martes, 10 de octubre de 2017

EL LIRISMO DE RAMÓN GAYA




Nació en Murcia en 1910. Su padre fue un obrero litógrafo, anarquista y wagneriano y su madre una mujer de no menor modesto origen. A los diez años, con la complicidad paterna, abandonó la escuela y se dedicó por entero a la pintura. Escribió igualmente desde la temprana edad de diecisiete años y participó de manera activa en alguna de las empresas literarias y artísticas más importantes de su tiempo. Sus amigos fueron Luis Cernuda, María Zambrano, Juan Gil-Albert, Rosa Chacel o José Bergamín, la que hemos llamado en otra parte la generación de los solitarios, la generación de los difíciles. Trabajó por la República, hizo la guerra y la perdió, y con ella a su mujer y la mitad de su vida, que se quedó en el museo del Prado. Vivió exiliado catorce años en México y casi veinte en Italia. Regresó silenciosamente a España y nunca dejó de ser el pintor hondo y fecundo que fue siempre, desde el principio. Ya octogenario, le fueron concedidos algunos prestigiosos galardones y premios que recibió con tanta naturalidad como extrañeza y que le levantaron del anonimato a una discreta notoriedad. No son muchos, ciertamente, estos datos.


Autorretrato, 1990


Lo decía Andrés Trapiello en el prólogo a su ANTOLOGÍA DE RAMÓN GAYA, publicada en 2003 por la Fundación Banco Santander. Ramón Gaya nació el 10 de Octubre de 1910 y hoy, en el aniversario de su nacimiento, lo queremos recordar con unos cuantos poemas. También ese día, cuando el pintor cumplía 80 años, abrió sus puertas el Museo que lleva su nombre en Murcia. Su director, Manuel Fernández-Delgado y Cerdá, decía así:


El Ayuntamiento de Murcia adquirió dos inmuebles de hermosa estampa en la Plaza de Santa Catalina, pertenecientes a la familia Palarea. Después de que Ramón Gaya aumentase su generosa donación en veinticinco nuevos dibujos, la Corporación Municipal, el 10 de octubre de 1990, cuando el pintor cumplía 80 años, hizo posible que lo que un día fue un sueño y deseo se hiciese realidad en forma de Museo, que abrió sus puertas bajo su nombre y en el que la Ciudad y sus hijos se miran con orgullo.



Ponte Vecchio, 1962

Hoy, en el día de su nacimiento y cuando se cumplen 27 años desde que abrió sus puertas el Museo, lo queremos recordar con esta selección de poemas, rescatando así su faceta más lírica.



VUELTO HACIA SÍ

                                                                    A Cristóbal Hall

Era todo ignorancia 
luminosa, y había 
como un huerto confuso 
derramado en la vida. 

Cada cosa era un friso 
que adelanta los brazos 
entreabiertos, carnosos, 
y se vuelve a su mármol. 

Todo estaba tan cerca 
de expresarse, que el suelo 
era igual que una historia, 
y el estío era un templo. 

Pero no, no eran seres 
como símbolos pobres, 
eran cosas colmadas 
de sí mismas, sin nombre. 

Y de pronto, aquí están: 
son los hechos totales, 
los relieves, los actos, 
son, por fin, las verdades. 

Ya no estamos nosotros; 
el vivir es quien gana, 
quien consuela a pedazos, 
quien se hunde y se alza.

Comprendemos entonces 
que la dicha y la pena 
sólo son realidades, 
una misma materia. 

Conocer una cosa 
es igual que alejarnos, 
es perderla del todo, 
destruirla en las manos. 

Y de pronto, se sabe 
que hay ventanas adentro, 
que hay un brote, un origen 
acallado en el pecho. 

Vuelve a ser ignorancia, 

vuelve a ser como un huerto.


DE PINTOR A PINTOR


El atardecer es la hora de la Pintura.
   Tiziano
         

Pintar no es ordenar, ir disponiendo, 
sobre una superficie, un juego vano, 
colocar unas sombras sobre un plano, 
empeñarte en tapar, en ir cubriendo; 

pintar es tantear -atardeciendo- 
la orilla de un abismo con tu mano, 
temeroso adentrarte en lo lejano, 
temerario tocar lo que vas viendo. 

Pintar es asomarte a un precipicio, 
entrar en una cueva, hablarle a un pozo 
y que el agua responda desde abajo. 

Pintura no es hacer, es sacrificio, 
es quitar, desnudar; y trozo a trozo, 

el alma irá acudiendo sin trabajo.


AL SUFRIMIENTO

De tanto serme estrecha compañía 
he llegado a sentirte ya tan mío 
que peor que tú mismo es el vacío 
que me queda sin ti. Yo te querría 

apretado a mi pecho todo el día 
por no quedarme a solas con el frío 
de ese lago parado y tan sombrío 
que es vivir en la nada. Sufriría 

más aún, ya lo sé, pero un consuelo 
en el propio sufrir quizá nos nace 
como una leve flor allá en la arena. 

Me lo has quitado todo, tierra, cielo; 
déjame sin embargo que te abrace, 

que todo cuanto he sido está en mi pena.


A DIOS

Me despojas de todo, permitiendo
que yo mismo contemple esas cenizas.
No me hieres, me robas. ¿Eternizas
todo aquello que matas? No te entiendo

todavía, ¡mi extraño!, mas creyendo
estoy en esa fuerza que deslizas.
¿Por qué, despojador, me tiranizas
atándome al vivir que voy perdiendo?

No me matas, me muero, me devoro
con mi propio existir. Y cuán esquivo
te siento a mi dolor. ¡Cómo te alejas!

Me arrancaste mi llanto, y ya no lloro;
me arrancaste mi vida, y ya no vivo;

si el morir me arrebatas ¿qué me dejas?


CANCIÓN EXTRAÑA

Canción del no vendrás,
el sí te quiero;
canción del ya llamarte
y no estar cierto.

Canción del no saber
si es que te espero;
canción del no penar
y estar temiendo.

Canción del sí vivir
y estar desierto;
canción del no querer
y estar sediento.

Canción del sí vendrás,
del no te tengo.





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