viernes, 8 de septiembre de 2017

TRÁNSITOS de ALBERTO CUBERO y LEANDRO ALONSO (por Ana Belén Martín Vázquez)


Tránsitos, de Alberto Cubero y Leandro Alonso
Un poemario singular ante el abismo



Tránsitos

Alberto Cubero y Leandro Alonso

Editorial Evohé, Colección Intravagantes
Madríd, 2017









Tránsitos (Ediciones Evohé, 2017), es un poemario ilustrado realizado a cuatro manos, a cargo del poeta y ensayista Alberto Cubero (Madrid, 1972), y del escultor Leandro Alonso (Madrid, 1963). Estamos ante un libro singular, desde el cuadrado que le da forma en lo exterior hasta su interior, donde nos encontramos con el poema, en las páginas impares, y el ideograma, en las pares, que constituyen el encuentro de dos formas de expresión, sin dependencia ni competencia: una palabra poética rodeada de silencio y un ideograma que permite hacer una lectura complementaria o independiente del texto; en suma, una doble propuesta artística que da libertad para una infinidad de lecturas, incluso la que obvia la palabra o la ilustración.
Se trata de la cuarta colaboración entre ambos creadores, que ya habían dado muestra de su compenetración y buen hacer en proyectos conjuntos previos como el poemario: “La textura metálica del dolor” (El Sastre de Apollinaire, 2011); la instalación de poesía y escultura, junto a otros autores, titulada “Espacios de Lenguaje”; la exposición “Tránsitos” y ahora, este poemario en el que repiten el título del último trabajo. Conociendo la visión que Cubero y Alonso tienen del arte y de las respectivas disciplinas en las que desarrollan su principal labor artística, poesía y escultura, no es de extrañar que sean tan cómplices en este tipo de trabajos y que el resultado sea tan inspirador como el que ofrece este nuevo libro. Estamos ante dos creadores que se admiran y entienden que su trabajo ha de nutrirse de la obra de otros artistas y disciplinas. De hecho, sus respectivos currícula muestran esos itinerarios y colaboraciones con terceros, evidenciando que las clasificaciones que establecen barreras entre géneros no les valen, porque las artes se comunican y crecen en sus espacios de encuentro.

Tránsitos es un libro, me permitiría decir, de carácter existencialista en el que la herida y el laberinto se repiten, y crean las condiciones para el abismo y el sufrimiento, lo que acecha. Estamos ante un poemario desesperanzado a pesar de algunas apariciones del deseo, algunos atisbos de otra posibilidad.
El libro alberga varias ideas clave como la búsqueda, el tránsito, la dualidad y el aislamiento. En primer lugar, la búsqueda está presente en la dedicatoria del volumen, “A los que buscan y no encuentran”, y en la cita inicial de María Zambrano: “Que el hombre es un ser transcendente quiere decir que anda en tránsito, siempre en vías de ser”. Otra noción central es la de tránsito, que da título a este trabajo. Recordemos que según su definición, tránsito es el movimiento, es la muerte y ese estar entre dos lugares, dos ámbitos que puede suponer estar en ningún lugar, no estar. Ese dos, esa dualidad, es otra de las claves que permite la lectura del libro. Así, la dualidad se aprecia en la estructura del poemario, que presenta dos poemas cero, uno que abre y otro que cierra; y se desarrolla en dos amplios apartados, titulados, respectivamente, ‘El otro’ y ‘Lo otro’, que se complementan y responden. En línea con la dualidad, Tránsitos es también un diálogo, pero un diálogo imposible entre el tú al que los poemas apelan y la propia voz poética que se manifiesta.

Si nos fijamos en los dos poemas que abren y cierran el libro, en ambos el texto alude a un tú. En el primero, se trata de alguien que está en el laberinto: “(…) Transitas sin comprender la hondura de este verbo. / Estás allá donde niegas la existencia, en vano” (pág. 11). Por su parte, en el último, leemos: “(…) Mendigo forjado en barro, así debe ser tu corazón. / Así los velos que te intuyen” (pág. 153). Y en los dos casos, los poemas quedan suspendidos, en ese espacio indeterminado donde el tú, el otro, no acaba de ser, donde encontramos a un desconocido que pone barreras y distancia respecto a la voz poética que atraviesa el poemario, esa voz que también se refugia en lo impersonal y en su propia desaparición.

En la parte central del poemario, la incomprensión hacia lo externo se plasma tanto en la primera parte, titulada “El otro”, como en la segunda, “Lo otro”. Así, la voz poética no encuentra auxilio ni en el tú interpelado ni en un contexto más amplio. En ‘El otro’, la lectura avanza en torno a la vulnerabilidad, la incertidumbre, el abandono, la confusión, las pérdidas, el desarraigo, el desaliento, el miedo, las renuncias, la mentira, la inquietud, lo siniestro, la ruina, el rencor, la desconfianza, el desconsuelo… Y todos esos elementos van construyendo una fatalidad que lo inunda casi todo, donde los elementos alentadores son escasos (el deseo, las caricias, la luz), y la intuición apunta hacia los malos presagios. En la segunda parte, “Lo otro”, el horizonte se amplía pero a pesar de eso, nos mantenemos en el territorio de la extrañeza, lo innombrable, lo indeterminado, lo que se disuelve, la distorsión, la deriva, de nuevo la vulnerabilidad, la imposibilidad de la tregua o el equilibrio o la coherencia; la pesadumbre, la iniquidad y la soledad…

Tránsitos es un libro en tensión, sin sosiego. Nos presenta un yo apenas vislumbrado que es un sujeto en conflicto con lo externo, percibido muchas veces a través de los sentidos, la voz y la mirada, sobre todo. No obstante, esa conexión con lo externo es también un acercamiento que se trunca o que incluso devuelve un aislamiento añadido: “Hay una mirada sin fin, un desbordamiento ante las fauces del perímetro. / Imperceptible, fluye lo que te abandona”,  (pág. 37); “(…) Escuchas la arquitectura del miedo y los montículos de la penumbra. / No aciertas a descifrar los nombres de la herida ni el ojo de las renuncias” (pág. 39); “(…) Sangra la retina, pero tú no lo ves: te cegó la confluencia de voluntades” (pág. 49); “(…) Salto de sed sobre la herida abierta de lo que va llegando, / hay voces que arrastran lo desconocido” (pág. 63).

En cuanto al estilo, es un libro exacto que acierta con la palabra precisa y donde el silencio resulta fundamental. Poemas muy breves, en su mayoría, y sumamente equilibrados donde no sobra ni falta nada, que nos arrojan a un mundo de sugerencia y apertura de sentido donde cada uno va a alcanzar su propio vértigo, su propio equilibrio, sus propias preguntas y también, su propio tránsito. En este sentido, cabe subrayar que es un libro  sumamente coherente con lo que Alberto Cubero entiende por poesía y, por tanto, con su propia poética, establecida en los poemarios ya publicados y en el ensayo “Qué entendemos por entender la poesía” (Escolar y Mayo, 2017), donde Cubero insiste en que “el lenguaje poético habita en los perímetros de lo inefable, y no en los planos de los significados explícitos”.

Dado que es un libro en tensión y en conflicto, estamos ante un libro dominado por los contrastes, las antítesis… Aunque se emplean no como un mero recurso estilístico sino como base de una lucha de conceptos que genera todo un imaginario, levantado en los bordes del abismo. Así, asistimos a unos tiempos naturales alterados, “Preñez de la noche. / (…) El amanecer llegará nunca” (pág. 111); al encuentro de la falacia y la creencia (“La raíz es falacia. / Delirio en el extremo norte de las creencias” (pág. 129); o bien, a dobles contrastes como el de la página 143: “(…) vertebrar los contrafuertes de la armonía entre las brasas de la barbarie”.

Y dicho todo esto del texto poético que propone Alberto Cubero, quedaría hablar de la otra mitad del libro: los ideogramas que, desde el espejo de las páginas pares, acompañan cada uno de los poemas. La aportación de Leandro Alonso al libro es un libro en sí mismo y ofrece su propia lectura. En consonancia con lo textual, son trazos irregulares que apuntan también a la apertura, el desequilibrio y la tensión entre el dentro y el afuera. Son también el espacio donde reposar, descansar y digerir la palabra; el enigma, el laberinto, lo desconocido que nos apela. Los ideogramas son además, el negro y el blanco, el continente y lo contenido, y lo que se desborda y anega los márgenes.

En suma, estamos ante un libro inagotable, que nos permite crecer y nos regala cientos de lecturas…para llegar, gracias a lo poético, al encuentro con nuestros propios abismos y los espacios que nos aíslan como sujetos.

Ana Belén Martín Vázquez

Datos de los autores:

Alberto Cubero, poeta y ensayista, Licenciado en Ciencias Económicas, actualmente es profesor de talleres de escritura creativa.

Antes de “Tránsitos”, ha publicado los poemarios: “Pájaros de granito”, (Legados, 2008),  “Hendidura” (Devenir, 2014), y la plaquette “In-diferencias” (2016) –junto a los alumnos del taller de creación poética de Collado Mediano. Ha participado en las antologías “La república de la imaginación”, (Legados, 2009), “Voces del extremo 2014: poesía y desobediencia” (Amargord, 2014) y “Odisea poética en Libertad 8” (Legados, 2016).

Además de otros ensayos en colaboración[1], es autor de varios textos teóricos sobre la poesía: “El acto poético como expresión límite de lo inefable” (2013), “Poesía e inconsciente: relaciones entre poesía y psicoanálisis” (2014), y el más reciente, el libro “Qué entendemos por entender la poesía”  (Escolar y Mayo, 2017). Ha publicado en diferentes revistas especializadas en poesía y crítica literaria, entre las que cabe destacar “Cuadernos del matemático”, “Ábaco” y “Viento Sur”. Son habituales sus colaboraciones con otros artistas: con el escultor Leandro Alonso, con la fotógrafa María Jesús Velasco (la proyección “Cuerpo de sombra” y la exposición “Fragmentación del límite”) y con la escultora Marta Sánchez Luengo.

Leandro Alonso (Madrid, 1963) es licenciado en Bellas Artes, en la modalidad de escultura. Ha realizado exposiciones individuales y colectivas en espacios públicos y privados desde 1984.
Miembro del grupo de creación artística “Lado Abierto” y colaborador habitual de la Univ. Rey Juan Carlos y de Espacio BOP
Frecuente su colaboración con otros artistas: Luis Saéz Gil (escultor), Olimpia Velasco y Loreto Rodera (pintoras), Yolanda Lalonso (pintora y fotógrafa) y Alberto Arroyo (compositor), y Alberto Cubero (poeta).



[1] Los ensayos “La delgada línea en el tránsito desde el Yo hacia el Otro en relación con la persona”, (2013), junto a la terapeuta Ana Abad y “La mirada creativa del otro”, (2014) junto a Ana Abad y Mariano Hernández, psiquiatra.


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