martes, 6 de junio de 2017

HOY FIRMA: MARINA AOIZ: "CORAZÓN AGITADO: APUNTES SOBRE MADAME BOVARY"


Madame Bovary: un corazón agitado


Emma quería más, muchísimo más de lo que la vida le ofrecía. Blanca Riestra dice que Madame Bovary es la novela anti-romántica por excelencia. Una novela muy cruel. “Emma está tratada con mucha crueldad”, insiste Riestra, “es una metáfora dolorosa de la frustración vital, independientemente del contexto histórico, y nos sigue hablando de nosotros mismos”. De forma parecida piensa mi amiga chilena Rosa Z., profesora de literatura ya jubilada: "(...) Emma me transporta al temor y la angustia: verla en la vorágine de la mentira y los sueños ingrávidos de grandeza, verla rodar hacia la tragedia y la muerte, me dejan extenuada. Madame Bovary, lejos de los fríos análisis académicos, es la gran novela de un pasado y de un presente que retrata al ser humano de siempre, sólo que hoy la existencia se desliza más sofisticada y pretenciosa. Las Emma hoy se ocultan en la tecnología y las complejas redes sociales y judiciales".

            Estos apuntes apoyaron la preparación de una charla sobre Madame Bovary, impartida en la Biblioteca de Navarra el 3 de mayo del presente año. Noelia Illán me solicitó una colaboración para La Galla Ciencia y se me ocurrió aportar exclusivamente la percepción de diferentes mujeres, ya que el mundo académico rebosa de análisis y opiniones masculinas. La charla tomó otros derroteros.
            Emma Rodríguez, en su magnífica revista digital Letras sumergidas publicó en 2014 un extenso reportaje titulado “Madame Bovary”, espléndidamente viva". Las escritoras Soledad Puértolas, Juana Salabert, Blanca Riestra y la traductora María Teresa Gallego Urrutia, toman la palabra al lado de los escritores Antonio Muñoz Molina, José María Guelbenzu, Carlos Castán y el traductor Mauro Armiño. Todas las voces son interesantes pero estas notas refleján lo que ellas manifiestan ante las cuestiones planteadas por Emma Rodríguez.

Al comienzo Rodríguez solicita el recuerdo de la primera experiencia lectora de la novela de Flaubert. Juana Salabert relata que leyó con apenas doce años Madame Bovary. “En casa éramos flaubertianos y noveleros por excelencia”. (...) Recuerdo que mis padres me dijeron que me iba a encantar y que era junio, finales de junio. Entonces sentí cierta admiración por Emma, una admiración vertiginosa porque era capaz de llegar, o así lo intuí entonces, aunque por esas fechas no hubiera sido capaz de expresarlo, hasta el final de sí misma, y, al mismo tiempo, experimenté una infinita lástima, una gran empatía, hacia Charles Bovary”.
            Salabert volvió a leer la novela en las clases de la secundaria francesa. “Aún conservo mi ya muy manoseado ejemplar de bolsillo francés, con prólogo del gran Maurice Nadeau, además de los muchos ejemplares franceses heredados de la biblioteca familiar”.
            También de adolescente, en casa de sus padres, en La Coruña, descubrió la escritora gallega Blanca Riestra a Emma Bovary. “Tenía trece años, poco más, y me acerqué a ella frente al mar oscuro de los inviernos atlánticos”. A diferencia de Salabert, asegura que nunca simpatizó con Emma. “Me resultó un personaje desesperante y angustioso. Las novelas con protagonistas femeninas convencionales no me atraían por entonces. Además, Emma Bovary es lo contrario de un personaje complaciente. Siempre me identifiqué mucho más con figuras como Raskolnikov, Mitia Karamazov o el príncipe Andréi de Guerra y Paz, que también leí por entonces. Sus angustias me resultaban mucho más dignas”.
             Soledad Puértolas no recuerda el momento preciso en el que se acercó, por primera vez, a la novela de Gustave Flaubert. “Como la he leído en diversas ocasiones, las circunstancias se me han borrado. Es una novela que me parece nueva cada vez que me aproximo a ella, como si en la anterior lectura se me hubieran escapado muchas cosas”, plantea. “Yo creo que la primera vez que la leí -no recuerdo cuándo ni dónde- no la acabé de disfrutar, porque sí recuerdo que en la segunda ocasión me quedé sorprendida. Entonces lo que me atrapó fue el estilo, su forma de contar. Flaubert, en suma…”.

La señora Bovary

            María Teresa Gallego Urrutia, traductora de Alba Editorial aporta su criterio: “La inmensa mayoría de las obras no estrictamente contemporáneas que he traducido las había leído ya cuando me encomendaron su traducción. Por decirlo de alguna manera, ya las llevaba incorporadas. Mi experiencia con ellas fue, pues, la del relojero: desmontarlas, estudiar la maquinaria y volverlas a montar. En los demás casos, me parece que he sido capaz de verlas en paralelo; como lectora me han gustado (o me han entusiasmado), o no me han gustado (o las he aborrecido), o me han dejado indiferente, de todo ha habido. Pero, como traductora, lo que a mí me parecieran como lectora me daba igual. Lo que tenía que hacer era eso: ser el relojero. Y serlo lo mejor posible, con honradez, con fidelidad al escritor y al lector y con minucia artesanal”.
            “A Flaubert”, añade María Teresa Gallego, “no le gustaba nada Emma. Para él era el paradigma de todo lo que no hay que ser, de lo que no hay que sentir ni pensar. Lo suyo son los tópicos, la superficialidad, el sentimentalismo barato, la pobreza de espíritu; dicho con cierta crudeza: la «paletería»… Por no mencionar el egoísmo. Y tampoco le gustaban a Flaubert los demás personajes de su novela: pedantes, rufianes, presumidos, señoritos de pueblo, personas de pocas luces… El único a quien trata con cariño es al jovencito que vive con la familia Homais y ayuda en la botica: Justin. Los demás salen todos muy malparados”.
            La traductora se pregunta “por qué hay quienes han convertido a Emma Bovary en una heroína que lucha por emanciparse del yugo a que está sometida la condición femenina, en una mujer digna de admiración, en una bandera de rebeldía, en un ser de ideas avanzadas avant la lettre”. Ella asegura no entenderlo. “Siempre me ha parecido”, explica, “que es precisamente todo lo contrario: el ejemplo del conservadurismo más rancio y la recolectora ideal de todos los tópicos de su época y de su clase social. Esa otra interpretación me parece equivocada e incluso abusiva. Por supuesto, todo lector tiene derecho a vivir una novela a su manera y poner en los personajes la carga que quiera poner. Pero creo que no me aparto gran cosa de lo que sentía Flaubert por su personaje cuando pienso que es una mujer muy cargante. Y que eso era justamente lo que él quería: manifestar su desprecio, al crearla y contarnos su derrotero, por la mentalidad que representa”.
            “Lo que Flaubert consigue”, señala María Teresa Gallego, “es conmover, indignar, enternecer, intrigar, mantener en vilo, alegrar, entristecer, enardecer, asquear, emocionar, soliviantar: eso es, en definitiva, lo que quiere hacer y hace un novelista; permitirnos ser otros y vivir otras vidas,  generación tras generación.
            María Teresa Gallego, que parte del reconocimiento de traducciones anteriores “nada desdeñables”, considera que entre las aportaciones de la traducción que realizó para Alba está la de haber resuelto cuestiones de vocabulario que atañen, por ejemplo, a nombres de tejidos, de carruajes u otros objetos y actividades de la vida cotidiana de la época de Emma Bovary, “términos que se habían zanjado con traducciones aproximativas, seguramente porque hace años el traductor contaba con menos facilidades para investigar”, explica, añadiendo que si en algo puso cuidado fue en conseguir, como hace siempre que traduce un clásico, “que el lector sienta que es un libro que se escribió hace 150 años. No se trata de hacer un pastiche, sería ridículo, pero sí quiero que el lector sea consciente de la época, como lo es cuando lee a Cervantes, a Fernando de Rojas, a Lope, a Clarín, a Garcilaso, a Pardo Bazán…”, argumenta. “Por eso creo también que una traducción, si ha dado de verdad en el clavo, no envejece, en contra de una teoría que tiene sus adeptos de que toda obra literaria hay que volver a traducirla cada cincuenta años, teoría que no comparto en absoluto”.
            En la versión de María Teresa Gallego nos encontramos con el elemento polémico de la adaptación del título al español. Nada de Madame, sino “la señora” Bovary. “La decisión de traducir el título la tomamos de común acuerdo el director de la colección de clásicos de Alba Editorial, Luis Magrinyà, y yo”, explica la traductora. “Fue un cambio, un detalle, que dio a la nueva traducción un leve eco de escándalo, algo totalmente injustificado en mi opinión pues, como ya explico en el prólogo, varias traducciones de finales del siglo XIX y de principios del siglo XX llevaron ese mismo título, que me parece, por lo demás, el lógico y evidente”.
            A la pregunta de cuál es la relación de la traductora con la obra de Flaubert y qué lugar ocupa en su trayectoria Madame Bovary, responde María Teresa Gallego: “No puede decirse que ocupe un lugar particularísimo. No más que las novelas de Balzac, de Zola, de Stendhal, de Maupassant, de Hugo… eso por nombrar sólo lo que he traducido del siglo XIX”, señala, y se refiere a la alegría de poder convivir más estrechamente con cada uno de los escritores traducidos, a la satisfacción de explorar sus libros.
            Cuenta Gallego Urrutia que, en el caso de “La señora Bovary” repasó la correspondencia de Flaubert de los años de redacción de la novela y de la época del proceso judicial; llevó a cabo una lectura minuciosa de los apéndices y notas de las ediciones de La Pléiade y, asimismo, una indagación de la época en todos sus aspectos, muy especialmente en el vocabulario de la vida cotidiana, siempre con la conciencia del respeto a la elaboración de las frases, del peso y de la colocación de todos los elementos, “con un sumo cuidado en no traicionar ese empeño del escritor”.
            La traductora que, como siempre que acomete su trabajo, tuvo una constante preocupación por no caer en anacronismos de lenguaje y que experimentó “un júbilo casi desaforado” porque la vida le daba la oportunidad de transmitir, de difundir, de ofrecer a los otros esos pasajes que, según explica, cuando los descubrió por primera vez le cortaron la respiración, “no tanto por una belleza especial del texto cuanto porque algo me decía que acababa de suceder algo, que ese pasaje era una cima y que había que respirar hondo y despacio porque el oxígeno se había enrarecido y porque yo no era ya exactamente la misma después de haber leído esas líneas”.
            Recordemos que anteriores al trabajo de Gallego Urrutia fueron la traducción de Consuelo Bergés –traductora también de Stendhal y Proust- para Alianza Editorial, muy leída y la de Carmen Martín Gaite, recuperada por Tusquets en 1993.
   

¿Mujer imaginativa?


           Juana Salabert defiende a Emma con pasión: “Yo la veo como una mujer imaginativa a su pequeña escala social, que osa pedirle a la vida otros horizontes vitales, sensuales, personales, que los delimitados de antemano por el provincianismo mojigato y las cobardías del ideario inmovilista… Ciertas voces críticas la han tildado absurdamente, a mi juicio, de egoísta, de mala “madre” y hasta de cursi. Pero esa visión simplista y en el fondo reaccionaria proviene de quienes desconfían de las ficciones, de la novela, de la imaginación. Hay algo totalitario en ese constante querer vituperar y minusvalorar las ansias de soñar y de vivir de esta jovencita mal casada de provincias, de esta heroína compulsiva en pos de grandezas íntimas cual una pequeña y magnífica Napoleón de tocador”, señala.
             Emma Rodríguez: "Como dice la traductora todo lector es libre de interpretar la novela a su gusto, dependiendo de sus propias experiencias y pulsiones. He ahí una de las grandezas de Flaubert. ¿Creó un personaje tan humano que fue más allá de sus intenciones, de sus propias creencias y prejuicios? ¿Ha superado Emma Bovary a su creador, se ha vengado de él, en cierto modo? Se trata de preguntas muy literarias que agigantan el efecto de una obra genial, abierta a múltiples pareceres y lecturas".
            Soledad Puértolas argumenta: “Emma Bovary pertenece al mundo moderno. En el origen de su pasión, de tantas pasiones, está la necesidad de llenar la vida con algo, porque todos padecemos en algún momento el horror al vacío, al hastío”. Para la escritora la heroína de Flaubert representa la falta de alicientes de la vida de una mujer en una ciudad provinciana, la total ausencia de estímulos. Nada hubiera sido igual para ella en una sociedad con una mayor integración social de las mujeres”, comenta, mientras que en opinión de Blanca Riestra “retrata perfectamente el carácter del artista, construido sobre la insatisfacción”. A Emma le hubiese ido mejor si hubiese sido escritora -y quizás hombre, claro”, prosigue Riestra.
            Juana Salabert describe como “subyugante y tormentoso” el momento en que sigue dando vueltas al efecto del primer encuentro con la protagonista. “Me gustó muy especialmente. Me entusiasmó y me intrigó, cosa que no me pasó con Anna Karenina, aunque sí con la Natacha de Guerra y Paz. Siempre me interesaron los héroes y heroínas de novela disconformes, insatisfechos, inquietos. Desde muy pequeña detesté la docilidad de esas niñitas modelo de la biempensante Condesa de Ségur, que a los críos de educación francesa se nos trataba de ofrecer en la colección llamada Bibliothèque Rose. Emma no era modélica y quería más, mucho más de la vida de lo que ésta le ofreció, y pese a no ser todavía del todo una adolescente, así lo presentí en mi primera lectura”.


Aunque asegura que no es una novela que relea con frecuencia, Blanca Riestra reconoce que ha pasado a formar parte de su imaginario. “Todos sabemos lo que es enfermar de bovarismo”, dice. Y confiesa que cuando la leyó por primera vez no se planteó en absoluto pensar en la condición femenina. “Al contrario esa etiqueta, esa pertenencia, me repugnaba por entonces. Entendí a Emma como un personaje asexual, agenérico, que ilustraba la grieta entre la realidad y el deseo, la imposibilidad de ser feliz, el deseo incesante y nunca satisfecho. Ahora, quizás lo entiendo de otra manera porque he comprendido que no se puede escapar de la propia condición sexual -o yo, al menos, no lo he conseguido-. En ese sentido, Madame  Bovary me resulta hoy todavía más actual y más incómoda”.
            Tres rasgos definen a Emma, en opinión de Juana Salabert: Su rebeldía, su vitalidad anticonformista y su ansiedad. “Ella no se contenta con esto es lo que hay, busca más allá y va un paso adelante de sí misma. Es el paso trágico, pero valiente, del que reclama y no se contenta”, explica la autora, insistiendo en que no se puede entender a la protagonista fuera del contexto de su época, independientemente de que, como apunta Blanca Riestra, "su insatisfacción, su oposición a las normas, a lo que se espera de ella como esposa y madre, es algo absolutamente moderno".
            Y continúa Juana Salabert: “En la época en la que vivió la protagonista lo que se daba en relación a la mujer no era siquiera condición. La mujer no tenía derecho al voto ni al estatus propio de ciudadana o súbdita verdadera del posterior II imperio del lamentable Napoleón III… Pese a los esfuerzos emancipatorios durante los primeros meses de 1789 de ciertos círculos muy minoritarios, la condición femenina de la mujer francesa fue de tercer o cuarto orden hasta después de la Segunda Guerra Mundial. La gran novela de Flaubert muestra, en ese aspecto, como tantas obras de Maupassant y otros, una realidad feroz y descorazonadora”.
            Soledad Puértolas asegura que Madame Bovary, ha sido para ella “una experiencia impagable”, una de esas obras que enseñan, enriquecen y estimulan a quien desea dedicarse a escribir. “Flaubert”, señala, “consigue hacer de una historia triste, llena de cotidianidad, de lo que a veces llamamos vulgaridad, un relato de la pasión. No parece haber grandeza ahí, pero la historia se convierte, conforme llega al lector, en otra cosa. Es la mano de Flaubert, el tono de Flaubert. Ese hombre que aspira al arte. Eso es lo que está buscando y lo hace ahí donde le interesa, en esta aventura vital que a otros no les hubiera interesado”.
            “Su grandeza es, evidentemente, la creación de un personaje que se ha convertido en un símbolo. Y también, supongo, la manera en que Flaubert se las arregla para subvertir los clichés genéricos”, señala Blanca Riestra, en cuya opinión, “la novela, releída ahora, choca por su modernidad, por la manera en que trata el género como fatalidad, la maternidad como algo castrador y, sobre todo, por como ilustra de manera apasionada el deseo contrariado de ser libre”.
            ¿Dónde radica su grandeza? se plantea en voz alta la pregunta Juana Salabert. Y se responde: “En la novedosísima escritura, por supuesto  en la capacidad del autor para ponerse en la piel absoluta de su personaje. “Madame Bovary, c´est moi, se dice que confesó Flaubert a quienes lo llevaron a juicio por pretendida obscenidad en la miserable y pacata sociedad de su época… Y así debería de ser siempre: un auténtico escritor es su escritura, sus personajes, su imaginario, su inconsciente elaborado más que su consciente rutinario. Y como sucede con todas las obras maestras, Emma renace con cada lectura, es “más verdadera que la verdad (...) Está más viva que muchos vivos, espléndidamente viva, y eso sólo lo puede conseguir un escritor inmenso”.
            “Espléndidamente viva”, insiste Juana Salabert, quien se niega a situar a la protagonista de Flaubert al lado de otras heroínas, porque “Emma, que ha influido en un sinfín de personajes de la modernidad literaria sin dejar de ser irrepetible, se basta y se sobra y nos conmueve por sí misma”.
            La escritora alude al “discurso libre indirecto, con el que Gustave Flaubert anticipó el monólogo joyceano y otros procedimientos estilísticos de la modernidad”. “Emma es la dueña y señora, el Yo absoluto, que no supremo, de la novela de insatisfacciones que lleva por título su apellido de casada. (...) Madame Bovary es un retrato de época y La educación sentimental es el retrato de una época. Las dos han inaugurado nuestras épocas y decires de modernidad literaria. Sin ellas, ni Proust ni Joyce, ni tampoco Faulkner o Svevo, serían lo que son. Por eso, y por mucho más, las considero a ambas pilares personales, vitales y fundamentales de mi educación sentimental. No entendería mi vida sin Flaubert. Y eso no es algo que pueda decir de todos los autores a los que he leído, voy leyendo”, concluye Juana Salabert.


Emma estaba muy sola

            Y por impulsiva y sentimental, solía equivocar el camino, escribe Vargas Llosa en La orgía perpetua. Sí, creo que Emma estaba muy sola. Huérfana de madre, desilusionada hasta el fondo de su naturaleza romántica ante un matrimonio que no respondía ni un ápice a sus apasionadas expectativas, la psiconalista argentina Laura Palacios aporta algunas claves y reflexiona sobre la Otra, las Otras en la vida de una mujer:
            "Esas Otras en quienes por etapas sucesivas de la vida, se mira casi toda mujer. Esa que no está necesariamente adentro ni afuera, sino ahí. Presente e imperativa, como un icono de comparación. A quien se imita, admira, ama y odia en un solo movimiento.
            Emma, seguramente funcionó como La Otra Mujer de las grises pueblerinas de Yonville. Era la esposa del doctor Charles Bovary, la que llevaba sus cuentas, la mejor vestida, la que tenía amantes, la que semanalmente viajaba a Rouen a recibir falsas lecciones de piano. Y en casa poseía cortinas de calicó, alfombras de Damasco. Piano, estera y velador.
            Escribe Palacios: "Pronto, demasiado pronto, al regreso de su luna de miel, cuando las viandas del banquete de boda todavía no se habían enfriado, Emma sufre una inevitable crisis. “…el aburrimiento, araña silenciosa, ya tejía su tela en la sombra, en todos los rincones de su corazón".
            (...) Ha caído el tul de ilusión, el velo de novia no bastó para envolver la contundencia de los hechos: la bella dama comprende que el médico está lejos de ser ese “hombre que debía conocerlo todo, destacarse en actividades múltiples, iniciar a la mujer en las energías de la pasión, en los refinamientos de la vida y en todos los misterios.” Porque su Charles “no enseñaba nada, no sabía nada y no deseaba nada.” Y resalta la secuencia: enseñar, saber y desear que la protagonista refiere a lo que espera del amor, y, por supuesto, del Hombre.
            En cuanto a su espejeo con lo femenino, tal vez ésta es la primera ocasión en que Emma, sin saberlo, añora a la Otra Mujer. (...) En ese particular momento desea y necesita explicarle a alguien con faldas su vago malestar; seguramente angustia. Algo que no sabe cómo explicar, porque lo que siente “cambia de aspecto como las nubes que se arremolinan como el viento”. Le faltan las palabras, escribe Flaubert. Y la heroína suspira: “Quizás hubiera deseado hacer a alguien la confidencia de todas esas cosas.” ¿Si lo que llamamos Otra Mujer hubiera estado en su preciso lugar, ella hubiera encontrado palabras para definir sus sentimientos? No lo sabemos.
            La escritura de Flaubert sabe que no cualquier mujer reúne las condiciones para suponerla Otra. En esos días, Madame Bovary se paseaba por las habitaciones superiores de la casa muerta de aburrimiento y “de buena gana hubiera bajado a charlar con la muchacha, pero cierto pudor se lo impedía.” Literalmente: no podía bajar la escalera. Esa muchacha llamada Felicité era la criada y estaba “por debajo” de cierta escala. Jamás hubiera pisado los salones parisinos, ni soñado con tener amantes nobles. Tampoco se hubiera mareado en los giros de una polca. Sí: Felicité resulta inoperante, ningún rasgo la habilita para encarnar a la Otra que su patrona parece estar evocando.
            Las OTRAS, sólo existían en los novelones románticos que consumía desde niña. O eran aquellas que, suponía, integran “la lírica legión de las adúlteras”. Legión a la que fervientemente desea ingresar. Es León, el segundo amante, quien con ojos de enamorado consigue describir a la Otra Mujer. Él que era otro devorador de novelones…
            Para León, Emma era “la enamorada de todas las novelas, la heroína de todos los dramas, la vaga “ella” de todos los libros de versos. Encontraba en sus hombros el color ámbar de la Odalisca en el baño, tenía el largo corpiño de las castellanas feudales; se parecía también a la Mujer pálida de Barcelona, pero… el pueblito francés del siglo XIX resultaba pobre en odaliscas y castellanas de largos corpiños.
            ¿Y a quién recurre entonces la pobre ama de casa desesperada? La sabemos joven y hermosa, medianamente inteligente, mal dotada para la maternidad. Leemos: “… (ella) hacía muchas confidencias a su perra galga. Se las hubiera hecho a los troncos de su chimenea y al péndulo de su reloj”. Usando esta inmensa boutade flaubertiana (Emma que toma por confidente a una perra), me permitiré decir algunas cosas.
            Una galga es un punto raro de localización de ese elemento crucial en la constitución subjetiva. Emma secretea la des-semejante. Una parca criatura femenina… pero miembro del Reino Animal. ¿Será que ese hablar de mujer-a-mujer, el cotilleo, las hablillas con la amiga íntima conforman una especie de discurso con un meollo diferente? Palabras de mujer (dice el bolero y cree el vulgo), que bien puede llevarse el viento. Pero me atrevo a suponer que si no circulan, pueden atraer un halo de pequeños desastres".
            Los desastres, el gran desastre acabó con la vida de Emma.
           

        ¿Era o no Gustave Flaubert Madame Bovary?
           
            En una de sus cartas, Flaubert comentaba que sus personajes imaginarios adoptaban su forma. “Soy yo quien está en ellos”.
            “Cuando escribí el envenenamiento de Emma Bovary tuve en la boca el sabor del arsénico con tanta intensidad, me sentí yo mismo tan auténticamente envenenado, que tuve dos indigestiones, una tras otra, dos verdaderas indigestiones, que llegaron a hacerme vomitar toda la cena”.
            Escribe Irene Gracia "Madame Bovary soy yo, respondía Flaubert cuando le preguntaron por la identidad de ese personaje tan asombrosamente vivo. Y a medida que vas leyendo la novela y te vas relacionando con su protagonista, puedes caer en la cuenta de que también tú eres Emma. Todos pueden serlo.
            Y el que no lo crea así es que no ha soñado. ¿Quién no ha creído, al menos una vez, que estaba bailando con la sensualidad hecha carne? Acicalada como una actriz debutante, Emma lo cree cuando ejecuta su primer vals con el vizconde y siente alas en sus pies.
            ¿Y quién no ha creído, al menos una vez, que la vida estaba en otra parte y que otra vida más generosa y más intensa nos estaba esperando a la vuelta del camino?
            Emma cree, o necesita creer, que su frente está marcada por la señal de una determinación sublime y, tras el primer acto de transgresión de la norma, siente, al mirarse al espejo, que es una de las heroínas adúlteras de sus lecturas clandestinas.
            La muerte de Madame Bovary nos coge al final a traición, porque es la muerte del sueño romántico, (y la muerte de esa frenética partitura que Emma lleva escrita en el corazón)".
            Emma Rouault es un personaje muy complejo, con metas bastante más ambiciosas que las que la vida le proporciona. En una entrevista realizada a Sophie Barthes, directora de la última (¿décima?) adaptación cinematográfica de “Madame Bovary”, Juan Luis Sánchez le pregunta qué aspectos del libro considera más interesantes para el público actual.
            Barthes responde: "La historia es radicalmente moderna, la sexualidad femenina es todavía  tabú. También el primer personaje literario que se convierte en víctima voluntaria del consumismo. Me gusta mucho el personaje de Lheureux. Encarna el capitalismo feroz. El genio y la modernidad de Flaubert es que previó los peligros del capitalismo.
            Me gusta como trata al personaje central, sin moralizar. Lo que se cuenta no es una advertencia. Flaubert odiaba la hipocresía y estaba en desacuerdo con su siglo. Por eso la novela causó un escándalo cuando se publicó. La idea de adulterio femenino es todavía hoy impactante. Y creo que si profundizamos, Emma es subversiva en la medida en que ella es casi un personaje andrógino.
            Flaubert parece sentir una especie de compasión, solidaridad y empatía por Emma".
            Otro interrogante por parte del entrevistador: "De acuerdo con los nuevos tiempos, aquí la infidelidad parece ser menos importante que los problemas económicos. ¿Era una forma de adaptar el texto al siglo XXI?"
            La respuesta de Barthes: "Creo que Emma tiene la misma relación con el dinero que con la sexualidad. Ella tiene grandes dificultades para tratar con la realidad. Todo es fantasía".

Madame Bovary se publicó por entregas en La Revue de Paris desde el 1º de octubre de 1856 hasta el 15 de diciembre del mismo año; en forma de libro, apareció el 12 de abril de 1857. Flaubert comenzó a escribirla en la noche del viernes 19 de septiembre de 1851 y terminó el 30 de abril de 1856, según las fechas autógrafas que figuran en los cartones protectores del manuscrito, lo que suma una duración de cuatro años, siete meses y once días. Flaubert tenía 30 años cuando la inició. Todo este trabajo se conserva en la Biblioteca Municipal de Rouen. Emma Rouault, Madame Bovary, sigue despertando interés, generando opiniones contradictorias, ríos de tinta crítica, sesudos tratados académicos, estudios psicológicos, psicoanalíticos, elogios y desprecios.
            Cuando escucho la canción Me voy de Julieta Venegas se me ocurre pensar que si Emma, cualquier Emma contemporánea, decide largarse cuando la frustración aprieta la garganta, se evitarían infinidad de desastres.
            Si después de atender las opiniones de estas mujeres escritoras, traductora y directora de cine sobre la obra, te apetece leer o releer la novela de Flaubert, habrán servido de algo estos apuntes. ¡Feliz lectura!

Marina Aoiz





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