jueves, 29 de junio de 2017

TRES ADONÁIS: Sergio Navarro, Bibiana Collado y Camino Román (por Antonio Praena)



TRES ADONÁIS



Adonáis sigue siendo Adonáis. Y no es necesario recurrir sólo a las glorias pasadas, a los nombres de quienes, desde sus inicios en Adonáis (bien ganadores, bien accésit), han alcanzado la condición de clásicos contemporáneos: José Hierro, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Julia Uceda, Blanca Andreu. Podemos también acudir a las ediciones más recientes para encontrar en Adonáis algunos de los nombres de los poetas jóvenes o de generación intermedia cuyo recorrido posterior podemos ya mencionar como relevante: Joaquín Pérez Azaustre, Javier Vela, Antonio Aguilar, Raquel Lanseros, Juan Meseguer, Jorge Galán, Francisco Onieva, Rubén Martín Díaz, Constantino Molina, Nilton Santiago... Seguro que la necesidad de brevedad hace injusticia a nombres significativos.

A esta lista se suman ahora los nombres de Sergio Navarro, Bibiana Collado y Camino Román. Y no es cuestión de vanidad o triunfalismo. Es algo más: inscribirse en esta estela no significa ser mejor que nadie, pero sí apostar por la excelencia con una ambición que sólo acepto como necesidad de enlazarnos a una tradición y un patrimonio para ser no en solitario, sino en plural; no en egoísmo, sino en gratitud; no en soliloquio sino en diálogo con quienes nos han hablado y aportado. Estar an Adonáis es ser parte de un cuerpo vivo, pues es donde hay raíz donde hay futuro.





“La lucha por el Vuelo”, de Sergio Navarro



“La lucha por el vuelo”, de Sergio Navarro, recupera para nosotros la más intensa vibración de un Adonáis clásico. Nacido en Marbella en 1992, doble Grado en Filología Hispánica y Comunicación Audiovisual, Sergio había publicado en 2015 el poemario “Telarañas”. Con el presente libro, Navarro nos adentra en un peregrinaje por la naturaleza, un recorrido que se inicia en la invencible, ignota vastedad del abismo, desde el que una sonda hace llegar noticias apenas de una soledad cósmica desconocida, un extrañamiento ante la inabarcable magnitud de cuanto nos rodea y apenas conocemos, para continuar después por una naturaleza más terral pero igualmente ajena a lo humano, fría para con la conciencia que trata de penetrar su misterio.

Este viaje, sin embargo, halla en la poesía un radar con el que proseguir hasta, y en sus sucesivas partes, adentrarnos y adentrar en nosotros el sacrosanto misterio que aguarda en cuanto vive. Serán una musicalidad sostenida y unos encabalgamientos proverbiales que suspenden la respiración sobre un abismo vertiginoso -coherente reflejo formal de la lucha por el vuelo y la voluntad denodada de habitar este espacio- los que imanten nuestra trascendental querencia de altura para, finalmente introducirnos en ese espacio místico que, sin embargo y paradójicamente, nos aguardaba en lo más humano, pues la más salvaje potencia natural revela ahora su condición de empuje a fin de que cosmos y corazón sean, comunionalmente, uno. (“que el hogar verdadero al que volver / es la tierra del hombre, quien anhela / el cielo mientras reza en el camino”).

En el poemario ganador del Adonáis 2016, Sergio se entrega, se abre, se arraiga, se desarraiga, crece, se empequeñece, anhela, vuela, cae, se levanta, choca, atraviesa…

Porque no, no es cuestión de facilitar las cosas o limar asperezas. Ya decía Platón que son difíciles las cosas bellas. Por ello Navarro nos hará atravesar, especialmente en la sección II, a través de la experiencia del fracaso y la muerte. ¿Qué sentido tienen la caída y la muerte, si somos vuelo? Sergio -no de forma filosófica, pues es otra muy distinta su/la razón poética- aborda de este modo uno de los grandes misterios de la vida. Morir, fracasar, no pueden responderse. Sólo dejan entrever un misterio más hondo, ese que nos dice que la lucha por el vuelo (eso somos: lucha por el vuelo) es, en el fondo, un aleteo por entrar a la luz, al calor, al espacio humanado. Cosas así sólo se puede expresar y comprender en el poema, pues el poema comprende sin comprender y dice sin decir. El poema cumple así su vocación de introducirnos en el misterio, de una forma vedada a otra lógica, para desvelar velando. Ser -vivir- y escritura se dan forma mutuamente.

Por eso, a través de la II sección, Navarro operará también cierto cambio de registro, pasando del ámbito más natural al urbano, constatando que, junto a las fiebres más espirituales, la vida nos conduce al lugar donde habitan tantos hombres de nuestro tiempo, pues toda mística no es mística verdadera hasta que no se encarna, hasta que no penetra el corazón concreto de lo humano concreto allí donde concreta y personalmente se encuentra.

A través de esta grieta abierta en el aire podemos continuar. La muerte se revela madre porque ahora comprendemos que Dios es la Madre que ya nos ha alumbrado una vez y que nos alumbrará definitivamente un día. Mas, mientras tanto y para el vuelo, tenemos el amor, un amor alejado de tópicos románticos y artificios retóricos, pues se trata del amor de quienes, sencillamente, juegan sobre la hierba bajo la luz de sol, el amor del niño adormilado sobre los hombros del padre que fuertemente lo sujeta. Entonces sí, entonces todo el libro revela su naturaleza de don que llega a nuestros tuétanos y los colma de sentido.

El libro se encamina, finalmente, a dar por bueno lo ya dado, a dar por suficiente lo sencillo. Quien este camino ha recorrido, comienza a ser poeta verdadero. Porque -y a su manera lo decían los clásicos escolásticos- la bondad es difusiva de sí. En efecto: ser poeta ya puede consistir tan sólo entregarse. Y si no, nada. Esta final armoniosa comunión de cosmos y existencia da, como fruto, pan de luz y de penumbra lentamente amasado.

La palabra madurez viene a nuestra mente leyendo a Sergio y brota en nosotros una reconciliación con la vida, una vida en la que -parafraseando a Hans Urs von Balthasar- ser, amar y escribir son actos coextensivos. Sergio aúna metafísica del existir y escritura, cultura y moral, porque también escuchamos en él a los maestros y los maestros cobran sentido en él convirtiéndose en luz para la vida y para el hoy. Su culturalismo es cuerpo vivo y no vacía erudición.

Finalmente, la urdimbre preñada de sentido y de altura -se trata de vuelo, no lo olvidemos- de este poemario nos hace recordar también a Alberto Magno cuando, recordando a su vez a Aristóteles, señalaba como una de las cualidades del verdadero arte la “grandeza”, ese afán por hacer algo, no grandioso, sino grande, generoso, a la altura de la condición humana, a la altura de la historia, a la altura de la altura que queremos alcanzar porque, en el fondo, y Sergio Navarro lo sabe, somos vuelo y ansias de azul. Penetración del misterio.



“El recelo del agua”, de Bibiana Collado



En esa extraña relación entre poeta y lector, hay veces en que tenemos la sensación de que el poema no reposa ni en el uno ni en el otro, sino en ambos y en ninguno. Por ejemplo, cuando asistimos al acto de su autonomía, una autonomía que se sostiene en su verdad, su verdad poética. Entonces el lector tiene que decirle a la poeta que lo siente, pero que es poeta lo quiera o no lo quiera, que es poeta pese a que esto le va a doler siempre.

Algo así sucede al leer “El recelo del agua”, de Bibiana Collado. Poemas en alto grado de poema que imponen su soberanía y abren un espacio que nos deslumbra y nos duele. Asistimos a ese extraño fenómeno que sólo puede ocurrir en lo poético mediante el cual el dolor alumbra algo hermoso y la hermosura nos duele.

Nacida en Burriana en 1985, licenciada en Filología Hispánica, Master en Estudios Hispánicos avanzados, Doctora y muchas cosas más, Bibiana Collado no es nueva en el panorama édito de la poesía española. Aunque ya antes nos había entregado “Poemas sueltos” (Premio Voces Nuevas y Premio Universitat de València) y “Como si nunca antes” (Premio Arcipreste de Hita), tenemos ahora la certeza, sin embargo, de que va a quedarse, porque se ha abierto en ella un temblor autónomo que no podemos nombrar de otro modo que emocionar la inteligencia.

En efecto, “El recelo del agua” es uno de esos libros que tiene vida propia. Habla incluso cuando lo hemos cerrado. Activa en el tiempo un temblor que no puede ser ignorado porque su estruendo sordo brota de una forma de amar personal y de familia, íntima y social, que ya existía antes, pero que ahora se ha desgajado del miedo de las cosas que se mascaban en voz baja.

“El recelo del agua” tiene voz de mujer. Y con esto decimos que una larga estirpe de mujeres nos sale al encuentro en sus poemas. Mujeres que no fueron a la escuela, mujeres que guardaban un ajuar por si acaso, mujeres que cuidan a mujeres, mujeres que con catorce años trabajan 12 horas remachando bolsos en una fábrica, mujeres que extienden juntas las sábanas sobre una cama para la enfermedad futura, mujeres que se consuelan mutuamente y, mutuamente, a la vez se culpan sin poderlo decir, mujeres que bajaron del cerro, mujeres que tienen una cicatriz de quemadura muy antigua, mujeres que son hijas de su madre y madre de su hija y después madre de su madre y luego hijas de sus hijas. Mujeres que comulgaron con un traje amarillo en una foto de habitación sin ventana de la que se han borrado los padres pobres y las chozas pobres y luego asisten a la comunión de la hija del patrón en mesa aparte. Mujeres con 15 minutos de descanso y un termo de café para apilar cítricos junto a mujeres cuatrocientas en una nave industrial y manos astilladas de escarcha y madrugada. Mujeres que fueron maestras de francés y que no fueron maestras de francés.

Bibiana se ha valido en este libro de una técnica que tiene el buen gusto de pasar desapercibida formalmente y mediante la cual ha superpuesto tiempos, lugares, biografías. Las realidades cobran así perspectiva y llegan a nosotros como verdad. Pero a la vez, esa verdad se materializa en verdad social y cultural, porque Collado superpone también estratos de cultura. Cultura no es un añadido a la vida sino una dimensión más de ella. Por ello, mujeres del sustrato bíblico, mujeres de las letras, como Santa Teresa o sor Juana, y mujeres con Alzheimer y olvido, conviven con mujeres de las fábricas porque sus diferentes dimensiones con Alzheimer y sin olvido lo son de una misma historia que es la de ellas y es la nuestra, aunque nos hiera aceptarlo.

El arte de Bibiana cobra, finalmente, una dimensión que convierte éste en un libro irrenunciable cuando también irrumpe -y no sé hasta qué punto es consciente de ello- en el espacio sagrado; y, así, por ejemplo, celebra una eucaristía en el mismo acto en que una mujer parte el pan para otra y acerca una copa a otra mujer y Bibiana no sólo hace comulgar dos espacios semánticos que alimentan alma y cuerpo, sino que hasta aúna dos mundos sonoros, el de la anáfora consacratoria -donde sólo la voz de hombres se escucha, según la tradición católica- y el de la forma en que ella dispone sus versos: (“se acerca, parte el pan / y se lo da diciendo:/ Coma madre, que apenas / ha probado bocado. / Después le llena la copa / y se la da diciendo: / Beba usted despacito, / no se vaya a atragantar.”)

Algo similar ocurre en el poema “El beso de Judas”, que concita también el plano de la pintura trayéndonos a los ojos una obra de Caravaggio: parece que hasta el miedo de Dios es mejor captado desde los ojos de una mujer.

“El recelo del agua” es un libro estremecedor. Catárquico y anticatárquico, pues, a la vez que trasmuta en su propio poema el miedo de los de abajo a no saber nunca lo suficiente, a que se nos note la pobreza que llevamos en los huesos, como en un acto de justica y superación, a la vez, digo, y en el mismo exorcismo verbal, lo deja para siempre temblando, imposible ya de ignorar, como tiembla el agua en un pozo que aún está vivo y mana y del que no podemos curarnos.



“Accidente”, de Camino Román



“Accidente”, de Camino Román, nos propicia la ocasión de celebrar algo muy concreto: este poemario demuestra que se puede escribir una poesía joven, fresca y contemporánea que, a la vez y sin detrimento, busca nuevos cauces de calidad.

Nacida en Veguellina de Órbigo (León) en 1981, Camino es licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca. Se dedica a la enseñanza artística, a la vez que elabora su propia obra pictórica habiendo participado en diversas exposiciones. La última de ellas, “Todo está mal”, en 2016. Traemos este dato porque explica en parte su poesía: el arte contemporáneo exige un discurso cada vez más elaborado (adivinamos en ello los ensayos estéticos de Danto) y, en esa circunstancia, la pintura llevo a Camino a la poesía.

Tras un poemario online, “<3<3" en 2014, cuenta con otro libro en papel: Una foto de un lugar que visitaste (Ediciones Ochoacostado, 2016). “Accidente”, accésit de Adonáis, nos sorprende desde el primer instante por la originalidad de su lenguaje y por una imaginería que, inmediatamente, nos traslada a otros registros artísticos y nos enfrenta a la aventura de ensanchar nuestra relación con el lenguaje a lo largo de un sostenido ejercicio de imprevisibilidad que, lejos de abrumarnos con rarezas, muestra precisamente cómo la creatividad, cuando es exigente, conecta con asuntos universales a través de lo más cotidiano; con cuestiones últimas sin tener que ponerse trascendentales; con el fondo del corazón sin tener que pasar por la grandilocuencia.

Hay dos voces en “Accidente” y ese es el gran hallazgo de Camino Román. Por un lado, está la voz que discurre por el color, la espontaneidad, el ritmo y los destellos de la vida contemporánea. Es una voz que parece y es divertida, sencilla, pop y agradablemente superficial. Pero inmediatamente esa facilidad no puede contener una sensación de amenaza, una intuición de zarpazo agazapado en la digitalidad. Y es entonces cuando se abre otra voz, la que nos habla, en realidad, de la humana soledad, del desamor, de la incomunicación, de la sustitución del espacio real por el espacio virtual.

El logro y la aportación de este libro es, precisamente, su capacidad para articular sincrónicamente los dos registros y para atraparnos donde menos parecía, pues, en el mismo divertimento, nos da un golpe de terror o de gracia, como en esos tiovivos de feria donde el brillo acharolado de los caballos y los muñecos encierra, a la vez, un espanto sin posibilidad de discontinuidad.

Camino conoce la estética del mundo virtual y cómo, en la luminosidad de sus pantallas, el espacio real ha sido sustituido por el espacio virtual, la vida por su videojuego, la persona por su avatar. Y claro, al final hasta el llanto importa con tal de que sea rentable. Lo que haya detrás, que cada uno se lo coma a solas. ¿Por qué, en el mundo más intercomunicado entre los mundos pensables, estamos, finalmente, tan solos? Porque estamos solos “como los árboles que siempre están solos / libertad lo llamamos a veces / para reconocernos aunque nadie nos reconozca.”

El presente poemario de Camino es un testimonio precoz de esa generación que comienza a descubrir la trampa de las redes, la viscosidad de una pantalla de plasma en la que, al fondo, estamos atrapados, pues sus respuestas sólo sirven para una vida virtualmente fallida. Parece la generación que descubre que su libertad se ha reducido a una aplicación para Android y que hay muchos perfiles falsos en las redes. La que descubre cómo el arte ha renunciado a los dogmatismos para caer paralizada ante el dogma absoluto de un yo absoluto recluido en el yo virtual de verse a sí mismo vivir y, sin embargo, no sentirse vivo. Camino ha escrito para nosotros el libro de una generación que comienza a preguntarse “Y después, ¿qué?”.
“Accidente” es un libro que aspira a molestar a alguien. Porque, al final, aspira, -lo confirma ella- al amor. El valor de nuestra artista consiste en adentrarse en estas cuestiones últimas sin plantearlas como cuestiones últimas. Ni siquiera como cuestiones. Su aportación consiste en deslizarse y deslizarnos por una estética pixelada con sus mismas armas, como si nada, como quien ha aceptado el juego para inocular en el videojuego el virus que un día habrá de bloquearlo.  

Si en la desprogramación de este universo estará implícita también nuestra propia aniquilación, es algo que la poesía y la obra pictórica de Camino no dejará de contarnos en su momento. Estamos avisados.



Antonio Praena




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