jueves, 19 de octubre de 2017

LA PIEL MELAZA de SONIA ALDAMA (por José Antonio Olmedo)

“La piel melaza” de Sonia Aldama: 
resiliencia de la flor.




La piel melaza

Sonia Aldama

Ediciones Torremozas, 2017










Sonia Aldama Muñoz (Madrid, 1973) publica La piel melaza, su segundo poemario tras Cuarto solo (Aflora Libros, 2013), y lo hace bajo el sello Ediciones Torremozas, en su colección La Noctámbula. Si en su anterior obra la autora decidió como uno de sus ejes, la familia, y como simbólico baluarte de la luz y cuanto representa, las flores, en La piel melaza regresa a esa misma tesitura, pero la amplía. Aquí la dimensión humana abarca a lo social, también lo íntimo, y las flores forman ya jardines que son asolados por la incomprensión, la soledad o el paso del tiempo.


El cuerpo humano sigue siendo una geografía de la metáfora para la autora. No en vano, la piel, elemento corpóreo de extrema sensibilidad, además de protagonizar el título, es la frágil corteza que registra las heridas y es hollada por la tristeza y erosionada por el tiempo, suponiendo una analogía de la consciencia a través del tacto. 

El poemario se estructura en tres partes: “De tanto tiempo”, “Labios, ojos, vida y calma” y “De tantas hojas”. Cada una de estas partes se compone de diez poemas, su equilibrio estructural es simétrico, como también lo es su equilibrio pictórico. Dos ilustraciones esplenden en cada bloque, y hasta tres artistas plásticos se encargan de ilustrar este poemario: Javier Plata, Silvia Domínguez y Guadalupe Aldama; excepto Javier, ambas artistas ya trabajaron con Aldama en su anterior proyecto.
El libro también cuenta con un espléndido prólogo, el que firma Sara Medina, quien acierta al disertar sobre la morfología argumental e interpretaciones de la obra: Resistir ante tanto desamparo, ante tanta hostilidad, pero ¿cómo? / Arropados por la oscilante y apasionada certeza de la poesía. Es cierto que en el prólogo no se menciona la labor plástica de los ilustradores, y también es justo subrayar que las creaciones artísticas dialogan con los versos en equilibrada armonía. 

Ya sea evocando un recuerdo, describiendo o apelando, el tiempo en el que se expresa el hablante lírico —trasunto de la propia poeta— es el presente. Confesional y a través del monólogo en algunos poemas, la autora escoge un tono dialogístico general para apelar con su discurso a diferentes interlocutores. Con una cadencia en verso libre y blanco no exenta de ocasionales asonancias —el poema titulado “Ella” está escrito totalmente en rima asonante cruzada— y usos polimétricos, la autora otorga a la primera persona el enclave principal de los poemas; la segunda y tercera personas aparecen en contadas ocasiones, y la transparencia léxica de todas, unida a una rítmica y vital sintaxis, provoca la aparición del resplandor poético en la ruptura gramatical.

Es recurrente el uso de aposiciones sustantivas: labios lengua, pétalos espinas o caléndula guirnalda, son rasgos vigorosos de una conciencia poética encendida que va en busca de su propia gramática.
La constatación de un mundo en disenso consigo mismo: Cada emisario en sus vicios, unida al desencuentro social: prejuicios disfrazados / en deslenguada ofrenda, / desertores sin acento,  provocan la inquietud y el miedo en la inocencia de lo frágil, pero también su instinto de supervivencia: Sobre gotas metales / palpitan escombros / en muros desarraigados. / Y a veces, aun entonces, / sobre este acero / quema el vientre y regreso. De esta manera se culmina el poema titulado “Batalla”, un fiel exponente del carácter combativo que impregna a toda la obra.
El poema titulado “Te tengo bajo mi piel” (traducido del inglés que aparece en el libro) es un préstamo titular de una canción de Frank Sinatra. En él se narra de forma dulce una reconciliación provocada por un emotivo momento musical: […] Una canción resbala de tu boca / y nuestros labios ponen fin / a la melodía y al desamor.

En 276 versos, la poeta compone un manifiesto moral y psicológico de resistencia y daño. El desvelo y adoración por los seres queridos, la recepción del dolor por la percepción de la realidad, la metáfora carnal de lo inefable en lo erógeno del cuerpo; todo pensamiento o emoción es transferido al lector con precisa pulcritud, la brevedad de los poemas y su humildad lo hacen posible.

La mirada poética de Sonia Aldama madura en cada libro, y con ella, aumenta el estremecimiento y asombro del lector, pues este descubre que el mundo y todo cuanto nos hace humanos, olvida sus diferencias y consuena a través de la emoción, la orografía y accidentes de la tierra tienen su analogía en la morfología del cuerpo humano, al menos, así lo advierte y argumenta la poeta; toda verdad que es colocada ante el espejo es temblor, música y luz, como los poemas de esta herida piel melaza que construye su propio lenguaje en la cúspide del sentimiento, a través del amor.


José Antonio Olmedo López-Amor

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