martes, 5 de diciembre de 2017

HOY FIRMA: RIOT ÜBER ALLES: "EN TODO ES TODO"


EN TODO ES TODO


Ese es mi problema y mi gran virtud: creo en todo. Lo hago de forma sincera, plena y sin hipocresías. Creo en absolutamente todo. Todo lo que una persona puede llegar a creer: en Alá, en los vampiros, en el arte conceptual de los setenta, en los ángeles del cielo, en la homeopatía, en las ventajas de usar pagarés, en La Luz al final del túnel, en Uri Geller, en cualquier rumor (no importa lo infundado, lo inverosímil que sea), en el calendario chino, en los milagros que suceden cuando nadie mira, en la sobrenatural inteligencia de los delfines o en la necesidad inherente que tiene cualquier nación seria de poseer un ejército simpático y rico en logística y en edad de merecer. Creo en Dios, en lo que se esconde bajo cualquier falda escocesa, en la existencia de una Atlántida sumergida, en la Ley del Talión y en los ocho Reyes Magos. Creo en todo lo creíble, en todo lo que se pueda llegar a creer. Y eso, por supuesto, es un problema importante a la hora de relacionarme con las personas.




Porque entiendo que sea difícil de asimilar mi —al parecer, tan único como incomprendido— nivel general de Creencia. Porque hay quien piensa que la Virgen María es un bulo y quien defiende a ultranza las credenciales de ciertas sectas comúnmente consideradas peligrosas. Hay personas que opinan que inmolarse en medio de un concierto multitudinario es una inmejorable manera de pasar un viernes por la noche, así como un acto digno de la mayor recompensa y francamente apropiado para los planes venideros en lo tocante a la Eternidad, el Paraíso y el equipo al completo. Yo también lo creo. Y también creo en la Virgen María, en los proyectos de Sendero Luminoso, en las galletas de la suerte, en la existencia física del mítico Walt Disney coreano —asimismo criogenizado— y en la necesidad de un régimen totalitario de tanto en tanto. Creo en los peligros de la carretera y en las palomas de los prestidigitadores. Creo en absolutamente todos los equipos de fútbol, soy seguidor de cada uno de ellos y les profeso una idéntica afición. Asimismo, también creo que si comes demasiado melón por la noche, puedes morir de un empacho mientras duermes. Creo en los espíritus vengativos, en los elfos, en el maltrato como correctivo inmejorable y en la superioridad de Windows sobre Mac. También creo eso mismo pero a la inversa porque, como ya he dicho, creo en todo: y en todo es TODO, siempre y cuando pueda ser considerado como creencia. Opiniones también me valen.

Creo, sin ir más lejos, en la reencarnación. También creo en los parámetros que definen el ateísmo militante: me considero un escéptico moderado. Creo en la eficiencia purificadora de los gulags y en la excelencia de las marcas blancas. Creo que hay gente que se dedica profesionalmente a introducir cuchillas de afeitar en las manzanas del supermercado y creo que esa gente lo hace por amor y al mismo tiempo creo en una sociedad que nos hace culpables y nos corrompe desde la más tierna edad como un complot orquestado por los enemigos de la prístina nobleza ontológica del buen salvaje. Creo en la supremacía racial, en la igualdad de géneros, en la pena de muerte y en el uso terapéutico de drogas psicotrópicas para regular ciertos estados de ansiedad, y creo en los Golems y creo que la caza deportiva es efectivamente un deporte y en el Trastorno de Déficit de Atención y creo que los monos no tienen alma y tampoco los pelirrojos y creo en la santa palabra de Francisco de Asís. Creo en la irrefutable calidad del cine español, en las premisas de Hume, en las voces del Palacio de Linares, en la democracia y en los caldos de cultivo socio-culturales que nos arrastran a un indefectible páramo estéril, a un abismo irremontable de todo pensamiento útil. También creo que la menstruación no es para tanto y que los langostinos son realmente seres de otro planeta (con esos opacos ojos negros y esos bigotes, siempre hablando entre dientes). Creo que los andares navarros son adalid de masculinidad y creo en la autolesión como forma válida de expresión corporal. Creo en los ninjas, en la cocaína, en todas las conspiraciones relacionadas con alimentos, en las uvas de fin de año y en cualquier forma posible de jerarquía y también creo que los italianos son unos horteras y que un vaso de vino tinto al día ayuda a “hacer sangre”.

En resumen, creo en absolutamente TODO: creo en la tortura, en Poseidón, en el Bushidō, en la OTAN y en los sistemas binarios para hacerse millonario rápidamente. Creo en el vudú, en los telediarios comarcales, en la vida inteligente más allá de los límites de nuestra galaxia, en los cocodrilos gigantes que viven en las alcantarillas y en esas efigies religiosas de provincia que, ocasionalmente, lloran sangre. Creo en la telequinesis, en la yenka, en los productos light y en el Ragnarök; creo en la vigencia de todas las modas, simultáneamente. Esto es: creo totalmente, todo el tiempo, de forma ininterrumpida y sin atisbo de duda. Lo que me crea serias complicaciones a la hora de relacionarme con la inmensa mayoría de la gente.

La gente, por lo general, espera de ti que creas en algo. Lo que sea. Estén de acuerdo o no con ello. La gente cree en esto, en lo otro y en lo de más allá. Suelen creer en muy pocas cosas y presumir de una interrelación, de un “sistema de coherencia” que, al parecer, se considera de gran valor a pie de calle. Cuanto más “coherente” es su “sistema”, más se congratulan de su propio criterio. Valores Propios, eso es lo que dicen que ondean en lo alto de sus mástiles. Es decir, ellos creen que si creen concretamente en una religión y no en otra, es difícil que el resto de cosas que crean al respecto se desvíe demasiado del espectro argumental de dicha religión. Lo mismo pasa con el resto de sus fanatismos, contrafuertes filosóficos, códigos morales, orientaciones, gustos y fobias. Desde luego, es una opción. No tengo intención alguna de desacreditarla como tal. Porque, si siendo individuos adultos y en pleno uso de sus facultades, han decidido que así ha de forjarse su  esquema de creencias, ¿quién soy yo para refutarlo? Ahora bien: al revés, la cosa cambia. Y entonces es cuando me dicen que “no estoy bien” o que “soy imbécil” o que “debería buscar ayuda profesional”.

Por supuestísimo que creo que “no estoy bien”, que soy imbécil y que debería buscar “ayuda profesional”, así como lo llaman ellos. Evidentemente que lo creo. Yo creo en todo. Y por eso también creo lo contrario. Y también creo en la influencia masiva de los astros y signos zodiacales en nuestras vidas cotidianas, en la existencia de negros enanos y mongólicos (creo en la simultaneidad de esas cualidades) y en la importancia de preservar a ultranza las muchas costumbres anacrónicas que a día de hoy recalcitran a lo ancho y largo de la península ibérica. Creo en las dietas milagrosas, en la intrínseca bondad del pueblo llano, en las peleas de perros y en la gente millonaria que se ha hecho a sí misma. ¿Cómo no voy a creer en lo que ellos creen, además de todo lo contrario, si precisamente lo mío es creer en todo?  Creo en lo que dicen, en lo que no, en lo que piensan y en lo que piensan que pienso yo. Creo en ellos, más de lo que ellos creen en sí mismos. Aunque ellos no crean en mí, ni en mi sistema de creencias.

Puede llegar a ser exasperante.
Dado que lo creo todo, también creo que está todo muy claro: mi posicionamiento no deja lugar a dudas, o creo yo. De la misma forma que creo que, si se quiere y se desea de corazón, cualquier persona puede creer simultáneamente en la supremacía cósmica de las matemáticas y en la justificación de la vivisección en pos al avance de la industria cosmética y en la independencia de los Países Catalanes y en Dragones & Mazmorras y en la inmortal genitalia de Rasputín y en todo lo que además se quiera creer, sea una o mil creencias más, siempre y cuando —como es mi caso— la convivencia entre ellas goce de inmejorable salud y siempre —digo siempre— se sustente en el RESPETO. Pintarte los labios como una fulana recién fallecida, disparar desde tu ventana, reciclar el vidrio, entregarte gozosamente al purgatorio de la politoxicomanía, leer La Vanguardia a diario y perseguir al Papa durante sus tours mundiales con una guitarra y unas chanclas y un sombrero de paja mohoso e infestado de huevos de vete tú a saber qué parásito: todo ello, si se conjuga con RESPETO, es una realidad simultánea del todo factible y al alcance de quien quiera disfrutarla. Eso, solo para empezar: puedes sumar y sumar y sumar creencias a discreción (desde practicar sacrificios rituales en taparrabos hasta frecuentar reuniones “privadas” en grandes caserones de alguna zona residencial particularmente aislada, pasando por asumir que los cuatro elementos del Hip-Hop son lo más grande que te ha pasado en la vida o, por qué no, la necesidad de pedir limosna de manera particularmente inquisitorial de cara a alimentar tu ludopatía a costa de los demás). Siempre y cuando lo gestiones a través del respeto y la compasión, todas las creencias pueden convivir en ti y enriquecer tu experiencia vital hasta límites gratamente insospechados. 

Aún así, en este punto se crea —no en mí, sino en los demás— una barrera que parece ser insalvable, una especie de desconexión empática que imposibilita el más mínimo entendimiento. Me dicen “no puedes”, “no debes”, y ello evidencia una gran ironía de base: no solo SÍ puedo —a los hechos me remito—, sino que creo firmemente que DEBO, y mucho. Creo que debo, creo que no, creo que quizás debería no creer nada de todo ello y entregarme a un limbo de escepticismo y continuos desengaños… Lo repito: yo creo en TODO. Y fabulosamente, puntualizo.

Huelga decir que lo creo a pies juntillas: esto acabará prematuramente con mi vida. No porque el hecho de creer en todo-todo-todo sea una circunstancia nociva en sí misma, en absoluto. Esto lo creo porque —al margen de que lo crea como creo en todo lo demás, ni más ni menos— es justamente este irreconciliable desencuentro con mis presuntos semejantes lo que pone sobre la picota, y cada vez más, mi propia integridad física. Afirmación que, por otra parte, también niego por razones obvias.

Es mucha y muy virulenta la ira que acumula aquel que no entiende ni quiere entender: así lo he creído siempre, al tiempo que nunca he estado muy seguro de ello —efecto colateral de pensar eso y lo contrario al mismo tiempo—, y es que no dejará nunca de fascinarme cómo son capaces sus ojos de inyectarse de sangre cuando descubren en mí a un auténtico creyente. Sus creencias propias, afectadas sin duda por una enjuta autoimposición de limitaciones preestablecidas que no se atreven ni siquiera a cuestionar de base, se ven de inmediato en entredicho cuando la inmensidad de mi capacidad para creer-en-general los abruma con un aluvión insostenible de dudas razonables, y que apresuradamente ellos convierten en afrenta. Se apuran por negar su parte de culpa, convirtiéndome así en un elemento hostil absolutamente desprovisto de matices y al que, según creen, hay que combatir como a una infección del organismo.

Para ello, recurren a visiones parciales y sesgadas: aluden, por ejemplo, a que “creo que pegar a las mujeres, sea con los puños o ayudándose de objetos contundentes, es una parte importante y particularmente atractiva del ocio masculino” —cosa que, por supuesto, creo— y a que “creo que las transfusiones de sangre son una agresión imperdonable a la pureza de un cuerpo terrenal debidamente consagrado” —lo creo, firmemente, para qué negarlo—. Me criminalizan a través de potenciar algunas de mis creencias —aquellas que escogen perniciosamente para el beneficio de su causa— al tiempo que obvian el resto que no interesa sacar a relucir; con esas cartas sobre la mesa, marcadas todas ellas, se disponen a ejecutar tan peregrino juicio de valor en presente continuo. Sacuden al viento como trapo sucio esas creencias, digamos, conflictivas, mientras que nadie habla de que también creo que el piragüismo es un deporte infravalorado o que los ponis deberían vivir en casas como nosotros —y, es más, también creo que todos los ponis deberían hablar con voces graciosas e ir un poco vestidos, llevar sombreros, tomar el té libremente con sus amigos los potros, etc—. Nadie, en ese momento, quiere recordar que yo, aquí donde me ven, siempre he creído que hay que agradecerles a los barrenderos su gran labor o que hay que apoyar de forma diaria a los comercios locales. Nadie. Solo recuerdan mis creencias a favor de la segregación social depurativa y la reivindicación del espíritu colonial de línea dura, del uso de antorchas en lugares cerrados, de sobornar a los responsables de las listas de transplantes. Me dicen “es que tú crees que” como si eso fuera lo único que creo: error, porque yo lo creo TODO. Entonces, resulta evidente que crea en todo eso y en lo contrario y en otro buen montón de cosas que no tienen nada que ver. Lo ven, lo saben y lo niegan: eso creo. 

Paradójicamente, a la masa crítica le es bien fácil creer en según qué cuando les interesa: independientemente de si se trata de una creencia aislada o, por el contrario y como suele pasar, de una creencia de cabecera —digamos, troncal— que viene acompañada de muchas otras, sean derivadas o paralelas. Porque, cuando se trata de creer en algo que conviene, se puede llegar a creer mucho. Y hablo de cantidad, no de calidad (modestia aparte: yo sí puedo decir que aglutino niveles máximos de ambas, pero yo soy yo y ellos no). Cuando eso pasa, nadie dice “eh, recordad: valores propios”. Cuando eso pasa, de pronto todos se aplican sin arrugarse una ingente cantidad de creencias extra y, en ese caso, hoy paz y mañana gloria.

Creer es maravilloso, porque no hay nada más hermoso en este mundo —creo— que la fe ciega. Huelga decir que esto también no lo creo (o, mejor dicho, creo en lo diametralmente opuesto), de igual forma que creo que la hermosura está en los ojos del que mira. Creo que esta última aserción es repugnantemente cursi, está manida hasta límites obscenos y huele claramente a agresión sexual en la sombra. Claro: lo creo todo, lo uno y lo otro, sus respectivos reflejos en el espejo y justo eso mismo en idioma inventado. Creer es, en definitiva, hacerse con un lugar seguro y propio en esta vida. Creer nos hace grandes. O no, pero ese no es el tema: lo que quiero decir es que creer, la experiencia misma de la asunción conceptual de una veracidad no corroborada (y, por lo general, parcial de necesidad), es lo que nos construye, lo que en realidad nos mueve. Por eso yo me muevo tantísimo, porque creo en todo. Algunos podrán pensar que sufro de una enfermedad nerviosa degenerativa, o que simplemente mi medicación es errónea. Fantástico, que crean lo que quieran, porque justo de eso se trata: incluso yo, eventualmente, lo creo.
Entonces, si en el acto de creer todo-son-ventajas, ¿de qué me acusan, y por qué, siendo como soy el mayor de los creyentes?

Ejemplo práctico: si alguien cree que secuestrar a gente es algo bueno, eso puede llegar a ser un problema en el caso de que ese alguien no crea en nada más. O que, en todo caso, también crea que el sufrimiento ajeno es placentero, que lo mejor es secuestrar a niños porque ocupan menos espacio y su pánico es siempre más catatónico, que hay que cambiar de furgón cada tres meses como máximo… y listo. Ahí acaba su propuesta. En ese caso concreto, yo mismo lo suscribo: esa persona NO tiene bagaje. Por lo que lo suyo será meramente eso: dejarse guiar por sus creencias, que son apenas dos pares y todas formalmente criminales. Secuestrará a niños, de acuerdo; frecuentará sótanos con humedades y silos abandonados, usará pasamontañas con cierta regularidad, se consagrará como connoisseur en el apasionante mundo de la cadeneria y, siempre que hable por teléfono, será a través de un vocoder. Y ahí se quedará, sin más, él y sus diminutos horizontes. Porque, lo repito y subrayo: esa persona NO tiene bagaje.

Por el contrario, en mi caso: yo también creo en todo lo anteriormente apuntado (lo de secuestrar, los objetivos junior, el dolor ajeno, etc). Y, eh, no me avergüenzo. Lo creo, y lo hago sinceramente. Pero también creo en que, gracias a un inspirador proceso de sublimación, Policía Somos Todos. Que siempre hay que denunciar actos sospechosos, por minúsculos o insignificantes que parezcan, y que nunca hay que dejar de ser suspicaz: aceptémoslo, hace tiempo que las fronteras dejaron de ser útiles. Creo en la grandeza de las Misiones y en la Evangelización de tierras salvajes. Creo que soy una mujer obesa (natural de Balakovo, Madre Rusia) y que soy alcohólica desde que nací. Creo en la atávica Fiesta Valenciana, en la humilde hermosura de los filipinos y en los Ligres. Creo que los gatos notan presencias fantasmales y en que se avecina el desagradable Fin de una Era. Creo que se entiende por dónde voy, y que los ejemplos que me pertenecen hilvanan una lista infinita y en continua expansión (como Portugal, o las calculadoras de botones gigantes con conversor a euros).
   Dicho esto: ¿soy SÓLO un sociópata emocionalmente castrado, o soy eso y TODO lo demás? Porque, si efectivamente nuestras creencias nos definen, cierto es que los llantos de desesperación son música para mis oídos; así como también soy Hare Krishna, cubanito de corazón, amish, cabecilla de patrulla ciudadana, aspirante a presidente, coleccionista de cabellos y mujer rusa de 193 kg a la que tienen que lavar con una escoba y un cubo. Entre una infinidad —literal— de cosas más.

Aaah. Qué ingenuo por mi parte creer que harán el más mínimo esfuerzo por comprenderlo. Sinceramente creo que lo entienden, pero que el problema es otro: creo que sienten pavor de que tarde o temprano acabe imponiéndose el (mi) sentido común, obligados así a mirar a través del catalejo de mi vergel interior, susceptibles al doloroso acongojamiento que siempre provoca el descubrirse de pronto ciego, sordo y con la mitad del cerebro paralizado. Creo que es su orgullo, su absoluta carencia de autocrítica, lo que los vuelve en mi contra. Creo que pasar por debajo de una escalera da mala suerte —aunque no tanta como cuando rompes un espejo— y que los penes del porno son moralmente invisibles gracias a un ejercicio visceral de sustitución y personificación (esto es, ese miembro es tu miembro: fin de la historia). Creo que llevan tiempo conspirando en mi contra —en líneas bastante generales, nada concreto, casi a modo ambiental, pero conspirando al fin y al cabo— y que para mí cada nuevo amanecer es prácticamente un regalo. Creo que a veces peco de tremendista, y que a veces puedo sentirme más a gusto de lo que debiera en auto-impuestos estados de alarma; pero también creo que el miedo no es ni más ni menos que una señal de aviso multisensorial, cuya función es la de comunicarnos urgencias que parece que no están ahí (y que, por supuesto, sí están). En definitiva, creo que el miedo —al igual que los langostinos— proviene de otro planeta. 
       
Si bien creo que un día, no muy lejano, acabarán conmigo físicamente: nunca podrán acabar con mis creencias. Porque, si de algo estoy orgulloso en esta vida, es precisamente de eso: de todo en lo que creo, y eso es TODO. Soy el creyente total y definitivo, pues yo lo creo absolutamente todo y lo creo más que nadie. Incluso, llegado el momento, creeré que darme muerte yo mismo es la mejor de las opciones, así como que seguiré creyendo que morir —o incluso enfermar— es una pésima idea al tiempo que un genuino acto de dejadez. Ni ahí, en mi momento más aciago, podrán evitar que crea en ello. Sea lo que sea, creeré. En ello y en todo lo demás y en lo contrario y en cientos de otras cosas que ni por remota casualidad vendrán a cuento. Creeré sin ambages y me entregaré con los brazos abiertos al Absoluto Universal, pues no habrá nada en lo que yo no haya creído. Ya muerto y enterrado, creo que finalmente seré absuelto y reivindicado. Creo que es casi lógico, el hecho de que viva en un estado de incomprensión permanente: todavía no gozo de perspectiva histórica, cosa que, según mis creencias, es un ingrediente esencial en casos de auténtica grandeza. Aunque tarde, se me entenderá y se asimilarán mis creencias, se reconocerán mis muchas cimas conquistadas, se reverenciará mi clarividencia en vida (denostada a más no poder: que conste, sin rencores). La semilla habrá madurado, se alzará corajoso el brote, raíces se afianzarán dispuestas a permanecer: y así, por fin, habrá quien crea en mí.



Riot Über Alles (Barcelona, 1979) es artista plástico, poeta y diseñador. Cofundador colectivo multidisciplinar Eat Meat (2009-2014), ha publicado los poemarios "El plan cáustico" (Baile del sol, 2005), "Hierro Lamido" (Ed. del Pájaro Temprano, 2008)," Veritas Odium Parit" (Ed. Eat Meat, 2010), "Mussolina" (Aristas Martínez, 2011), "Las normas del Vertedero" (Esto no es Berlín, 2014) y "Noche Relativa / Estereotipos de Permanencia" (Zoográfico, 2017), así como también una novela coescrita junto a Vanity Dust, "Lady Grecia" (Aristas Martínez, 2013). Ha participado en las antologías "Presencia Humana" nº 0 y nº5, y "Black Pulp Box" (todo ello publicado por Aristas Martínez) y en otras publicaciones periódicas. Expone su obra gráfica de forma regular desde 2009 en Barcelona. También ha expuesto algunos de sus trabajos en otras ciudades como Tarragona, Madrid y Dublín. Todas las imágenes que aquí aparecen pertenecen al autor.


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