sábado, 2 de diciembre de 2017

LA GALLA CIENCIA (por Roger Wolfe y Esther Peñas)


AL OTRO LADO DE LA CALLE, 
CON EL PRIMER CAFÉ, 
NOS ESPERABAN

La semana pasada nos encontrábamos en Madrid presentando nuestro número OCHO, EL OCTAVO PASAJERO. Primero en Enclave de Libros, nuestro hogar en la ciudad desde hace ya varios números; luego, por la tarde en Nakama Lib, donde nos acogían como si de amigos de años se tratara. Y en ambos lugares fue nuestra zaratana mayor, Esther Peñas, la que hizo de maestra de ceremonias. Como una verdadera woman in black nos presentó a ese público que nos esperaba: amigos nuevos y viejos, lectores fieles, autores de este número y los anteriores, colaboradores, algún curioso. Esther Peñas habló de EL OCTAVO PASAJERO, de la selección de los autores y otros pormenores del número, pero lo que más nos emocionó fue su manera de hablar de nosotros, de los cinco “gallos”, como nos suelen llamar.



Y ese día hubo dos biógrafos de LGC en Madrid: Esther con su pluma, Wolfe con su ojo. Y es que el poeta Roger Wolfe, al que queremos y debemos mucho (desde que nos dejó publicar su poemario inédito EL AMOR Y MEDIA VUELTA en nuestro número DOS), quiso acompañarnos ese día, y con su cámara iba captando a la “galla” en sus momentos más cotidianos. 

Queremos agradecerles a ambos su generosidad ese día (y otros tantos), y compartimos con nuestros lectores esa radiografía que supieron hacer de la “galla” en sus momentos menos “formales”, cuando creemos que nadie nos mira, cuando decidimos qué comer o charlamos con los amigos paseando por Tirso de Molina. 

Gracias.




Les comparto esto para resaltar una cualidad que me asombra de los Gallos, su capacidad para no desestimar absolutamente nada, venga de donde venga y por muy ridículo que pudiera resultar en un primer momento. Como cantaba la cubana Teresita Fernández, hacen de lo feo (tomen por feo disparate, exabrupto, locura) un terreno en el que sembrar lo posible y cosechar el hallazgo. Tienen una vara de avellano para detectar dónde puede alumbrar lo poético. Un rádar, que viene más a cuento con lo marciano, para sondear abismos donde late la poesía. Son zahoríes. Fue así como comenzaron a instalar la estación espacial para enviar señales. Este es el resultado.

Los he visto trabajar en muchos de sus números, en este con mayor complicidad. Y la segunda peculiaridad que quiero compartirles de estos Gallos, que ya ha quedado insinuada en lo que les he ido contando, es su manera de entender la poesía. Es decir, no son una camarilla cerrada con pretensiones de crear escuela, mucho menos tendencia. Son cinco tipos que llevan la poesía incorporada en su savia. Pueden estar comiendo un pedazo de pizza y de pronto ocurrírseles una tipografía para el número en el que están trabajando, o estar preparando unos macarrones (esto Noelia) mientras el resto, alrededor de la mesa, calma su hambre cuando surja una idea que puede desbaratar todo el trabajo que habían hecho y comenzarlo de nuevo, estar caminando en busca de un bar y que uno de ellos proponga –porque algo se lo ha recordado- un nombre que incluir en el número en el que andan enfrascado… quiero decir con esto que los Gallos no disocian entre poesía y vida, no ‘se ponen a trabajar’ como quien llega a una oficina y se enfunda el talente de administrativo. No mantienen reuniones al uso, ni horario de oficinistas. La poesía surge en ellos de manera orgánica, en mitad de cualquier tarea, esté quien esté con ellos en ese momento, sin dar mayor importancia al asunto, jamás se ponen estupendos, pueden citar un verso de Luis Alberto de Cuenca (o de José María Álvarez) y a continuación pedirte que les pases la sal y beberse de un trago una caña. Es el pan, para ellos, la poesía también.


Les he visto trabajar juntos, en la cocina, con ruidos, cacerolas al fuego, tres perros zascandileando en derredor, sonidos de teléfono, de puertas que se abren, de voces de la calle que se escuchan… trabajar en medio de la vida haciendo vida, porque así la viven. También he presenciado tensiones internas que mantienen el pulso, claro. No siempre es fácil acordar algo, darlo por bueno, entre cinco. Pero ellos han encontrado el modo de hacerlo. A pesar de todo. Y aquí siguen.


La Galla no tiene horarios. Tiene, si acaso, plazos de entrega a imprenta. Y lo que más me asombra y celebro de ellos es que no son dogmáticos. Esto es la maravilla. Pueden no estar de acuerdo con lo que les propones, pero si eres capaz de defenderlo, lo aceptan, confían, creen en ti porque saben que el criterio es propio pero no único. Mantienen el núcleo original, cinco zaratanes que hacen de la poesía un latido, pero incorporan cualquier propuesta ajena, alienígena, otra, sin mayor problema. Así, el ecosistema crece y es heterodoxo. 
Es hermoso verlos trabajar como si no estuvieran haciendo algo importante y a la vez con la entrega de quien se está juegan a sí mismo en lo que hace. 

Y así, de esa forma tan suya y tan sana –me parece-, se alumbran números como este ocho, embarazado de poesía marciana, en el que encontrarán poemas que les sacudan y otros que no entiendan por qué están incluidos. Es lo que tiene cualquier antología. Que no deja de ser una intuición o una apuesta que abre una hendidura, pero que podía haberse hecho de otras maneras. Esta es la suya, la de los Gallos. No la única pero sí una posible. Y tan válida como cualquier otra. Que respira y crece. 
Son generosos. Y hospitalarios. Yo los habito, habito este microcosmos a pesar de tener querencias poéticas distintas con ellos. Modos de entender diferentes. Aun así, cada cual puede encontrar un espacio para compartir. Quienes les conocen ya saben, de sobra, de qué hablo.

Esther Peñas




















Fotos: ROGER WOLFE


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