viernes, 1 de diciembre de 2017

LAS AGUAS TRANQUILAS. OCHO POETAS VASCOS ACTUALES (por Mario Grande)







LAS AGUAS TRANQUILAS
Ocho poetas vascos actuales

Selección y edición de 
Aitor Francos 
Renacimiento, 2017





La editorial Renacimiento, radicada en Sevilla, ha publicado bajo el evocador título de Las aguas tranquilas una antología bilingüe de ocho poetas vascos, compilada por el también poeta Aitor Francos (Bilbao, 1986), autor de algunas de las traducciones. El antólogo anuncia en el prólogo el propósito de contribuir a la visibilidad de los creadores contemporáneos de una lengua minorizada como el euskera, patente desde el momento en que son solo los propios poetas que escriben en euskera quienes se ocupan de la traducción al castellano, bien de sus propios poemas o de otros de los antologados. Esta significativa ausencia de traductores fuera de la propia comunidad lingüística queda compensada por el hecho de que son bilingües. Ahora bien, si quisiéramos traducir sus poemas al inglés ¿desde cuál de ambas lenguas los traduciríamos?


Sea como fuere, Aitor Francos ha ponderado con acierto varios criterios (generación, territorio, personalidad, incluso perspectiva de género) a la hora de seleccionar a los autores. El resultado es una muestra representativa de la poesía vasca de los últimos veinticinco años, con los riesgos inherentes a toda antología, que impone acotar y matizar las propias preferencias.

Encabeza la antología Ricardo Arregui (Vitoria, 1958), poeta ya consagrado y traductor, con una decena de poemas cuya lectura actualiza, con una buena dosis de ironía, la meditación sobre las paradojas que nos asaltan cotidianamente. Son obra de madurez.           
Luis Garde (Pamplona, 1961) se confiesa poeta más de búsqueda que de celebración,  “con mucho malestar y poca mística”, un ex de los grandes relatos, entre ellos los de la épica y la casa, donde parece ajustar cuentas, por poema interpuesto, con G. Aresti, incluso con Shakespeare, después de la batalla. Meditación imprescindible.   

Proclama antes que nada Miren Agur Meabe (Lekeitio, 1962) la invalidez del lenguaje heredado, básicamente a través de dos temas: el cuerpo y las palabras. En sus versos hay un deseo ancho, aceptación del “sabio declinar” junto con la pregunta “¿cuánto vale una mujer que no quiere saber y que no exige?”. Y ruego a las palabras: otro código, que no desfallezca.   

Para Juanra Madariaga (Bilbao, 1962) la poesía es un “agente doble” y él mismo forcejea con las palabras, unas veces inasibles y otras –como cuando las compara con los materiales de desecho utilizados por el artista-, imprescindibles, imposibles de reciclar, porque remiten a sentimientos, a personas.

Karlos Linazasoro (1962) es autor prolífico (una decena de poemarios) y versátil, pues viene abarcando varios géneros. De su poética destaca la idea de que el  poema bueno es un campo de minas y el poema malo, un parque temático. Los poemas seleccionados  abundan en la inanidad del esfuerzo, la fugacidad, el deseo de detener o mudar el tiempo.

Harkaitz Cano (1975) es el más horaciano de esta antología, como verá quien lea su poema “Los mejores años de nuestra vida”. Fino observador, poeta de verso irónico, hábil en el neologismo (“promisciudad”) y los juegos verbales (perder, perderse), con más que oficio al componer.

Liberado de la sombra de Gabriel Aresti, Ángel Erro (1978) también da rienda suelta a su sensibilidad clásica, esta vez en la estela de Catulo, gloriosos epigramas, la tensión de los cuerpos y declaraciones de principios como el poema “Anuncio breve”.

Leire Bilbao (1978) afirma escribir “contaminada por los males del siglo XXI”, en un rumor disperso por sus poemas, hecho de soledad cifrada en Terranova, un teléfono, una lavadora o un simple dedo y “no pasa nada mientras todo está pasando”. Como si la única compañía fueran el elenco de antepasadas que invoca.

En suma, Las aguas tranquilas es una antilogía compilada con rigor y criterio, una buena puerta de entrada al paisaje de la poesía vasca después de la batalla.   


Mario Grande



EL TIEMPO 

Ahora podría hablar de las aceras, 
del día en que saltaron los planetas. 
Sobre aceras mojadas. Sobre lúdicos 
planetas riendo en charcos de lluvia. 

Los fieles custodios de lo pasado 
en las paredes guardaban satélites 
y órbitas. Fuertes manos y miradas 
nieblas se tornaron por ayudarme. 

Ser para un instante y no ser ya más. 
Cuento años-luz para engañar al tiempo, 
con modestia, sin desgarro, para 
comprobar la infinitud de un instante.



RIK ARDO ARREGI DIAZ DE HEREDIA


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