viernes, 8 de diciembre de 2017

BREVE HISTORIA DEL CIRCO de PABLO CEREZAL (por Esther Peñas y Noelia Illán)








BREVE HISTORIA 
DEL CIRCO
Pablo Cerezal









LA VIDA POR LA VIDA

Quizás lo que más me atrapó de la novela de Pablo Cerezal es la vida que se celebra, la vida misma. No es una perogrullada, en esta nuestra sociedad de la re-presentación, vivimos (aparte de a golpes, como ya apuntó Gabriel Celaya) más pendientes de hacer la foto que de estar en la celebración, más preocupados por vendernos que de ser, más anestesiados por las redes sociales, que nos devuelven el espejismo que un exabrupto vale tanto como la acción de protesta, que mencionar un libro es como haberlo leído, y así podría seguir convocando ejemplos hasta la extenuación.


‘Breve historia del circo’ es una festeja la vida por la vida, es, en este sentido, un canto a la épica de lo inútil, entendiendo como inútil aquello que no busca un rédito crematístico de ningún orden, que es, a su vez, el único modo posible en que yo misma entiendo la vida. Ese es el sentido mismo de vivir. Tal vez si le extirpamos la búsqueda del por qué, tan occidental, nos quedaríamos con la gratuidad. Mejor, con el abismo de la gratitud. Hay dos abismos de la gratitud, ambos presentes en la novela de Pablo. El del nacimiento (nadie está allí para elegir nacer) y el de la muerte (tampoco escogemos ser llamados a ella). Entre esos dos abismos uno puede creerse el señor de esa historia (que es lo que tendemos a hacer, lo que hace el propio protagonista cuando llega a su particular Macondo, que es Cochabamba) o pensar que la historia tiene un sentido que no necesitamos ponérselo nosotros, con nuestra razón, sino que escuchándolo y dejándolo expresar, será la vida misma la que muestre sus sentidos. Cuando el protagonista de esta breve historia del circo desiste de colocar su visión del mundo aprendida y deja que la realidad que tiene ante sí se exprese es cuando se produce el prodigo, cuando surge el asombro (no la sospecha), y se rompe el mito del mundo como cosa hecha. 

Es entonces cuando surge la pobreza que no es tal, o no es sólo pobreza, hay niños con mocos, y dinero que no alcanza a in de mes, hay espera, y contemplación (uno se templa con, adquiere la misma entonación de lo que sucede y se deja interpelar) y, sobre todo, se vuelve pasivo, que aunque suena por lo lastrado de la palabra, pasivo o pasible, que se deja afectar.

Todo esto es lo que me ha emocionado de la novela de Pablo. La vida misma. Porque nos guste o no, aquí, en este lado del mundo, como decía Martín Gaite, lo raro es vivir.    

Esther Peñas



Durante la presentación en Alicante

EL FREAK SHOW DE CEREZAL

Suena OTTO E MEZZO de Nino Rota. Comienzan a entrar los trapecistas, una señora con barba, un enano vestido a rayas y el domador de fieras. No veo al hombre de dos cabezas, pero de seguro está cerca.

Cuando  Pablo Cerezal me mandó aquel texto primigenio que daría lugar a lo que hoy tenemos entre manos no dejó de sonar en mi cabeza OTTO E MEZZO. Y sonaba porque, cuando uno piensa en el circo -o al menos yo-, piensa en Fellini, piensa en trombones y piensa en ese freak show del que cada día me siento más parte. No me interesa ya tanto el león que atraviesa aros de fuego o el payaso que hace reír al niño con su flor que escupe tinta. No es ese circo el que me vino a la cabeza cuando Pablo me mandó aquel texto virgen, un texto que dista ya mucho de esto que aquí nos encontramos y que Chamán ha editado con sumo esmero.

El circo de Pablo, su breve historia del circo, se adentra más en esa parte “rara”, en la parte más “friki” del espectáculo. La estética de ambos circos puede ser similar, pero desde el principio supe que Pablo no podía engañar y traernos un circo al uso. Cuando uno se topa con un texto de Cerezal se da cuenta a la mínima de que él mismo es uno de esos personajes del freak show. Para empezar, en esa mezcla de prosa y poesía, pero que no es ni una ni otra, porque incluso lo que parece más evidente en el caso de Pablo nunca lo es. Basta a veces con cortar las líneas con el botoncito del teclado para que lo que a priori parece un texto en prosa se convierta en un verso delicioso. Y créanme que yo no soy buena lectora de prosa (de hecho, casi que la evito, y él lo sabe). En el caso de Pablo no es así: he tenido la oportunidad de leer otros libros suyos y muchos artículos, y -como diría Daniel- qué bien escribe el cabrón.

En este circo encontramos un auténtico anecdotario: a través de pequeños pasajes, de momentos muy claves en la vida de Pablo en su estancia en Cochabamba, nos lleva a profundas reflexiones sobre la vida, sobre el porqué de nuestra existencia, sobre el amor, sobre la paternidad, o incluso sobre la conciencia humana. No es un tratado moralista donde el autor nos da una serie de lecciones sobre la vida, sobre lo mucho que se aprende estando en Bolivia, trabajando con una ONG o lejos de sus amigos. Pablo no puede conformarse con eso, y como ese freak show que pone a la vista sus más extraños personajes, las excentricidades más rotundas y sus criaturas más perversas, Cerezal nos muestra la cara B del circo. Sin pudor aparente (aunque sé que lo hay) nos habla de sus miedos, sus debilidades, sus ansiedades, sus deseos más personales, sus dudas…, mezclándolo todo con elementos más públicos y más ajenos a su vida personal. Creo que lo llaman literatura confesional; yo creo que va más allá.

Habrá ciertos elementos que vertebren este libro, como son el amor y la convivencia, la conciencia y todo lo que ello conlleva, el sentimiento de patria en su sentido más extenso pero también la necesidad de crear un hogar, una cueva donde echarse a dormir. Hay música (Lou Reed, Tom Waits), hay una gata/gato enferma/enfermo, hay pasta de dientes, hay mercados repletos de gente, y hay gente pobre y muy pobre, hay dolor y a veces no tanto…,  pero sobre todo hay Munay. Munay es el principio y el fin de este libro. Es el elemento que vertebra la historia y que da sentido a estas páginas. Es Munay primero el miedo, la duda, la incertidumbre, como lo es luego el alivio, el suero y la cordura. Justifica así la existencia de Pablo aunque ya no haya un “nosotros”, aunque ya baste sólo un llanto para que queden atrás copas, canciones en noches infinitas o la misma Cochabamba y su conciencia humana. Estamos, pues, en esta breve historia del circo ante una auténtica metamorfosis del poeta (porque, aunque él no se defina así, yo lo tengo en wasap como “Pablo poeta” desde el día que lo conocí). Vivimos un cambio de vestuario, de máscara, de atrezo, que marcará, en definitiva, el resto de los pasos que dé a partir de entonces en su espectáculo vital.

No se lo pierdan. Pasen y vean todo este repertorio de criaturas terrenales y divinas, ajenas y propias, opacas y evidentes, que Cerezal nos tiene preparadas en su circo particular. Y no olviden lavarse los dientes siempre, no sea que nuestros hijos se horroricen al vernos desdentados.

Noelia Illán 




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