jueves, 2 de noviembre de 2017

FORMAS DE LA NIEBLA de MIGUEL ÁNGEL MANZANAS (por María Jesús Nafría Fernández)


CANTO AL EROTISMO Y LA NOSTALGIA






Formas de la niebla
Miguel Ángel Manzanas

Editorial Adeshoras, 
Madrid, 2017







Abrir un viejo libro de poemas, rozar sus páginas con los dedos, reencontrar antiguas estructuras, antiguos versos. Pero no, no se trata de ningún poeta maldito de siglos pasados. El libro que sostengo entre mis manos es el último poemario de Miguel Ángel Manzanas (Madrid, 1980), titulado Formas de la niebla y publicado por la elegante editorial Adeshoras. Manzanas cuenta en su carrera literaria con varios premios nacionales e internacionales, entre los que destaca el Premio de Poesía Federico García Lorca por Viviendo de reojo (Universidad de Granada, 2004). También ha publicado los poemarios Divino diván (Ayuntamiento de Zaragoza, 2005, volumen compartido) y Cuaderno de paseo (Ediciones Vitruvio, 2012). En su faceta de traductor de textos en portugués, cabe destacar la saga de poetas semiolvidados que viene apareciendo en la sección digital de la Revista Turia, así como el Diario del último año de Florbela Espanca y el Sermón de San Antonio a los peces del Padre António Vieira.


El recuerdo de un pasado añorado inunda los versos del poemario, a través de un tono en ocasiones pesimista y lóbrego. El poeta nos adentra en las calles nocturnas de ciudades que antaño se alzaban gloriosas. El miedo a la muerte y el valor para enfrentarse a ella como un equilibrista que no debe mirar más que al frente es la sensación que se desprende de sus poemas, y en esa decadencia encontramos secretos, pasiones ocultas, paseos por rincones decadentes.

Funámbulo infeliz, no me conoces,
tal vez ante tus ojos sólo sea
otro lunar humano,
otra mota de polvo
afanosa de vísceras.
Pero no.
Yo también
llevo impreso el estigma de tu causa,
yo también he vagado por los filos
de los negros inviernos,
he perseguido siempre
la rosa elemental:
apenas una vez pude rozarla,
pero fue suficiente recompensa.

La obra se encuentra estructurada en dieciséis cantos, lo que responde a un meticuloso trabajo de elaboración. Si hay algo que se pueda destacar de Manzanas es su dedicación al escoger la palabra precisa, el verso exacto, la forma perfecta.  El poeta crea un alter ego, un yo ficcional que se dirige al lector mediante confesiones personales, jugando con ciertas formas que nos recuerdan a las vanguardias. El entorno urbano, la presencia de la noche –mucho mayor que la del día– o la frágil frontera entre la vida y la muerte son algunos de los tópicos que circulan por las páginas de esta obra y que representan el corpus del poeta.

Aunque, como hemos comentado anteriormente, podríamos pensar que se trata de un universo ficcional, existen numerosos recursos que nos acercan a un tiempo y un espacio concretos. En el Canto Quinto, por ejemplo, la acción ocurre el viernes, siempre los viernes, a las tres de la tarde, en un lugar indefinido que sin embargo es descrito:

Los viernes. Siempre los viernes.
[…]
Solamente los viernes. A las tres de la tarde.
[…]
Son apenas tres tramos de escalera,
treinta y nueve peldaños que fusionan
el más hondo subsuelo
con la luz decisoria.

Y es allí donde la vida nace, si bien acaba por convertirse en un espacio al que, como almas en pena, se llega en busca del auxilio de un amor desesperado.

Las fronteras entre el espacio y el tiempo se funden. En el Canto Séptimo nos adentramos en la mente del poeta: viajamos hasta Lisboa, una ciudad imperecedera, tallada en piedra, esperanzadora, humilde. La turbia noche urbana, sin embargo, es la constante del Canto Octavo, con el olor a deseo y a vino, la música tenue y un lema:

la victoria es el sí,
la bandera que ondea.
Ejercer es morir.
Consumar es el llanto.

Y no podemos olvidarnos del lugar en el que todo se detiene. En sus versos se encuentra la presencia de la muerte, que persigue al equilibrista, a quien le sugiere que no la tema; a la muchacha que finge leer en un parque y a la que rodea un oscuro hado; a todos los hombres:

Quiso el hombre vivir.
Y todo fue matarse.

Y a pesar de toda la lujuria, la oscuridad, la multitud en las calles, las amantes perdidas, el poeta es vencido, en una noche de octubre, en el Canto Sexto. Vence o es vencido, apuesta por el futuro (que reine la pausa), e intuimos un atisbo de felicidad en sus palabras. Hay que reinventar el amor, como predijo Rimbaud en Una temporada en el infierno.

Y tras el tiempo, el espacio, la muerte o el amor, volvemos al origen de todo: la literatura misma. Como poeta metódico que se nos ha desvelado no podría dejar de ofrecernos una reflexión acerca de la poesía: Historia circular de la poesía. Tiempo, palabra, vino, musa, rima. Aunque todo esté inventado, todo esté escrito, siempre queda una opción, nos indica Manzanas: solo queda ser fieles al canto primigenio.


Como adelantamos unas líneas antes, Formas de la niebla es el resultado de un elaborado trabajo de selección de formas y contenidos precisos. La forma en sí misma es un elemento esencial. Lo encontramos en el título, sí, pero también en el aspecto estructural. Si algo me llamó la atención al leer el libro fue la intencionada distinción del Canto Primero y Último, publicados en cursiva, y de los que se desprende la presencia una voz omnisciente, una suerte de coro de las tragedias griegas. El poeta, a lo largo de los dieciséis cantos del libro, hace análisis del pasado desde una perspectiva apesadumbrada quizás, incluso derrotada en ocasiones; su visión, en todo caso, es la visión de alguien que ha vivido lo suficiente como para conocer la miseria de la humanidad, una humanidad en la que se deja confundir esperando la llegada, cualquier llegada, rememorando la música, la luz y la palabra.


María Jesús Nafría Fernández

 Licenciada en Filología Hispánica, 
con Máster en Estudios Literarios.

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