lunes, 18 de septiembre de 2017

MARTA AGUDO: EL ÍMPETU IRREVERENTE DE LA ESPINA (por José de María Romero Barea)


Marta Agudo: 
el ímpetu irreverente de la espina

La enfermedad no es sólo un estado del ánimo, sino también del cuerpo: “Con la persistencia de la cicatriz en el rostro ofreces/ una flecha”. La afección ocupa el centro de un discurso donde lo demás (si es que hay algo más) resulta casi incidental. Todo consiste en “buscar la sangre como quien descubre un día las propiedades anfibias del cristal”. La enunciación puede ser profunda o alusiva, pero lo que nos atrapa, sobre todo en la primera lectura, es esa forma elegante de absorber una idea controvertida, lo inteligente de la emoción, cómo se crea todo un mundo (“de los otros/ no de la memoria”) a partir de algo a la vez universal y culturalmente específico.

Los versos de la doctora en Filología, crítica y traductora Marta Agudo (Madrid, 1971) pueden ser extensos y comprimidos, ásperos y refinados, metafísicos y crudos, coloquiales y grandilocuentes, sutiles y deslenguados. Huecos de conocimiento esotérico conducen a composiciones impregnadas de cultura pop, destellos filosóficos, política, teología, economía: “nacer y fin arrancan/ de este hígado corrupto, del cerebelo dañado/ y de unos pies que se yerguen con la sangre/ de todo cuanto fui”. En sus manos, delicados poemas de desamor suenan tan vagamente contemporáneos como extrañamente isabelinos, en su compresión maniaca: “La traición o esa última nada”.

Recrea Historial (Calambur, 2017) el mundo de los rituales, las fetichizadas curas de reposo, las metáforas de una pasión sin cura; rivalidades y coqueteos con la salud; la muerte de fondo, su presentimiento sublime y a la vez siniestro. A partir del mundo natural, la poeta de 28010 (2011) nos traslada al reino de lo sobrenatural: “Cuchillo, memoria o cadáver … Biología del golpe”. Se complace en tratar lo cotidiano con sospechoso asombro (“¿Cómo olvidarte enfermedad, / anfitriona heredada de tantas cicatrices”); expediciones al hospital culminan en alucinaciones que parecen salidas de las páginas de HP Lovecraft.

Asistimos al poderoso diario poético de una aflicción, que avanza, inexorable. Y, sin embargo, el libro se ocupa sobre todo de la vida, del olvido del tiempo que experimenta el que ama (“el cero matemático que elevado a n voluntades persiste en su cintura de nada”), la aparente insensibilidad hacia todo lo que no sea el dolor de existir, “estar presente sin estar alerta”. Pese a un tema tan sombrío, Historial es un poemario de espíritu cómico. Toda la obra está impregnada de un humor astuto: “El cuerpo, ventrílocuo/ de la desaparición, encefalograma raído, escáner que/ bordea un epílogo sin sangre ni sutura”. Es una poesía visionaria, dolorosa, enojada, pero sobre todo divertida, en movimiento, salvajemente irónica.

“Se derramaba la vida por los lados y cinco meteoritos/ festejaron al llegar la mañana el ímpetu irreverente de la espina”. Una dolencia no es un raro designio, concluye la poeta, ni una terrible ley de la naturaleza o un mal innombrable. Los síntomas no son sólo corporales, sino atributos espirituales y morales: promulgan la nobleza del alma, el fuego creador, la melancolía del deseo, su exceso. La víctima no es un ser emocionalmente inerte, el asolado no reprime sus sentimientos. Radicales y herejes, los poemas de Historial denuncian la persecución a la que nos somete el silencio.


José de María Romero Barea
Sevilla 2017



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