jueves, 23 de noviembre de 2017

EL ALMA DORMIDA: LAPIDO Y LA POÉTICA DE MANRIQUE

 El alma dormida 

Os lo aseguro: no es fácil escribirle a un poeta, aunque éste sea eléctrico. No es fácil escribirle a alguien que entrega su vida a la travesía del desierto. Sé de lo que hablo porque en mi primer libro le dediqué un poema a José Ignacio Lapido, una conjunción de versos que resultó -ahora lo veo- en exceso pretenciosa. Desde entonces, decidí no volver a tentar a la suerte y dediqué mis esfuerzos poéticos a cuestiones más mundanas. Súbitamente, apostaté de mis precarios principios, dejé de codiciar la comunión “en el agnóstico recreo / de los dioses” y comencé la búsqueda de una voz propia, una voz que se pareciera un poco más a mí. Una vez más, el apellido Lapido se cruzaba en mi camino justo en el momento necesario: quién podría negarle al maestro el don de la oportunidad.

No entiendo de conjuros ni de brebajes extraordinarios, pero tengo la certeza de que cada cierto tiempo necesito del estímulo que me proporcionan algunos creadores para que no se me quede El alma dormida. De ahí que el octavo disco de Lapido me llegue con dos panes bajo el brazo: por una parte, mi pan nuestro de cada día que es ese rock acrisolado que supone el último refugio contemporáneo del verso y, por otro lado, el pan de los domingos que fue la portentosa aproximación manriqueña al tempus fugit, concepto del que nace la esencia del disco. “Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte / contemplando / como se pasa la vida / como se viene la muerte”. No en vano afirma mi amigo Juan Herrezuelo -escritor oriundo, como el propio Manrique, de Paredes de Nava (Palencia)- que, posiblemente, con las Coplas a la muerte de su padre Jorge Manrique escribió el mejor poema de la lírica castellana. No son cinco siglos pero, de forma parecida, Lapido lleva treinta y cinco años luchando contra el tiempo, treinta y cinco años blandiendo guitarras eléctricas que recitan poesía, treinta y cinco años desde que vio en el escaparate de la tienda que Manolo Dabán tenía en la Plaza de la Trinidad de Granada aquella Gibson SG que le sigue acompañando en cada uno de sus conciertos. 

Las letras primigenias de aquel Lapido de enorme tupé ya anticipaban la atmósfera de El alma dormida, una atmósfera enriquecida por sus vivencias personales tal y como aclara en una entrevista concedida a Dirtyrock: “Mi madre murió en septiembre del año pasado y alguna de las canciones que van en el disco las escribí después. Esas canciones comparten con las coplas manriqueñas la temática sobre la fugacidad del tiempo y la pérdida, por eso me pareció bien titular el disco con una frase de ese poema clásico”.

Yo, que fui joven cuando los dinosaurios dominaban la Tierra, buceo entre los paralelismos caprichosos, extemporáneos de estos dos orfebres del verso y disfruto pensando que si Manrique tuviera ahora los cincuenta y cinco tacos de Lapido también él le escribiría a los letreros luminosos que hay en medio del desierto, a los moteros de la Atapuerca del Sur, al rocker de Orce o a los estúpidos que seguimos cuidando rosas tan sólo para merecer sus espinas; disfruto pensando qué hubiese sido de Manrique si no hubiera muerto a los treinta y nueve años víctima de una emboscada en las proximidades del castillo de Garcimuñoz; si su espíritu de poeta eterno reposase en Liverpool en vez de en el monasterio de Uclés bajo una lápida perdida en la que aparecía la leyenda “aquí yace Jorge Manrique, el de las coplas”; si hubiese podido hospedarse en el Chelsea de Nueva York o asistir al mítico concierto de Los Cero en Maracena; si su tiempo no se le hubiese derretido entre versos y batallas con la misma rapidez que se derriten los hielos en un vaso de ginebra. Y me consuela pensar que, afortunadamente, el olvido no es un sepulturero de confianza y que sus coplas, muy de cuando en cuando, me siguen sorprendiendo a la vuelta de una esquina, en el periódico que uno hojea mientras charla con su barman de confianza, en un ajado libro de la EGB, o en el nuevo disco de un poeta eléctrico que nos aconseja tener mucho cuidado.

Os lo aseguro: es cierto: tempus fugit. Uno lleva en el tintero a José Ignacio Lapido desde aquellos primeros Ladridos del perro mágico (Producciones Peligrosas, 1999). Dieciocho años de producción en solitario me parecen un tiempo más que suficiente como para confirmar la coherencia estilística y temática de un artista de amplio recorrido que conserva, entre la mediocridad circundante, el hálito de constancia necesario para seguir escribiendo temas emocionantes y emocionados, temas que seguiremos coreando su irreductible grupo de incondicionales porque el próximo 25 de noviembre, en la sala REM de Murcia, comienza la nueva gira del músico granadino en la que estará acompañado por su banda habitual: Víctor Sánchez, Raúl Bernal y Popi González. A ellos se sumará, en esta ocasión, Jacinto Ríos, otro de los legendarios resucitados del dos mil dieciséis.

Insisto: no es fácil escribirle a un poeta: por eso me detengo para tomar aire: me sirvo un Jack Daniel´s: pongo el disco y me fijo en la portada de El alma dormida. En la imagen de Salvador Serrano, veo a un Lapido que cruza el desierto de Rodalquilar como quien está acostumbrado a pisar las arenas movedizas; veo a un hombre de negro que avanza firme entre las pitas caprichosas que ha dibujado el viento de levante; un hombre que no tuerce el gesto ante la vecindad de las piedras volcánicas que endurecen los perfiles del Cabo de Gata; un hombre que surca, aferrado a la escasa memoria literaria de nuestra tierra, los mismos renglones que antes anduvieron Juan Goytisolo y Javier Egea en soledad; un hombre que viene de lejos como de lejos vienen los versos que escribió hace poco más de cinco siglos el mismísimo Jorge Manrique: 

cuán presto se va el placer, 
cómo, después de acordado, 
da dolor; cómo, a nuestro parecer, 
cualquiera tiempo pasado, 
fue mejor.


José Luis Martínez Clares

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