jueves, 28 de septiembre de 2017

QUE TODO PAREZCA de ANTONIO CARBONELL (por Sara Torres)


Que todo parezca



Un cuerpo se mueve con incomodidad. Atraviesa estancias intervenidas, moderadas por universales de normas que apelan a la sensatez en la existencia humana. De su molestia ‒tedio por repetición de aquello que le causa displacer‒ emerge una voz de protesta, voz hábil en separar un animal capaz del gozo de aquello que le maltrata e impide. Este viaje de la voz poética permite a Antonio Carbonell ofrecernos en Que todo parezca una vía hacia el bienestar entendido como derecho intrínseco a buscar aquello que nos sienta bien.


En la cita a Aristóteles que abre este libro se propone el arte como aquello que, sorteando las apariencias, ha de buscar "dar cuerpo a la esencia secreta". Ante esta inaugural declaración de voluntad en la escritura, la siguientes preguntas puede surgir: Detrás-bajo-al-margen de las convenciones que hacen el mundo inteligible, ¿hay algo que espera ser revelado? ¿es engañosa la imagen de la corteza y el centro? ¿de la profundidad y la superficie? ¿o contienen ambas lo esencial de forma constituyente? ¿contiene lo esencial todo aquello que puede darse, que es posible en el mundo? Quizás la esencia sea aquello que, aunque no permanece en igual forma, insiste en reaparecer bajo distintas manifestaciones. Aquello necesario que permite la perseverancia y el movimiento de la vida. En estos poemas encontramos una escritura que rastrea, pulsa ahí; en los indicios de lo fundamental.

Antonio enfrenta con valentía, con pulso firme y sensible, las contradicciones a las que vive sujeto el animal humano: un animal cultural y tecnológico, destructor y aún así, más vulnerable que el resto. Su capacidad para fabular y abstraer le aísla de los otros y de sí mismo, de su inmanencia, a la vez que prolonga su experiencia del dolor y la intensifica. Posee "sofisticados mecanismos para el simulacro" (p.34) y pierde la referencia de sus propios intereses sumido en una espiral de representaciones y acciones obligatorias. Que todo parezca inaugura su viaje poético presentando una soledad soldada en el desengaño.

Sobre los hielos del desengaño, ahíto de frío,
cristal mimetizado entre transparencias,
con su herramienta de explorador y su candil
creo que espera oír cantar a las ballenas.
Es tan glacial, salvaje y definitivo,
sueña un viaje como un ahogado o un iceberg.
Se hizo un iglú con material de indiferencia.
Aunque está aquí mira a otro lado,
vuelto a la amnesia, anda tan lejos… (p.20)

El explorador que aún confía en el descubrimiento del canto de las ballenas, es uno frente al todo que ejerce su atracción ambigua sobre él. Iceberg o ahogado, la ruta que emprende se inicia necesariamente en el desprendimiento. Descubriremos que ha prescindido de las seguridades y de una parte importante de su equipaje, porque al fin marchar "es hacer sitio a la niebla" (p.77). ¿Qué es esa niebla que ocupa el lugar del conjunto de ideales que ha dejado atrás para poder, de verdad, por primera vez, desplazarse? El hecho del viaje, no obstante, no asegura grandes resoluciones ni respuestas "Soy yo quien se busca, /yo soy quien me ignora." (p.62), aunque sí mayor conocimiento del motor que alimenta la búsqueda.

La ruta habrá de realizarse con la sola certidumbre del metro del cuerpo:  duración incontable de la existencia, superviviente una vez ésta ha sido encerrada en el tiempo mercantil de los hombres, un tiempo productivo y capitalizable. Carbonell pone su atención y protesta sobre la obligación heredada de contar los días ‒y por tanto también de contar el dolor en días‒ que abre campo a la verbalización de estados que llamamos desesperanza, fracaso, decepción, desgracia. Reconocemos en los versos al viajero como una voz sola, apartada, que “habita dominios de invertidos límites” (p.26) y desde allí anhela el amor e intenta atraerlo. Desde un lugar que está a la vez dentro y fuera del espacio social, la voz reordena el mundo reuniendo: “Por significado, las palabras. /Por su pureza los gestos” (p.29). Importante mencionar que, como contrafuerza y despunte de su protesta, aparece también el humor en los versos de este libro. Aparece con la forma de la ironía afilada que nace después del desencanto. Reconocemos en los versos al viajero como una voz sola, apartada, que "habita dominios de límites invertidos" (p.12) y desde allí anhela el amor e intenta atraerlo. Desde un lugar que está a la vez dentro y fuera del espacio social, la voz reordena el mundo reuniendo: "Por significado, las palabras. /Por su pureza los gestos" (p.14).

Dentro y fuera, observador de la ciudad y también eremita, Carbonell escribe: "Los habitantes del espejismo y el abandono, /los desplazados por el abuso y la tiranía, /viven distantes bajo la bóveda celeste" (p.30). Esa distancia puede entenderse como un orden que construye a los habitantes de la ciudad como siempre "el otro" de alguien, les facilita ocupar lugares preestablecidos, les hace capaces de reconocerse mutuamente por costumbres comunes y apariencias normativas (p.52). En la soledad comunitaria del entorno urbano, "los otros" llevan a cabo intercambios regulados y austeros que mantienen operativo el sistema que les rige. Tal sistema ha sido edificado en la culpa: ella siempre conecta cada vida a una sospecha, siguiendo la lógica del "si él vive, como yo, entonces también será capaz del mal, proclive al mal, como yo, y por tanto culpable".   

Los aislados en la comunidad enferma que retrata Que todo parezca se sienten solos y prisioneros, pero aún "dan con los ojos serenamente, su gratitud, /en su alegría, el oasis todo de quien no espera." (p.30) Poesía de surco profundo, la lectura de este libro permite el encuentro con la sensibilidad compleja de su autor. Un poso y un apocoparse de las imágenes después del paso por lo arrebatador parece conectar con el hecho de que el cuerpo que escribe está solo, y por ello la voz poética también lo está. Se pronuncia en su soledad intentando alcanzar otras presencias amigas, con el deseo de compartir lo poco que sabe, lo poco que tiene y que es al mismo tiempo tanto. El regalo escondido: desde su aislamiento, el viajero  acumuló amor y se nos ofrece ahora. Pero no todo es desierto, más adelante aparece una casa, la presencia de los objetos que conocen la rutina y la pasión de dos criaturas que viven juntas. Esa cotidianeidad se construye desde el tacto, y son las manos tibias las que reinventan una historia común y le dan sentido (p.46).

Reflexiones sobre la apariencia aparecen ligadas a una crítica a la mercantilización del tiempo vital. Tiempo e identidad también aparecen necesariamente unidos en estos poemas, dado que no puede darse la idea de tiempo ni la de identidad sin un archivo de vivencias narrativizadas. Ausencia de memoria es ausencia de relato de vida: "Extraviada la memoria se repliegan los instantes" (p.49). Frente al peso castrador de la memoria, Carbonell propone el instante: un espacio total donde no se mercadea con apariencias y donde las grandes palabras que detonan los miedos tienen poca fuerza fáctica. En la dedicación plena al ahora, la voluntad entra como protagonista y agente "hace surcos la voluntad" (p.50). Por otro lado, el miedo mora en la creencia y extiende sus dominios por todo aquello que desconocemos (p.22). Contrario al miedo, que siempre es conservador, el vínculo al instante se presenta como alternativa hacia una libertad que pasa por la eliminación de los planes, las expectativas, y que no proyecta vida bajo el imperativo o la esperanza de un futuro organizado (p.34). Aceptar nuestra incapacidad para predecir el futuro conduce a una celebración vitalista, al disfute del baile de la vida: "ante la duda todo es posible, /llena la copa de los deseos" (p.60). En lugar de acallar la ansiedad con toda una caterva de prevenciones, la opción existencial que toma la voz poética de Carbonell en este libro es la de vivir sin protección para enfrentar el miedo: "Así afronto los días, /las promesas de la lluvia, /sin paraguas" (p.51).

El autor propone entender la realidad como una dimensión donde las cosas pueden no ser como nos contaron que serían, donde es sencillo que no se aplique la lógica convencional y donde, cuando se aplica, es sencillo que falle. Así, los mitos y los cuentos, con su receta moral, cumplen la función de reguladores de las apariencias, controlan la expectativa y la esperanza de la gente para "que todo parezca" normal: "morada de guiñoles desvalidos, /de habitantes aguardando instrucciones"(p.72). La ilusión de control impide la entrada del goce: tal afirmación parece proponer la alegría juguetona que empapa algunos de los poemas del libro. Y es que la celebración política del goce como vehículo de resistencia al poder conecta, sin duda, con aquella que proponen los estudios queer y que viene a recordarnos que el derecho al placer pertenece también ‒y sobre todo‒ a las criaturas a las que el sistema deja en situación más vulnerable: las desobedientes, las enfermas, las pobres, las ilegibles desde la mirada entrenada para el método del modelo y los descartes. 


Leer a Carbonell es acceder por derecho y con orgullo a esos momentos de goce que contienen resistencia política y también el sueño de una asociación generosa entre los seres: "Hilando la paz al tiempo, /su fugacidad sin importancia, /agradecidos de existir /uniendo después sus manos." Allí, en ese contacto de manos entrelazadas y agradecidas, nos encontramos inaugurando los días "sin ensayo previo" (p.75).


Sara Torres




SARA TORRES (1991) estudió Lengua Española y sus Literaturas en la Universidad de Oviedo y en Queen Mary University, Londres (Hispanic Studies). Posteriormente realizó un master en mitologías críticas en el King’s College de Londres.
Formó parte de la XIV promoción de artistas residentes en la Fundación Antonio Gala. En su actual proyecto doctoral, investiga cómo el deseo produce textualidad a través de un aparato crítico interdisciplinar en el que se encuentran en tensión el psicoanálisis, los estudios queer y los feminismos.

Con el libro La otra genealogía (Torremozas, 2014) ganó el Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven. También ha publicado Conjuros y Cantos (Kriller71, 2016).


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