martes, 28 de noviembre de 2017

HOY FIRMA: DIANA IVIZATE: "OSCAR WILDE: EXPERIENCIA VITAL, HOMOSEXUALIDAD Y CONFLICTO ÉTICO"




Por su condición homosexual era difícil que Wilde encajara en los convencionalismos morales de la época victoriana. Richard Ellmann fue el primero en relacionar la sexualidad de Wilde con su creatividad, y Neil McKenna la entendería como una osadía, un ejemplo más bien épico, en la defensa de los derechos de los homosexuales. En su libro Studying Oscar Wilde. History, Criticism, & Myth, Josephine Guy and Ian Small trazan un recorrido crítico por las distintas biografías que se han escrito sobre Oscar Wilde, destacando la de Ellmann como la más completa y la de McKenna como referencia gráfica del comportamiento sexual de Wilde:


A algunos les sorprenderá saber que no existe ningún relato fiable sobre la vida sexual de Oscar Wilde. La biografía de Ellmann puede atribuirse con todo derecho el mérito de ser el primer estudio académico en presentar esa sexualidad bajo una luz positiva –es decir, verla inextricablemente ligada a la creatividad de Wilde. (Guy & Small 21)[1]


McKenna no desafía la premisa básica del libro de Ellmann porque coincide con éste en ver la personalidad y la creatividad de Wilde definidas por su sexualidad. McKenna entiende la búsqueda inhibida del deseo en Wilde en términos casi heroicos, como la de un “bravo paladín” que exhibía un compromiso “de valentía” con “la Causa” de los derechos de los homosexuales. Para este autor, Wilde era miembro de “una moderna Banda de Tebas, compuesta por guerreros y amantes, deseosos y preparados para aceptar la muerte antes que rendirse” […] (Guy & Small 25)[2]

La homosexualidad habría sido para Wilde un conflicto moral si el autor no hubiese tenido su propia ética donde afianzarse. Aún así, no pudo ser inmune a los prejuicios sociales y hubo de defenderse tanto consciente como inconscientemente en numerosas ocasiones:

Por la época en que llegó a Oxford  Wilde había empezado a experimentar en su interior un vago sentimiento, difícil de definir, de afecto y atracción hacia los hombres jóvenes. Pero le resultaba difícil aislar, definir o articular esos leves indicios emocionales. Todo lo que sabía era que, con el tiempo, fueron definiéndose lentamente, de modo casi imperceptible, como los primeros débiles aleteos de algo parecido al amor.[3]
Cómo y cuándo comenzó este proceso largo y a veces doloroso es imposible de saber, pero muy bien pudo haber sido cuando Oscar tenía dieciséis años –en el momento de su “despertar sexual”, le comentó a su amigo, el periodista, escritor y célebre donjuán, Frank Harris- y estaba a punto de abandonar Portora Royal School, […] Muchos años más tarde, Oscar admitió haber tenido algunas “amistades sentimentales” con chicos en Portora, una de las cuales le impresionó significativamente. “Hubo un chico, y un incidente peculiar”, le dijo a Frank Harris hacia el final de su vida. Oscar había trabado amistad con un chico que era uno o dos años menor que él. “Éramos grandes amigos”, dijo. “Solíamos hacer largas caminatas juntos y yo le hablaba interminablemente”. (McKenna 4)[4]

Por muy libre que se manifestara Wilde en su vida sexual, hubo momentos que tuvo que ir necesariamente “contra natura”. De esta manera presenta McKenna el hecho de su matrimonio con Constance, en el capítulo de su biografía titulado Against Nature:

Durante su luna de miel en París, Oscar le escribió una carta a un amigo en Nueva York, la cual llegó de algún modo a las páginas del New York Times. En lo que el periódico llamó “una ridícula y característica carta”, Oscar declaraba que “no le había decepcionado la vida matrimonial”. Es casi seguro que Oscar escribiera esa carta un día o dos después de su noche de bodas con Constance, lo que hace obvio su verdadero significado. Lo que Oscar quería decir con “vida matrimonial” es lo que Marie Stopes llamaría más tarde “amor matrimonial” o sexo en el matrimonio. En el intervalo entre la ceremonia nupcial y la redacción de esta carta a su amigo en Nueva York, el único aspecto de la vida matrimonial que Oscar había tenido tiempo de experimentar era el deleite sexual. Su carta era, evidentemente, un suspiro epistolar de alivio y traicionaba los verdaderos temores que él había tenido de que el aspecto sexual del matrimonio resultara un verdadero anti-climax.
Afortunadamente, el sexo había funcionado bien en la noche de bodas, según le dijo Oscar encantado a su amigo Robert Sherard la mañana siguiente. Sherard había pasado a felicitar a los recién casados en el Hotel Wagram, de la Rue de Rivoli, donde el señor y la señora Wilde ocupaban una suite, compuesta de varias habitaciones en el tercer piso, con vistas a los Jardines de las Tuileries. Sherard se había mantenido escéptico con respecto a ese matrimonio, creyendo que Oscar era incapaz de hacer feliz a ninguna mujer.
Oscar sugirió que salieran a caminar, y dejando a Constance en el hotel, dieron un paseo por el Marché St Honoré, Sherard recuerda que “Oscar se detuvo y desvalijó un puesto de flores de sus más lindos ejemplares y los envió, con unas palabras de amor en su tarjeta, a la novia que había dejado unos minutos antes”. Lo que Sherard no incluyó en su versión pública de aquel paseo fue cómo, mientras estaban parados frente al puesto de flores, Oscar no pudo esperar más para explayarse sobre los placeres sexuales de su noche de boda con Constance y empezó: “Es tan maravilloso cuando una virgen joven…” Un avergonzado Sherard le interrumpió rápidamente. “No, Oscar”, le dijo. “No puedes hablarme de eso a mí. Ça, c’est sacré”.[5] (McKenna 53)

El matrimonio de Oscar y Constance se realizó por amor, pero, más allá de ese amor, el hecho de justificar una buena actuación en el plano sexual en la noche de bodas nos remite al prejuicio social contra la homosexualidad, del cual Wilde parece estarse defendiendo en esta carta, aunque de modo inconsciente. Es necesario comprender esta situación teniendo en cuenta el contexto de la época. Si se leen las declaraciones presentadas en los juicios a los que tuvo que someterse Wilde para defender su honorabilidad, tras haber sido acusado de “sodomita”, entonces puede medirse el carácter indigno con que era mirada la homosexualidad en aquel tiempo:

Edward Clarke: Con la venia de su señoría, señores del jurado, acaban de oír que la acusación contra el demandado es que publicó una malintencionada calumnia en relación con Oscar Wilde. Esta calumnia se publicó en forma de una tarjeta que lord Queensberry dejó en el club al que pertenece el señor Oscar Wilde. Era una tarjeta de visita de lord Queensberry con su nombre impreso, en la que había escrito las palabras: «Para Oscar Wilde, que alardea de sodomita», y a raíz de la calumnia expresada en esa tarjeta se han presentado cargos contra el demandado.
Ahora bien, caballeros, se trata sin duda de un asunto de grave trascendencia que la palabra que lord Queensberry había escrito en esa tarjeta estuviera relacionada con el nombre de un caballero que ha alcanzado una gran reputación en este país. No se trata de que le acuse de ello, el más grave de todos los delitos –de hecho, «alardea de sodomita» parece sugerir que no es culpable de tal delito-, sino que, de una u otra manera, la persona acerca de quien se han escrito esas palabras aparece… no, se desea que aparezca, como una persona culpable de o inclinada a cometer el más grave de todos los delitos; y la publicación de tal afirmación, el hecho de dejar esa tarjeta al portero de un club, es un acto muy serio, que probablemente afecte gravemente a la reputación y posición de la persona acerca de quien se hace tal injuriosa insinuación. (Holland 71)




Sin embargo, una enorme disociación parecía existir entre lo que al respecto de la sodomía pregonaba la ley y el código de valores con el que convivían los jóvenes adolescentes en las escuelas públicas de la época victoriana[6]. Nos referimos a un código que estaba fuera de control, o, al menos, eso es lo que revelan los testimonios presentados por McKenna en su biografía de Oscar Wilde:

Como toda escuela pública victoriana, Winchester era un antro de intensa actividad sexual entre chicos –generalmente, pero no siempre, entre chicos mayores y chicos más jóvenes. El problema del sexo entre los chicos de los internados, al cual se hacía referencia invariablemente como “inmoralidad”, era bien conocido, habiendo sido debatido desde 1830 en la Revista Trimestral de Educación (Quaterly Journal of Education). John Addington Symonds narró cómo él estaba “lleno de repugnancia y aversión” ante el vergonzoso “estado moral” de Harrow donde se hallaba como alumno a la edad de 13 años, y donde el hermano de Bosie, Francis, había sido también enviado a escolarizarse:

Todos los chicos guapos tenían un nombre femenino, y eran reconocidos ya fuera como prostituta pública o como la “puta” de un tipo más fuerte. Puta era la palabra de uso común para referirse a un chico que pertenecía a un amante. La forma de hablar en los dormitorios y en los estudios era increíblemente obscena. Aquí y allá uno no podía evitar ver actos de onanismo, masturbación mutua, actos sexuales de los chicos desnudos en la cama. No había refinamiento ni sentimiento, ni pasión; nada excepto lujuria animal en aquellas acciones.[7] (McKenna 152)

Este estado de cosas en la Iglaterra decimonónica, de severa moralidad alternando con el absoluto descontrol en los centros educativos, puede ayudar a comprender por qué el comportamiento libre y natural de Wilde con respecto a su homosexualidad le conduciría a la cárcel. Sus reflexiones sobre el hecho en sí, y más ampliamente sobre la trayectoria recorrida en su vida profesional y privada, pueden hallarse en el texto De profundis, que analizaremos a continuación.


De profundis: el dolor como nuevo arquetipo del arte

De profundis constituye un documento del deshago personal de Wilde sobre su vida en el presidio. Además de estar escrito en forma de carta, este libro contiene pronunciamientos amorosos, religiosos, éticos y estéticos nunca antes expuestos de una manera tan directa por su autor.
Antes de la prisión, su estética admitía la existencia de varios yoes en cada personaje literario. Tras el proceso carcelario, podemos decir que su ética siguió aceptando esa multiplicidad, pero vista entonces como un modo de crecimiento personal. Declan Kiberd había dicho de Wilde que “fue el primer gran artista que desacreditó la idea romántica de la sinceridad y la reemplazó por el imperativo más oscuro de la autenticidad: vio que al ser fiel a un único yo, un hombre sincero podía ser falso con media docena de otros yoes[8].”

Para su época y para su entorno, Oscar Wilde era un ser excéntrico en muchos sentidos. Una excentricidad que, con el tiempo, lo desvelaría como un artista revolucionario. No sólo sus puntos de vista sobre la estética, su vida en consecuencia con una imagen artística y su forma de amar y pensar como los griegos antiguos le dotaban de un aura especial. Otras claves para entender su llamativa personalidad, y su impacto en la vida artística de su tiempo, nos las da Colm Tóibín:

Al igual que su homosexualidad, el hecho de ser irlandés lo condenó a ser un extraño en Oxford y Londres, pero la mayor parte del tiempo de forma invisible y ambigua. La clase alta inglesa sobre la que escribía en sus obras de ficción y de teatro, como comenta Kart Miller, era “una clase convertida en exótica y erótica por un extraño”[9]. (Tóibín 11)

Toíbín señala que en 1895 Wilde iba más bien a la deriva, empujado por su vida. El camino para llegar a la escritura de De profundis empieza en ese año. Una serie de acciones que chocaban con los principios y convencionalismos sociales ingleses, le llevarían casi absurdamente a la cárcel. Si cabe ponerle fecha a ese proceso de auto-destrucción, o más bien buscar las causas de su aceleración, deberemos situarnos en enero de 1895 y en la narración que realiza Toíbín del viaje de Wilde a Argelia:

A principios de enero, Wilde se dejó convencer por su amante lord Alfred Douglas de que le acompañara a Argelia, aunque él, en realidad, deseaba quedarse para supervisar los ensayos de su nueva obra de teatro. Como atestiguó André Gide, que los conoció en Argel, su estancia en Argelia fue interesante. Los tres experimentaron placeres y libertades que no se encontraban de forma tan fácil ni barata en Londres o París. (Toíbín 15-16)
[…]
Wilde escribió a su amigo Robert Ross acerca de las alegrías del hachís y los hermosos muchachos: “fuimos de excursión a las montañas de Cabilia, llenas de pueblos habitados por faunos. Varios pastores tocaron flautas de junco para nosotros […]” (Toibín 16)

La severidad de los principios bajo los que vivían en Londres Douglas y Wilde no pudo menos que resquebrajarse en aquel viaje, el cual fue una experiencia más del amor libre, pero en tierras exóticas, donde lo condenado parecía inocente, donde sólo había que tomar y disfrutar de la naturaleza. Ciertamente, dependía de la moral de cada sociedad, de la cultura y del llamado grado de civilización, lo que se entendiera como el bien y el mal. Y, por supuesto, de la época. Respecto de esta última, coincidimos plenamente con Toíbín cuando dice: “Cien años después, su actitud se habría entendido perfectamente como derivada de una mezcla de jet lag y fama disparatada. En 1895 no existían esas ideas, ni los términos para describirlas.” (Toíbín 18)

El 28 de febrero de 1895, Wilde recibió una tarjeta en el club Albemarle, del que era socio, que cambió el curso de su vida. Era una tarjeta de visita de lord Queensberry con su nombre impreso, en la que había escrito las palabras: “Para Oscar Wilde, que alardea de sodomita”. Este sería el desencadenante de su entrada en prisión, pues pasó de demandar a Queensberry, a ser demandado por éste y, como relatan los testimonios del juicio, terminó siendo condenado debido a las pruebas y las confesiones de algunos testigos[10].

Estos son los antecedentes de la larga carta que consituye De profundis. En ella encontraremos una ardua descripción de Wilde sobre su vida y los errores cometidos; sobre su filosofía, su estética y su ética. Como bien dice Toíbín, la carta revela “un sentido de la urgencia, de la necesidad de decir cosas recién entendidas porque tal vez no habrá tiempo u ocasión de decirlas en el futuro.” (Toíbín 26-27) Visto así, es comprensible que Wilde realizara un alegato sobre su filosofía de vida, y el impacto de su arte en la sociedad:

Los dioses me habían dado casi todo. Tenía genio, un nombre distinguido, una elevada posición social, brillantez y osadía intelectual: hice del arte una filosofía y de la filosofía un arte, cambié la forma de pensar de la gente y el color de las cosas, no había nada que yo dijera que no causara pasmo. Tomé el teatro, la forma más objetiva que conoce el arte, y lo convertí en una forma de expresión tan personal como la lírica o el soneto, al mismo tiempo que ampliaba su alcance y enriquecía su caracterización. El teatro, la novela, el poema rimado o en prosa, los diálogos sutiles o absurdos, todo lo que tocaba lo embellecía con una nueva forma de belleza: hice que la verdad influyera tanto lo verdadero como lo falso, y demostré que lo falso y lo verdadero son meras formas de existencia intelectual. Traté el arte como la realidad suprema y la vida como un mero modo de ficción […] (Wilde, De profundis y otros escritos de la cárcel 161-162)



Diana María Ivizate González



Nota: Este capítulo pertenece al libro Lo bello y lo ético en la obra de Oscar Wilde. Madrid, Editorial Verbum, 2017. 






[1] Texto original: It may come as a surprise to some to learn that there is no single nor reliable story of Wilde’s sexual life. Ellmann’s biography can rightly lay claim to be the first academic study to present that sexuality in a positive light –that is, to see it as being inextricably linked to Wilde’s creativity. (Guy & Small 21)

[2] Texto original: McKenna does not challenge the basic premise of Ellmann’s book in that he too sees Wilde’s personality and creativity defined by his sexuality. He understands Wilde’s uninhibited pursuit of his desire in quasi-heroic terms, as that of a “brave champion” who exhibited a “courageous” commitment to ‘“the Cause,”’ one of gay rights. For McKenna, Wilde was a member of a “modern day Theban Band [of] warriors and lovers willing and prepared to embrace death rather than surrender” […] (Guy & Small 25)

[3] Texto original: By the time he arrived in Oxford he had almost certainly begun to experience within himself some vague, hard-to-pin-down feelings of warmth and attraction towards young men. But it was hard for him to isolate, define or articulate these faint emotional stirrings. All he knew was that, as time went by, they slowly, almost imperceptibly, resolved themselves into the first weak flutterings of something very like love. (McKenna 4)

[4] Texto original: How and when this long and sometimes painful process started is impossible to know, but it could well have begun when Oscar was sixteen –the time of his ‘sex-awakening’, he told his friend, the journalist, writer and celebrated womaniser, Frank Harris- and was about to leave Portora Royal School, […] Many years later, Oscar admitted that he had some ‘sentimental friendships’ with boys at Portora, one of which struck him as particularly significant. ‘There was one boy, and one peculiar incident,’ he told Frank Harris towards the end of his life. Oscar had been very friendly with a boy who was a year or two younger. ‘We were great friends,’ he said. ‘We used to take long walks together and I talked to him interminably.’ (McKenna 4)

[5] Texto original: On honeymoon in Paris, Oscar wrote a letter to a friend in New York which somehow found its way into the pages of the New York Times. In what the newspaper called ‘a silly and thoroughly characteristic letter’, Oscar declared that ‘he has not been disappointed in married life’. Oscar almost certainly wrote the letter within a day or two of his wedding night with Constance, which makes the real meaning of his letter plain. What Oscar really meant by ‘married life’ was what Marie Stopes was later to call ‘married love’, or sex in marriage. In the interval between his marriage ceremony and writing to his friend in New York, the only aspect of married life that Oscar had had time to experience was its sexual delights. His letter was evidently an epistolary sigh of relief and betrayed the very real fears he had had that the sexual side of marriage might prove to be in every sense an anti-climax.
Fortunately, the wedding night sex had worked out well, as a delighted Oscar told Robert Sherard the morning after the night before. Sherard had called to congratulate the newly-weds at the Hotel Wagram on the Rue de Rivoli, where Mr and Mrs Wilde had a suite of rooms on the third floor overlooking the Tuileries Gardens. Sherard had been sceptical about the marriage from the outset, believing Oscar incapable of making any woman happy.
Oscar suggested a walk and, leaving Constance behind in the hotel, they strolled towards the Marché St Honoré where, Sherard recalled, Oscar ‘stopped and rifled a flower stall of its loveliest blossoms and sent them, with a word of love on his card, to the bride whom he had quitted but a moment before’. What Sherard left out of his published account of this walk was how, as they stood in front of the flower stall, Oscar could not wait to expatiate on the joys of his wedding night sex with Constance and began: ‘It’s so wonderful when a young virgin…’ An embarrassed Sherard hurriedly interrupted. ‘No, Oscar,’ he said. ‘You mustn’t talk about that to me. Ça, c’est sacré.’ (McKenna 53)


[6] En el capítulo de su biografía titulado Sodomía espiritualizada (Spiritualised sodomy), Neil McKenna revelará lo que considera una defensa espiritual de Wilde de la homosexualidad.

[7] Texto original: Like every Victorian public school, Winchester was a den of intense sexual activity between boys –usually, but not always, between older boys and younger boys. The problem of sex between boys in boarding schools, invariably referred to as ‘immorality’, was well known, having been discussed as early as the 1830s in the Quarterly Journal of Education. John Addington Symonds wrote how he was ‘filled with disgust and loathing’ at the appalling ‘moral state’ of Harrow where he found himself a pupil at the age of thirteen, and where Bosie’s brother, Francis, had also been sent to be schooled:

Every boy of good looks had a female name, and was recognised either as a public prostitute or as some bigger fellow’s ‘bitch’. Bitch was the word in common usage to indicate a boy who yielded his person to a lover. The talk in the dormitories and studies was incredibly obscene. Here and there one could not avoid seeing acts of onanism, mutual masturbation, the sports of naked boys in bed together. There was no refinement, no sentiment, no passion; nothing but animal lust in these occurrences. (McKenna 152)

[8] Citado por Colm Tóibín en su “Introducción” al libro Oscar Wilde, De profundis y otros escritos de la cárcel. Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2013, p. 11.

[9] Ibíd., p. 12

[10] Véase: Merlin Holland, El marqués y el sodomita. Oscar Wilde ante la justicia. Barcelona, Papel de liar, 2008.




Diana María Ivizate González (Cuba, 1972) doctora por la Universidad Politécnica de Valencia y licenciada en Filología Inglesa, es profesora asociada del Dpto. de Lingüística Aplicada de la Universidad Politécnica de Valencia (EPS Gandía). Poeta y ensayista, ha centrado su labor investigadora en los estudios de género, pedagogía y lingüística. Entre sus libros podemos destacar: Virginia Woolf. La experiencia como cuerpo, lenguaje y conciencia (2013); La esencia de Eva o el universo de lo femenino (2000); y sus poemarios: Mis métodos de amar (2016); Desdémona regresa (2015); Yo te he querido en sueños (2014); y Paisajes de mujer / Womanlands (2010).


Ha publicado además diversos artículos, entre los que se incluyen: “Signos e intertextualidad: el pensamiento de Ortega en la escritura lezamiana” (2016); “Trasfondo filosófico e intertextualidad en El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde” (2015); y “La pedagogía de Bertrand Russell (2012)”.

No hay comentarios: