelente.



[1] Daniel Calabrese. Ruta Dos. Madrid: Visor Libros, 2017.



Francisco Layna





Daniel Calabrese nació en Dolores, Argentina, en 1962. Ha publicado: La faz errante (Mar del Plata, 1989, Premio Alfonsina); Futura Ceniza (Barcelona, 1994); Escritura en un ladrillo, (Kyoto, 1996, español/japonés); Singladuras (Fairfield, 1997, español/inglés); Oxidario (Buenos Aires, 2001, Premio del Fondo Nacional de las Artes); y Ruta Dos (Santiago de Chile, 2013, Premio Revista de Libros; Roma, 2015, nominado al Premio Camaiore Internazionale, italiano/español; y Madrid, 2017, en la Colección Visor de Poesía). Traducido parcialmente al inglés, italiano, y japonés. Es fundador y director de Ærea, Revista Hispanoamericana de Poesía. Reside en Santiago de Chile desde 1991.



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