lunes, 4 de septiembre de 2017

NO PERDÍ ESTA VEZ de JOSÉ MIGUEL GARCÍA CONDE (por Jesús Cárdenas)


NO PERDÍ ESTA VEZ
de JOSÉ MIGUEL GARCÍA CONDE



La realidad más cotidiana encuentra en la poesía un modo de trascender, así el discurso poético se convierte en una forma de cambiar lo cotidiano y de persistir por mucho que nos cueste. No perdí esta vez (TAU Editores, Cáceres, 2016), del cordobés  José Miguel García Conde es su más reciente libro de poemas, con el que evoca la pérdida dejándonos el abrazo a la felicidad en textos actuales e íntimos; un poemario breve, pero íntimamente desbordante.


A través del título del poeta, asistimos, supuestamente a la pérdida de otros, de ahí que percibamos el estado radiante del sujeto poético. Pero la memoria se encargará de mostrar la herida hasta llegue a «reconstruir». Como señala su prologuista, el escritor lucentino Manuel Guerrero Cabrera, en la primera página del libro, los motivos que conforman el poemario son: «la poesía, la muerte, el amor, la nostalgia, el desengaño y la soledad». O dicho brevemente: el sujeto ante la temporalidad. El verdadero poeta es aquél que no le pierde la cara al tiempo; los mecanismos temporales inciden en el ser y, por extensión, a la obra escrita, por lo que el autor y su escritura dejan de ser los mismos. García Conde realiza esta búsqueda del ser mostrándose valientemente, de pie, a pesar de la pérdida. Ante cualquier arista de la vida expone su pecho desnudo.

El discurso poético de García Conde, gran conocedor de la poesía, pretende un lector que indague en la epidermis de los objetos reales hasta alcanzar su equilibrio y la felicidad. Ahí va uno de sus consejos, que cerraba «Manual de instrucciones»: «Ser tan feliz como quieras, no como puedas». El dolor quedó atrás, y ahora (nos) queda (nada menos que) vivir.

Una cincuentena de poemas en prosa, de extensión más o menos breves, ocupan elementos cotidianos que reconquistan el espacio y escalan la línea del pasado hasta llegar a la del presente. El sujeto poético los observa y luego los interioriza, por lo que, se comportan como trasunto personal y, a un mismo tiempo, parte de la colectividad, porque a todos nos une. Esa sencillez, que dota de coherencia al conjunto de la obra, nos concita. Así, se nos dice al final del poema «Mancha»: «le hablaré del amor por las cosas vulgares». A buen seguro, después de haber leído No perdí esta vez nos será imposible ver del mismo modo nuestra «lavadora», un «semáforo», el «café con leche» o el «análisis de sangre».

Cabe decir que García Conde no nos muestra fácil «el precipicio», esa distancia en la que el sujeto se coloca ante la nada. El poeta cordobés envuelve sus palabras con el celofán de las imágenes que, pareciendo que se apartan del discurso no lo hacen, sino que punzan más aún nuestra emoción. En cambio, para nombrar el dolor, la rabia, la muerte o el tránsito que va desde la pena a la risa, se hace muy difícil encontrar palabras. En ese instante la vida se nos muestra inefable, no conseguimos palabras para nombrar aunque vengan en «Wikipedia». No todo se nombra o se descubre en lo virtual (en «Instagram» o en «Facebook»). Aunque como se dice en «Lo que no existe», mostrar lo que aún (nos) falta, «es necesario».

En el primer bloque, «La felicidad de la metáfora», el poeta le toma el pulso a la infancia, al amor a sus seres queridos. Se libra de frases hechas y de refranes concebidos para darles una nueva visión en poemas donde refulge la ternura, por ejemplo, en el poema dedicado a la lavadora, concreta García Conde que no sólo «desfigura los tejidos», sino también, puede llegar a cambiar el tamaño «de los recuerdos».

En el segundo bloque, «La sonrisa del frío», el poeta resuelve el oxímoron en poemas como el que encabeza la sección, «Urna» o «Sexo», donde se nos muestra la dureza del dolor que produce la muerte y de las emociones vertidas por el recuerdo de su madre. Al evocar la enfermedad, la repentina muerte de un ser querido y el inmediato abandono, en poemas como «Aprender a morir”, «Estadio IV»«Soledad», «Miedo» u «Oxidación», es justo cuando sentimos ese pellizco, el escalofrío, que percibimos y que nos muestra la imagen de la infancia rota, la desconexión con la ingenuidad. Pero su mirada reconstruye. Su mensaje es nostálgico pero esperanzador. «A reír como a llorar se aprende desde pequeño», se nos dice en el poema «Fotografía familiar».

Y en el tercer bloque, «El aburrimiento del pollo congelado» se confabula todas las pequeñas cosas, todos esos detalles que nos hacen ser como somos. Cada elemento cotidiano se sustancia y trasciende porque el poeta los hace propios e intransferibles llegando a cobrar a diario no sólo existencia sino importancia por habitar en lo inagotable de la condición humana. En esta sección pueden percibirse imágenes logradas como la de «Tú ya no estás pero hace falta leche desnatada», en el poema «Lista de la compra», o esa otra que encierra «Ellos caminan con el corazón en rojo para siempre», en el poema «Semáforo»; la recomendación «Si no encuentras a tu media naranja plantéate dejar la fruta», en el poema «Media naranja», y los poemas, tal vez, más líricos, como «Días», «Amor», «Crisálida» o «Costra». Como muestra del lirismo presente en los textos un botón: véase el ritmo endecasilábico que predomina en las líneas de este último poema:

La memoria
es un frasco de nostalgias, [11] un conjunto de voces que se
pierden, [11] una costra que oculta alguna herida. [11] Cuando
giras la vista algo se tuerce [11]…

Así, cualquier lector podrá entender que en el libro No perdí esta vez no sólo importa qué nos dice, sino, sobre todo, cómo se nos dice; en el perfecto equilibrio de ambos niveles, fondo y forma, se halla el talento y la sutileza de García Conde.

Ya sabes, lector, que podrás contar con él, así que llámalo una vez que lo hayas leído y sepas tanto de él como de ti

cuando
el mundo te pese demasiado, cuando sientas toda su
gravedad sobre tus hombros.



Jesús Cárdenas



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