viernes, 22 de diciembre de 2017

EL EJE DE LA LUZ de JOSÉ INIESTA (por HÉCTOR SOLSONA)


JOSÉ INIESTA: 
EL BUEN SALVAJE Y EL EJE DE LA LUZ


José Iniesta es el buen salvaje. En el siglo XVIII J.J. Rousseau elaboró una serie de reflexiones muy críticas con la sociedad e ideas de su tiempo. Enfrentándose a la sociedad cortesana y sus ideas racionalistas, esgrimió frente a tanta hipocresía disimulada e ingenio irónico, la naturalidad del hombre salvaje no deformado aún por la educación, la civilización y la afectación burguesa. Rousseau opinaba que el ser humano nace libre y se ve sometido por las cadenas del progreso, que nace bueno o inocente y es corrompido por la sociedad y la cultura, inventando una máscara que oculta su verdadero ser y lo vuelve insensible para la vida. Decía también Rousseau que un animal que reflexiona es un animal pervertido que ha abandonado la guía de su instinto. Rousseau dio prioridad al sentir sobre el pensar, su criterio de verdad en la vida es “yo siento, luego existo”. También era muy aficionado Rousseau al contacto con la naturaleza, a perderse en ella en los gozos de la ensoñación para experimentar el puro sentir de la existencia misma sin referencia a nada más que a ella misma: el sentimiento de existir es el punto en el que Rousseau, el atormentado, se reconcilia con la vida.


En estos parámetros hay que entender al salvaje José Iniesta, el poeta que se mueve por instinto, sin ideas preconcebidas, que toma nota a cada instante del sentir lo que siente, y que se deja invadir por el sentimiento como una forma de conocimiento más elevada que la inteligencia, que lo lleva hacia la intimidad de la realidad en la que se confunde, empáticamente, con el paisaje y con todos sus elementos entrelazados por el sentido y el sentir “Esta lluvia soy yo, y soy la sed”. Mas este sentir es un sentir elemental, un sentir de corte epicúreo, libre de amaneramiento romanticoide, blando, acaramelado y teológico. No, aquí, en el salvaje Iniesta, el sentir es un acontecimiento primitivo, originario, físico, fisiológico, puramente sensorial, y en caso de ser un sentir profundo, se trata de un sentir honesto, limpio, crudo, tal como se da, sin filigranas barrocas que desnaturalicen el conjunto de la vida: este poeta es un poeta que sabe sentir sin ser arrastrado por el sentir, acota en el metro del verso lo que es justo, y rechaza los aditivos metafísicos y los rebordes místicos empalagosos. El salvaje José Iniesta está libre de la enfermedad de la pedantería poética, de la desfachatez e hipocresía culterana, y de la estirada afectación conceptista “Qué lección el aroma del jazmín”. No se encontrará en sus versos ninguna trampa oscura para tontos pretenciosos y decires inflados, sino todo lo contrario, un decir claro y sencillo que no ha sido manchado por la conciencia intelectual y religiosa: “Amamos sin certezas al final”. 

La poesía de José Iniesta no es mística porque en ella no hay rastro reconocible de teología alguna, se sitúa en un momento impreciso del sentir del mundo en la inocencia primordial. Hay preguntas, “¿de qué nos sacia el agua y este sol?”, pero no hay respuesta, José Iniesta se queda en el asombro y el misterio sin dar un paso más allá para responder. Si el buen salvaje diera una respuesta a las preguntas que formula, entraría en el terreno de las razones y las imaginaciones: sustituiría el sentir por el pensar, y por ello caería en la deshonestidad, pues “Nada sé en el instante de la lluvia”. Pero la poesía de José Iniesta tiene el imperativo ético de la honestidad, y ello significa atenerse firmemente a lo que se da sin interpretar eso que se da desde teoría alguna. Lo que nos gusta y fascina de la poesía de este buen salvaje es que en ella la vida se vive, no se juzga, y por ello nos reconcilia con el vivir, que es el dolerse y el alegrarse, pero sobre todo el celebrar vivir, haber vivido, e ir a morir completamente sin reproche alguno “cuando nada le pido yo a la vida”: vivir pensando que la vida nos debe algo es postergar el vivir y sepultar el sentir vivo en la fosa del pensar. De tener que clasificar a José Iniesta en algún lugar tendríamos que ponerlo en el jardín de Epicuro junto con los fenomenólogos: no juzguemos, vivamos, gocemos los altos placeres del sentir sencillo y austero sin exagerar las cosas “me concierne estar bajo la parra”, sin intransigencias, celebremos lo poco que tenemos como una riqueza que nadie nos podrá quitar jamás: ser, sólo ser, de verdad, y nada más “en los secos bancales de la vida”.

El eje de la luz es el título del libro que presento y un verso extraído de un poema titulado Ser lo profundo. La idea de eje es la idea de un punto central estático a partir del cual el movimiento se despliega. En el caso que nos ocupa, el poeta narra las transformaciones de la vida, la integración de las experiencias que suponen las renuncias a las ilusiones y la aceptación de lo conseguido: “olvido de mí mismo en la ignorancia”. Si la vida es ascenso, en la cumbre se descubre lo profundo, y ese descubrimiento es un caer necesario, porque arriba no puede estar lo profundo, sino más bien abajo, y ese caer de todo es un vuelo, es un girar como dice el poeta en “el eje de la luz”. El eje puede ser el eje de simetría, o los ejes de las coordenadas que nos orientan, o los ejes de las ruedas de los carros que transmiten el movimiento; sea como sea, los ejes son los puntos de referencia sobre los que se sitúa y orienta uno en la vida. En el caso del eje de la luz podríamos pensar que se trata de un eje alrededor del cual la luz gira como una palomita revolotea cerca de la bombilla en la noche; o bien que es el eje desde el cual, y en el cual, la luz girando ilumina, como un faro, lo que hay alrededor. Trataré de establecer estos dos sentidos del eje de la luz del buen salvaje José Iniesta.

Empecemos por la última idea, el eje de la luz significa que la luz gira sobre un eje iluminando la realidad o la vida como un faro hiende la noche orientando a los navegantes y haciéndoles visible lo que es invisible, que es precisamente el oficio de la metáfora, a saber: permitirnos hablar de lo invisible. Si esto es así, el eje de la luz ilumina en Iniesta un paisaje, una naturaleza, un lugar compuesto de elementos vivos y materiales, obrados por el ser humano o naturales, puros, o de naturaleza mixta, que refieren las metáforas que expresan los estados del poeta con los cuales se confunde, “Qué poco necesito en este banco / de piedra cotidiana junto al muro”: el poeta se olvida de sí mismo, de su fugacidad temporal y de su muerte, y queda integrado en la inconsciencia de la piedra del muro por el que la mano comprueba la diferencia entre el temblar de la carne viva herida de muerte, y la permanencia imperturbable del mineral tallado por el trabajo humano. Esta diferencia “el árbol es distinto a mi materia”, esta heterogénea naturaleza de la vida y la materia pura o labrada dispara el asombro, esa emoción fundamental en la poesía de Iniesta que es la puerta de la filosofía, “¿Quién soy si ya no soy, / si soy la vida?”. El asombro es la emoción filosófica por excelencia que podría disparar especulativamente el pensar del poeta, y en cambio, lo que consigue el poeta es seguir el rastro del sentir enmudecido por el asombro mismo y el misterio de todas sus diferencias “en la sola materia de tu asombro”. No hay respuesta intelectual, a la emoción se responde con más emoción o con otra emoción. José Iniesta es un poeta salvaje de la posesión, un poseso poseído por la emoción de la vida, y por la vida emocional de una aventura continua en lo desconocido de las horas y los días, en el asombro y en el misterio del ser intacto, agradecido de ver lo que ve y vivir lo que vive, “la alegría de ser, con qué fervor / lo vivo en esta tarde, / y lo arrasado”.

Lo que se ilumina y aparece de este modo es el jardín, el patio, elementos de naturaleza ambigua y mixta, belleza natural sobre todas las cosas en las que el obrar humano es apenas un detalle cuyo destino es el desmoronarse, el ser ruina de las fuerzas naturales con el paso del tiempo. Las fuerzas de la naturaleza y su persistencia impertérrita azotan la vida del hombre, sus trabajos y sus días, sin parar mientes en el ser que ha hollado la naturaleza con su inteligencia. El hombre es nada, una cosa más entre las salvajes escenas de la naturaleza bien sea de noche o de día, bajo la fuerza del sol o en medio de la naturaleza, la sublimidad de los paisajes agrestes y sus árboles nos hablan de una trascendencia aquí y ahora, material y sensible, delante de nuestros ojos y al alcance de nuestras manos que seguirá existiendo cuando nuestros ojos se hayan cerrado y nuestras manos se hayan aquietado definitivamente, pues dice el poeta “El pino es lo que soy después del tiempo/ el pino solitario, salvaje de mis lluvias”.

El paisaje de Iniesta es la pobreza, la escasez, la desposesión, el trabajo y el duro esfuerzo sobre la árida tierra: nada se nos ha dado excepto estos brazos y el sentir, el resto es trabajo destinado al desmoronamiento, nuestras vidas son como los bancales de los montes: apilamos las piedras para ganar un escaso terreno contra la violencia salvaje de la naturaleza, contra la inclinación del monte y el arrastre de las lluvias. Eso es el ser humano, nada más. Y está bien que sea así, no hay ahí queja alguna porque en su pequeñez, el hombre en medio del erial de la vida, de la árida y la hostil tierra que los antiguos griegos llamaron Gea la monstruosa, el hombre ha luchado como un elemento más e igual que los demás “siento la majestad de los desmoronado”: nada nos sobrepasa, nada nos derrota, somos en el tiempo como los árboles, esos seres predilectos en la poesía de José Iniesta que representan al testigo de la vida humana, el elemento imperturbable de la trascendencia, aquí y ahora, pues los árboles tienden el arco de su vida por encima de las generaciones de los hombres como los testigos de su pasar. ¿Qué más ilumina el eje de la luz? La asombrosa cotidianidad de lo nuevo de cada día, “En el mismo lugar, todo es distinto”: José Iniesta no se hastía, puede recorrer el mismo camino, y vivir la misma vida infinitas veces, y hacerlo con el mismo sentir que si fuera la primera vez de todo y la primera mañana del mundo, todo es aventura y novedad. “Nada hay nuevo bajo el sol”, es una frase que Iniesta ve pasar por el río desde lo alto del puente donde se para todos los días a saborear la suerte de estar vivo, fijándose en todo para llevarse el recuerdo a la nada de su muerte y salvarlo del vacío.

Esto es lo que alumbra, el jardín de Epicuro, la sencilla y austera vida del que con sus manos arregla el patio de su casa, corta las ramas secas del árbol y amontona las piedras en el ribazo del bancal. Somos pobres, pletóricos de rica dignidad, como los árboles, las fuentes y la sed saciada en el trabajo.
Veamos ahora la otra interpretación, a saber, que el eje de la luz sea aquello entorno de lo cual gira el poeta iluminándolo. Hemos hablado de la naturaleza como un eje, vayamos ahora al amor como este nuevo eje, pues el amor es el eje de la luz del poeta.

Aquí la belleza del decir alcanza el corazón puro de la verdad en su intimidad. El eje de la luz aquí son el padre y la madre del poeta, la luz de la que procede el buen salvaje, su pasado, aquellos que le enseñaron el nervio duro de la vida, el trabajo, la tierra y el origen de todo: la pobreza elemental de la vida “No hay nadie en esta tierra de la sed”, pero también en esa pobreza esencial, la riqueza de una fuerza de esa pobreza que, en su dignidad, planta cara a la adversidad y a la hostilidad gigantesca del mundo como a un igual por medio de “el abrazo que siempre es salvación” y la dulzura, la honestidad más peligrosa que se esconde en toda su poesía, fui niño, ahora soy hombre, mañana seré muerte.

De otro lado, hay otro eje de la luz que corta aquel de los padres: Irene y Tomás, los hijos, ese regalo que a su vez regala la albricia y el alborozo del mundo, el pulso de un corazón y de una sangre que late en el tiempo para dar tiempo, que enseña a ponerse en segundo lugar, a retirarse lentamente, “al lugar de la rosa indestructible” y observar la maravilla de la vida en su continuidad. Aquí el poeta alcanza una de las maravillas de su poesía: Los adioses, “que siempre, todavía, son abrazo”, un poema que es cumbre de sabiduría sobre el tiempo, la vida y la muerte. Aquí el poeta se anuda a la vida y a la muerte y ya no desea nada más, la realidad es suficiente, no hace falta inventarse mundos y vidas después o más allá del mundo y la vida, con esto basta.

Pero estos dos ejes nos darían una realidad plana euclídea, para que la realidad se pueda representar tridimensionalmente como algo real hace falta un tercero, y este tercer eje es Teresa, su mujer, a la que está dedicado el libro entero y cinco poemas de amor “El fuego está encendido para ti” en todas sus formas: la pasión, la intimidad, la ternura, la devoción y el conocimiento. Este eje de luz da la consistencia al poeta para que su quehacer tenga un sentido y su vida siga teniendo un porqué, un porqué que dice que amamos sin certezas y sin preguntas o no amamos, es decir, amamos sin porqué en la ignorancia y en el asombro de todo, en medio de una vida maravillosa e inexplicable, sabiendo que la maravilla consiste en poder, a pesar de todo, agradecer la vida, toda la vida, a pesar de la muerte: “Nosotros por amor somos eternos”.

Así pues, para concluir, los tres ejes ya han sido interpretados, pero aún puede interpretarse El eje de la luz como un poemario donde el poeta parece girar hacia un nuevo canto, nuevo canto por donde asoman susurros de fuentes desconocidas en los que pronto beberá el poeta las profundas aguas de nuevos días y noches. Sea como sea, puedo decir que El eje de la luz, como tal, es sin saberlo, un punto de inflexión en la obra y la comprensión que de la vida tiene el poeta, y en este sentido, es iluminación, sabiduría y, por tanto, escuela de vida. Para José Iniesta, el buen salvaje que es a su vez un buen poeta, la vida y la realidad son suficientes, no necesita nada más, sólo cantar, beber, comer, reír, amar y gozar. “Ya nada puede el tiempo, / soy del canto”.



Héctor Solsona
Oliva, 17 noviembre 2017




Héctor Solsona Quilis nació en Valencia en 1964, es licenciado en Filosofía por la Universidad de Valencia. Ha trabajado en diversos oficios (peón, comercial, marinero, animador cultural…) y colaborado en la revista electrónica de filosofía A parte rei escribiendo algunos artículos de carácter filosófico, teatro y poesía: Retorno del poeta, El vuelo de Platón sobre el alma, Teología del Guernica, Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli como apostasía, etc. Es autor del libro de poemas Santo rosario en Albatros ediciones, siendo prologado por Juan Noyes Kuehn (premio Pedro García Cabrera 2011) e ilustrado con obras de Rosa Mascarell Dauder. Ha participado en la tertulia de la Cacharrería del Ateneo cultural de Madrid en el que se leyeron poemas del Santo rosario. En las jornadas culturales sobre María Zambrano “La razón poética como forma de vida” invitado por el Centro Cultural Generación del 27. Colaboró en el libro Un canto a María Zambrano para la editorial Antígona con el capítulo Perspectiva Zambrano. Ha participado como ponente para la Universitat de Barcelona, y para la Sociedad de Española de Psicología Analítica con la lección “La irrupción del inconsciente”.


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