miércoles, 14 de junio de 2017

JORGE LUIS BORGES: UNO DE LOS GRANDES


Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído.


Todos sabemos quién era Borges. Sabemos que era ciego, ateo, antiperonista, uno de los mayores eruditos del siglo XX y, para algunos, el mejor escritor en castellano juntos a otros grandes autores. Prolífico, galardonado y polémico. Sus autores favoritos fueron Ramón López Velarde, Alfonso Reyes, Juan Rulfo y Octavio Paz. Admirado por infinidad de lectores, consideraba Ginebra una de sus patrias, donde murió el 14 de Junio de 1986. El traductor Jean-Pierre Bernès dijo que “murió diciendo el Padrenuestro. Lo dijo en anglosajón, inglés antiguo, inglés, francés y español”. Como estos, otros cientos de datos podemos encontrar uno en sus biografías, entrevistas y reportajes.



El novelista y crítico argentino Carlos Gamerro afirmó que sería temerario afirmar que Borges fue el escritor más importante o influyente del siglo XX, pero creo que a esta altura del partido puede decirse, sin temor a exagear, que fue el más activo e influyente de sus lectores. Y todas sus lecturas y descubrimientos los hacía llegar a los demás de múltiples maneras: en las conversaciones cotidianas; en sus clases, sus traducciones, los ensayos, artículos y prólogos que escribió; y fundamentalmente, en los cuentos y poemas en los que las reescribe.

María Kodama contaba que Borges le dijo: “Nunca escribas nada dos días después de que yo muera porque eso va a ser sentimental y llorón y te va a perseguir toda la vida como un sello. Porque acá a la gente le gusta ser infeliz y está contenta pensando que otro es infeliz”.


Mario Vargas Llosa afirmaba que “es, probablemente, el único escritor contemporáneo de nuestra lengua equivalente a los grandes clásicos: Quevedo, Góngora, Cervantes. (...) La riqueza de su obra, su originalidad y la gran revolución que ha producido en la lengua literaria española es tan importante como la de esos clásicos. Su obra, además, ha quedado como una de las grandes catedrales literarias de nuestro tiempo”.

Marcos-Ricardo Barnatán, a propósito de la publicación “Borges biografía total”, contaba en una entrevista que “a primera vista, Borges resulta un hombre gris. No tiene, por supuesto, esas dotes de aventurero que tuvo, por ejemplo, Hemingway u otros escritores más vitalistas. Hemingway estuvo en la guerra, cazaba elefantes, pescaba entre tiburones. Borges no. (…) Le tenía mucho respeto y a su lado yo resultaba un tímido incurable. Hasta que un día me decidí: le llamé por teléfono y me dediqué a conversar con él, en su casa. Desde entonces comenzamos a vernos en su casa de Buenos Aires, en España, donde pudiéramos. Esa posibilidad se convirtió en una rutina que duró hasta el día de su muerte, en los años ochenta.”

José María Álvarez narraba en su autobiografía: “En 1962, Borges entró en mi vida como un huracán que ya no cesaría de conmocionarme: lo primero fueron Ficciones, El hacedor, El Aleph, a partir de 1969 conocería su poesía. (…) Cuanto más tiempo pasa, más siento su falta, la esperanza de otro libro. Es uno de los grandes, sin duda. Recuerdo cuando murió. La sensación de orfandad. Era algo que esperábamos desde hacía algunas semanas, pero su muerte –como la de Welles, aquel mismo año– me causó el más profundo dolor. Traté de consolarme diciéndome: Nos ha gastado una broma de las suyas: dar su nombre a un cadáver en Ginebra. Pero aprovechando la turbación, Borges ha escapado. Algún día volverá. A la cabeza de un ejército instruido que cargará recitando a Verlaine, a Fray Luis, a Virgilio, a Shakespeare, o páginas del Dr. Johnson, invocando a Dante en la fiebre de sangre de la degollación del enemigo. Ese día lo veremos. En el altar de los sacrificios, averiguando en las vísceras. Riendo.”


Umberto Eco escribió en relación a “El nombre de la rosa”: “Todos me preguntan por qué mi Jorge de Burgos evoca, por el nombre, a Borges, y por qué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodiase una biblioteca (me parecía una buena idea narrativa), y biblioteca más ciego, sólo puede dar Borges.”


Muchos otros relatos sobre Borges podemos leer aquí o allá; muchos autores, estudiosos y amigos han hablado de él. Hoy queremos, desde La Galla Ciencia, recordar al argentino con unos cuantos poemas suyos. Porque quizá su obra sea lo que mejor nos ayude a conocerlo siempre.


Las cosas

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido.



Ni siquiera soy polvo

No quiero ser quien soy. La avara suerte
me ha deparado el siglo diecisiete,
el polvo y la rutina de Castilla,
las cosas repetidas, la mañana
que, prometiendo el hoy, nos da la víspera,
la plática del cura y del barbero,
la soledad que va dejando el tiempo
y una vaga sobrina analfabeta.
Soy hombre entrado en años. Una página
casual me reveló no usadas voces
que me buscaban, Amadís y Urganda.
Vendí mis tierras y compré los libros
que historian cabalmente las empresas:
el Grial, que recogió la sangre humana
que el Hijo derramó para salvarnos,
el ídolo de oro de Mahoma,
los hierros, las almenas, las banderas
y las operaciones de la magia.
Cristianos caballeros recorrían
los reinos de la tierra, vindicando
el honor ultrajado o imponiendo
justicia con los filos de la espada.
Quiera Dios que un enviado restituya
a nuestro tiempo ese ejercicio noble.
Mis sueños lo divisan. Lo he sentido
a veces en mi triste carne célibe.
No sé aún su nombre. Yo, Quijano,
seré ese paladín. Seré mi sueño.
En esta vieja casa hay una adarga
antigua y una hoja de Toledo
y una lanza y los libros verdaderos
que a mi brazo prometen la victoria.
¿A mi brazo? Mi cara (que no he visto)
no proyecta una cara en el espejo.
Ni siquiera soy polvo. Soy un sueño
que entreteje en el sueño y la vigilia
mi hermano y padre, el capitán Cervantes,
que militó en los mares de Lepanto
y supo unos latines y algo de árabe...
Para que yo pueda soñar al otro
cuya verde memoria será parte
de los días del hombre, te suplico:

mi Dios, mi soñador, sigue soñándome.


Un patio

Con la tarde
se cansaron los dos o tres colores del patio.
Esta noche, la luna, el claro círculo,
no domina su espacio.
Patio, cielo encauzado.
El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.
Serena,
la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.
Grato es vivir en la amistad oscura
de un zaguán, de una parra y de un aljibe.



Los justos

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.


Elogio de la sombra

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) 
puede ser el tiempo de nuestra dicha. 
El animal ha muerto o casi ha muerto. 
Quedan el hombre y su alma. 
Vivo entre formas luminosas y vagas 
que no son aún la tiniebla. 
Buenos Aires, 
que antes se desgarraba en arrabales 
hacia la llanura incesante, 
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro, 
las borrosas calles del Once 
y las precarias casas viejas 
que aún llamamos el Sur. 
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas; 
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar; 
el tiempo ha sido mi Demócrito. 
Esta penumbra es lenta y no duele; 
fluye por un manso declive 
y se parece a la eternidad. 
Mis amigos no tienen cara, 
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años, 
las esquinas pueden ser otras, 
no hay letras en las páginas de los libros. 
Todo esto debería atemorizarme, 
pero es una dulzura, un regreso. 
De las generaciones de los textos que hay en la tierra 
sólo habré leído unos pocos, 
los que sigo leyendo en la memoria, 
leyendo y transformando. 
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte, 
convergen los caminos que me han traído 
a mi secreto centro. 
Esos caminos fueron ecos y pasos, 
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones, 
días y noches, 
entresueños y sueños, 
cada ínfimo instante del ayer 
y de los ayeres del mundo, 
la firme espada del danés y la luna del persa, 
los actos de los muertos, 
el compartido amor, las palabras, 
Emerson y la nieve y tantas cosas. 
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro, 
a mi álgebra y mi clave, 
a mi espejo. 

Pronto sabré quién soy.


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