jueves, 26 de octubre de 2017

EN VERANO TODAS LAS CIUDADES APESTAN de MENNO WIGMAN (por Adolfo Soares Nogueira)





EN VERANO TODAS LAS CIUDADES APESTAN. 
ANTOLOGÍA POÉTICA

Menno Wigman

Ravenswood Books Editorial, 2017







Odio los veranos. El calor. Las aglomeraciones. La playa (no el mar). La gente, sobre todo la gente en verano; las personas. Detesto los veranos, y puede que lo haya hecho desde mi infancia, pero desde hace años se manifiesta con mayor virulencia. Los periodos de más calor los paso recluido en los cafés, leyendo, o soñando... con que llega el invierno.

Es justo antes del verano la época en la que cargándome de paciencia por lo que va a venir también voy haciendo acopio de libros para leerlos durante esos meses que se me hacen eternos. Uno de ellos me llamó tanto la atención que lo reservé para la semana de más calor del verano, y no me decepcionó: En verano todas las ciudades apestan.


El título del libro, una antología del neerlandés Menno Wigman, hace referencia al primer poemario del poeta, nacido en 1966 en Beverwijk y considerado el mejor de su generación,  traductor entre otros de Charles Baudelaire, Gérard de Nerval, Thomas Bernhard o Rilke.

La poesía de Wigman es de ese estilo que cala pronto, sin necesidad de tediosos preliminares: un verdadero chute de realidad.

Cuando cumples los treinta
habitan putas en tu cabeza.

Una hora de intenso placer
pesa mucho más que una palabra.


Traducido al inglés, francés, alemán, y ahora al español, como muchos poetas neerlandeses Wigman habla de su pequeño país, o de su tierra (en el sentido más primario), y lo hace con cierta aflicción, escasa pasión y con una visión hermosamente desabrida:

Qué suerte que Holanda no exista.
Sólo una tierra delgada de niebla y arcilla,
sólo millones de muertos sin lápida,
sólo el ultimátum del mar.
  

Para el poeta Eric Jan Harmens, Menno Wigman es «el dandy de la desilusión», y citando a su traductor al español, Antonio Cruz, «sus influencias literarias transitan por el légamo de poetas de una trascendencia irrepetible: el oscuro romanticismo de E. A. Poe; el simbolismo del siglo XIX y los decadentistas Laforgue, Lorrain, y por supuesto Baudelaire; los poètes maudits Verlaine, Rimbaud o Nerval; la temática de Rilke trasvasada al actual mundo postmoderno; el elemento neerlandés que halla su remedio más inmediato en Hendrik Marsman y en la amargura y postromanticismo de Slauerhoff».
            Al leer a Wigman percibimos la empatía con una persona que además es poeta, o de un poeta que es una persona como cualquiera de nosotros, que nos hace partícipes de sus vivencias, sentimientos y pensamientos.

La mitad de su vida la ha pasado borracho;
            la otra perdida en resacas.
Viernes. No se ha sentado a leer a Schopenhauer.


Su postmodernismo es palpable, inevitable para alguien que a pesar de encontrar la raíz de su poética en la época decimonónica y sus poetas vive la actualidad de forma intensa y como se afirma en la introducción haciendo uso de un postmodernismo que tiene «como finalidad la de entender y hacer entender los entresijos de la vida moderna, o al menos una parte de ésta». El consumismo y los templos en donde éste se fundamenta aparecen con frecuencia en sus poemas, y los elementos más básicos de la sociedad se convierten en protagonistas:


Las bibliotecas cerradas ya hace horas.
En el centro de la ciudad triunfa una calle.
Insomnio. Tres libros simplemente ojeados.
Está el televisor. Para contemplar cómo se consume.

Pues convierte al televisor en actor principal, que aparece en varios de sus poemas:

Para mí la naturaleza es un televisor roto.
Aquellos pájaros de allí: chachareando por todas partes
pero tampoco aquel paisaje me dice nada.


Y cómo no, ese absurdo sentimiento llamado amor, o el sexo, o el amor, en sus múltiples estadios:

Yo en su cama y ella saliendo de la ducha en este instante.
De la misma forma que camina, así desnuda se mueve por la casa,
así es como desde ahora transcurren los días.


Para mezclar lo más básico de la condición humana con seres abominables y sus execrables actos, como en este poema cuyo título es «HITLERMÜDE» («Harto de Hitler»):

Berlín. He follado y tomado una ducha.
Cuando de nuevo se ha deslizado el Holocausto en mi cabeza.
Contemplé mi polla y conté baldosas, blancas,
eran blancas, las conté y una bruma
de sofoco enturbió mi vista.

 
Tras mi primera lectura de nuevo volví a leer a Wigman semanas más tarde, y resultó ser un compañero idóneo para la pegajosa canícula y tratar de comprender el mundo, aunque todo resultó en vano. Seguí detestando el verano, y nada cambió, pero me ayudó a entender la vida desde el punto de vista de un postmodernista que piensa en clave decimonónica. Por suerte el verano ya ha pasado. Releeré a Wigman en otoño. 

Adolfo Soares Nogueira




ADOLFO SOARES NOGUEIRA (Lisboa, 1982) es licenciado en Lingüística por la Universidade de Lisboa y bachelor en Lengua y literatura portuguesa (Universiteit van Amsterdam). En 2007 vio la luz As coisas nāo têm significaçāo, en la tristemente desaparecida Edições Tabacaria, y en noviembre de 2017 aparecerá su libro de poemas Hay bastante metafísica en no pensar en nada (Ravenswood Books Editorial). Ha publicado poemas y artículos en revistas como QuadriláteroFolha de Poesia Contemporânea, Cuadernos de Humo y Ravenswood Magazine. Vive a caballo entre Madrid y Lisboa.   


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