domingo, 19 de noviembre de 2017

LITERATURA Y CINE: EL EDITOR DE LIBROS (por Noelia Illán)


GENIUS


Hace un año una compañera me recomendaba “El editor de libros”, y lo hacía como “no está mal; el protagonista, genial. La historia, un poco sosa…”. No puedo quitarle la razón porque, si la película te deja algo, es frío. Y no frío porque la historia no tenga su “aquel”; te deja frío porque para mi gusto le falta pasión a la hora de contarla. Y por lo que leo en varias críticas, no es esta opinión mía exclusivamente. De lo que podría haber sido una obra maestra, emocionante, potente y brutal, tenemos una película más bien lineal, que no arriesga, mesurada…, y eso que la vida de ambos protagonistas lo tenía todo para ese resultado que yo esperaba.

La historia es la siguiente: el editor Maxwell Perkins, descubridor de autores como F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, apuesta por Thomas Wolfe, un escritor de gran talento pero rechazado por todas las editoriales, al que le publica su primera novela, “El ángel que nos mira”, en 1929. 


Perkins

En vísperas de la Gran Depresión, Perkins dedicará miles de horas a pulir la extensa prosa de Wolfe (que escribe compulsivamente en miles de hojas), y a lo largo de los años se entablará una profunda amistad entre ambos (además de convertirse Max en el  guía que evita el “descarrilamiento” del autor en varias ocasiones). La película -titulada “Genius” en inglés”- está basada en el libro que ganó el Premio Nacional del Libro en 1978, “Max Perkins: Editor of Genius” de A. Scott Berg.

Wolfe
“El editor de libros” (2016) fue dirigida Michael Grandage, importante director de teatro y ópera, pero que hasta ahora no había dado el salto al cine. Afirmó en cuanto a este cambio de escenario que “sólo puedes mantenerte ágil como una empresa si no haces lo mismo cada vez y entras en una rutina que trae consigo un nivel de expectativa de la audiencia y de la crítica”, y reconoció que los directores Sam Mendes y Kenneth Branagh le ayudaron en este cambio de faceta. ¿Por qué este biopic? “Hasta que apareció Perkins, los editores trabajaban de forma mecánica, se limitaban a corregir ortografía y puntuación”, explicaba Grandage. “Él, en cambio, siempre trabajó estrechamente con los autores para perfilar sus obras y ayudarles a alcanzar el mayor número posible de lectores”.

La película también contó con el guionista John Logan, conocido por cintas como “Gladiator”, que adaptó la novela de Berg a la gran pantalla. Entre los actores, Colin Firth como Maxwell Perkins, Jude Law como Thomas Wolfe (ya había trabajado con el director en “Hamlet” y “Henry V”), Nicole Kidman como Aline Bernstein (amante de Wolfe), Dominic West como Ernest Hemingway, Guy Pearce como F. Scott Fitzgerald, Laura Linney como Louise Saunders (esposa de Perkins) y Vanessa Kirby como Zelda Fitzgerald.

El tratamiento de los personajes, por otro lado, resulta bastante medido, ya que aparecen más planos de lo que a priori se podría esperar, casi como un simple muestrario, fugaces en muchas ocasiones o contenidos en sus actos: el editor, tan generoso y paciente en exceso, con su gorro a lo años20-pelidecinenegro todo el tiempo (y que sólo se quita al final, cuando por primera vez lo vemos “sentir” algo); Aline Bernstein, interpretada por Kidman, que resulta insoportable a veces, pero no tantas como podría; la esposa del editor, renegada y con un papel terciario; el fracasado y lastimero Scott Fitzgerald (Guy Pearce)… Sólo destacan en este sentido dos personajes: un fugaz Hemingway (Dominic West, que recrea la famosa fotografía de pesca en Febrero de 1935) y el propio Wolfe, más loco por la vida que por escribir. En resumen, un tratamiento de los personajes lleno de mesura y sin apenas viveza: correcto, pero sin pasión, y al que se le podría haber sacado más provecho. Tampoco se cuentan los detalles de la relación tormentosa que mantuvo con Aline Bernstein durante siete años, salvo pinceladas, ni tiene apenas relevancia la familia de Perkins (y lo poco que aparecen las hijas y la mujer está bastante lejos de lo que fue esa relación en realidad).

Algo más se espera, sobre todo, de Thomas Wolfe, teniendo en cuenta lo que supuso su figura en las letras norteamericanas durante la primera mitad del pasado siglo. A veces resultará casi exaltado, sobreactuado e histriónico, pero quizá es el único que transmite algo al espectador. El mismo Faulkner (tres años mayor que él) señaló siempre su deuda con Wolfe por ser él mismo una “magnífica encarnación de ese sueño todopoderoso”. Sí vemos en la película esos aspectos de su carácter que tan bien marcaron su obra: cierto romanticismo nacional de la época y la pasión por los viajes, o la muerte y el destino como grandes preocupaciones para el autor. Un acierto es usar como recurso narrativo la voz en off mediante la cual se narran fragmentos de la novela de Wolfe.

Otro personaje que no decepciona (y perdonen, pero ella es un personaje más) es la ciudad de Nueva York, que siempre dará un halo especial allí donde aparece: el vapor de las alcantarillas, los coches, el bullicio de la vida, los trenes, los locales de jazz…, al mismo tiempo que aquí nos encontramos con una Nueva York a las puertas del crack, con vagabundos en las calles, desempleados y demás signos de la depresión. La fotografía y el juego de luces también ayudan a crear esa imagen de la ciudad.


Thomas Wolfe se murió a los 38 años. El 12 de agosto de 1938, algo más de un mes antes de morir (aquejado primero de una neumonía y más tarde de una tuberculosis), Thomas Wolfe escribió la que sería su última carta: "He visto al hombre oscuro muy de cerca, y no creo haber sentido demasiado miedo, pero gran parte de la mortalidad todavía está aferrada a mí". Esta carta la dirigía a su editor, con quien hacía tres años que no había vuelto a cruzar palabra. Quizá en sólo ese gesto ya radica la importancia de la relación de amistad que existía entre ellos.

Al final, el filme nos hace reflexionar ligeramente sobre la labor del editor (y quizá era ésta la pretensión del autor). ¿Cuánto de tijera tiene lo que leemos en su edición en papel? ¿Debe una obra ser “cortada” por un editor para llegar al público? Perkins cumplió con su deber: le advirtió de los excesos y trabajó con él, “encerrado, como si estuviera viendo nacer un planeta”. Así lo cuenta en el prólogo a la edición de “El ángel que nos mira”, donde explica que quizá no debió acortarle tanto los textos. Aunque, añade, “esos cortes luego resucitaban vivísimos en las obras siguientes del impetuoso joven”.

Si toda esta reflexión sobre el editor como pulidor de diamantes (más el personaje de Wolfe, más ese elenco de actores, más esas vidas apasionadas, más la magia de la Literatura y el Arte, más la época y su música…) se hubiera contado mejor, resultaría una película para ponerte los pelos de punta, pero no ocurre así, sino más bien una película donde no se arriesga nada, prácticamente plana y donde al final lo único que puedes tener son ganas de leer a Wolfe. Parecía que este biopic lo tenía todo para explorar más en esa relación entre editor y escritor, para ir más allá y emocionarnos con la Literatura y la época que viven, pero se queda a medio camino.

De quedarme con una secuencia, destacaría sobre todo la del club de jazz, cuando Wolfe “corrompe” al correcto editor y lo lleva a uno de esos antros de música, alcohol, prostitutas y demás pecados para Perkins. Y esa toma, cuando la cámara enfoca los pies de ambos: el de un escritor, agitado por la música negra, sintiendo el bajo y el furor del ritmo poderoso, y por otro lado el incipiente movimiento del pie del editor, un zapato lustroso que comienza a marcar la música con un leve gesto.

Noelia Illán


No hay comentarios: