jueves, 31 de agosto de 2017

UN FOTÓGRAFO CIEGO de JUAN DE DIOS GARCÍA (por Natalia Carbajosa)








Un fotógrafo ciego
Juan de Dios García
Balduque, 2017








Los libros del poeta Juan de Dios García (Cartagena, 1975), conocido también por su labor editorial al frente de la revista digital El coloquio de los perros, parecen ir adelgazándose a lo largo del tiempo; su primer poemario, Nómada (2009) constaba de 70 páginas; el segundo, Ártico (2014) llegaba a las 60, y el que ha publicado recientemente, Un fotógrafo ciego (2017), apenas cubre 50. Si en ningún caso, por tanto, estamos hablando de un autor excesivo en su producción, advertimos además que la frugalidad de la que hace gala es directamente proporcional a la precisión: fiel desde el primer momento a un estilo claro, terso y directo, con guiños coloquiales y fluctuaciones a través de esa frontera cada vez más difusa entre cultura popular y elevada, sus poemas han ido ganando en calado, esto es, capacidad para expresar pensamientos complejos sin renunciar a la sencillez expresiva. Llámese madurez literaria, sí, pero sin duda acompañada de hondura vital.

Basando su propuesta en una actualización del mito de Sísifo, el título escogido, Un fotógrafo ciego, parece perfecto oxímoron para la descripción del hombre contemporáneo, constantemente auxiliado por la técnica —la cámara que todo lo registra— pero, a cambio, presa de la atrofia de sus propios sentidos. Desde ese punto de partida, cada poema aspira a iluminar fugazmente esa zona oscura que, por mucho que sea automáticamente filmada, no siempre despierta la consciencia de quien la está habitando. Especialmente elocuente, por ejemplo, es el caso de la identidad, abordado en el breve poema ‘Deconstrucción’:

Como ocurre a políticos
y otras celebridades,
tú también tienes una hemeroteca
que te desdice cuando se le antoja.
Nunca podrás quemarla.    
                            Vive en ti.
Y morirá contigo.

El estilo aforístico de este poema, recurso que Juan de Dios García ya había utilizado con fluidez en los libros anteriores, aflora tanto en relación con el sujeto individual como en su devenir en la “civilización”. La historia es un tejido cíclico, no lineal, y el moderno héroe, no obstante su tenaz y absurdo individualismo, no deja de repetir el dibujo urdido por Héctor, Aquiles y otros que le precedieron: «Quería conquistar esa ciudad / a cualquier precio». La conclusión, como en caso anterior, tiene el deje ineludible del pareado que recoge y resume los flecos del argumento, en esta ocasión, con una imagen que queda resonando e incluso flotando fuera de los confines de la página:

Sobre una alta montaña de esqueletos
luce una cima de oro.

Asimismo, le son caras al poeta las revisiones o reformulaciones de verdades y mitos comúnmente aceptados. Cuando reprocha al lector empedernido que le dé la espalda a la vida en el poema titulado ‘Biblihólico’, no anda tan lejos de Montaigne aleccionando a quien, con la excusa de acumular conocimientos sin ton ni son, se pierde el aire de la calle. Algo parecido sucede con la definición del éxito en el poema ‘Asamblea de pareja’, así como con la propuesta de cambiar el curso del viaje de Ulises en ‘La última tentación’ (atención a las connotaciones de los títulos). En estos casos, el poeta reclama la atención a la posibilidad de otras verdades, otros finales al relato conocido, dejando en evidencia hasta qué punto, aunque nos creamos libres y dueños de nuestros destinos, seguimos viviendo dócilmente sometidos a las normas y conclusiones que alguien elaboró y fijó en nuestro lugar.

La muerte, otro de los temas a los que el autor siempre ha abierto espacio, es el protagonista del poema, curiosamente real dentro del surrealismo que conjura, titulado ‘Playa de Galúa’. De nuevo, la precisión de la imagen es mayor que cualquier intento de formulación:

Como pisando azúcar, se acerca alguien,
un mendigo, un borracho, tal vez tú,
te coge de la mano,
le salen escorpiones de la boca.



En cuanto al repertorio de metáforas y símiles, el libro guarda destellos que asaltan a la lectora desde cualquier esquina y la dejan irremediablemente, felizmente touchée, vencida por el limpio embate de las palabras. Son los casos de: «El miedo cuelga de mi cuello como / la correa de un perro extraviado», o bien: «aroma de eucalipto en el escote / de esa anciana librera, pechos evaporados, / leves como mentiras infantiles». La sutil belleza de estos y otros ejemplos garantiza, en medio del escepticismo contemporáneo, un lugar al sol para la palabra poética. 

Ojalá el lector levante la vista y lo vea, despojado por fin de las muletas ópticas que arrastra hasta una cima oscura. Si ha de quedarse ciego, que sea al menos la poesía, y no la vida sin brillo, culpable del deslumbramiento último.  



                                                            Natalia Carbajosa



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