lunes, 18 de diciembre de 2017

NUDO EN LA POESÍA DE HERBERTO HELDER (por Mario Grande)

NUDO EN LA POESÍA DE 
HERBERTO HELDER


La obra poética del portugués Herberto Helder (que se extiende a lo largo de más de medio siglo, entre 1958 y 2013) contiene una palabra que cumple el papel de piedra pasadera o faro que ilumina la lectura de sus versos. Aparece más de cuarenta veces en sus poemas a lo largo de los años. Es la palabra «nudo» (en portugués). 



En el libro ETC. (1974) Helder lanza la afirmación de que «la única meditación moderna es sobre el nudo que absorbe la madera toda… porque en toda palabra está el silencio de esa palabra y cada silencio fulgura en el centro de la amenaza de su palabra». No sé por qué, pero al meditar sobre esta propuesta de Helder siempre se me vienen a la cabeza la presencia de Baco en Las bacantes de Eurípides y la ecuación entre amor y movimiento o los encuentros posibles entre figuras en la obra de Maria Gabriela Llansol (en la que también aparece el «nudo» helderiano, por ejemplo, en Ardente texto Joshua, 1998). Hagan la prueba de una lectura paralela y tendrán una experiencia estética impagable. Luis Gamoneda es otro de los que se acercan al punto de vista de Helder cuando habla de la palabra como «valor que excede a la fonética y se separa del pensamiento deliberado» (La prisión transparente, 2016).   

«El nudo que absorbe la madera toda…». Helder emplea la palabra «nudo» en este sentido de silencio fulgurante, con raíces en las acepciones comunes del vocablo (nudo, enredo, entrelazamiento), pero trascendiéndolas. Esto impone un deber a la hora de la traducción: huir de la tentación facilona de los sinónimos, traducir la palabra en su literalidad para poder captar su literariedad, más allá de lo meramente semántico en lo que sería una traducción pedestre.

Herder no trata el lenguaje como representación de alguna realidad, sino como posibilidades, en plural. Aquí reside una de las claves para comprender su lirismo. Abre la puerta a un nuevo universo al que es posible asistir, «ver», como se ve lo que comporta una cierta inflexión de voz: «Ninguna frase es dueña de sí misma», escribe. Por eso la semántica y la sintaxis aparentemente sin sentido. Él lo llama «caligrafía extrema». Remite a la quiebra del sentido de lo real al que estamos acostumbrados.   

A veces suele despacharse a Helder, no sin riesgo de incurrir en cierta simplificación, con las etiquetas de poeta surrealista o poeta místico, cuando sus relaciones con el movimiento surrealista portugués fueron muy escasas y tangenciales y, tocante a místico, habría que precisar que la oscuridad de ciertos pasajes no obedece a ninguna experiencia religiosa, sino, además de la influencia visible de los principales místicos castellanos del siglo XVI, a la insólita brillantez de sus metáforas.  

Recorriendo su obra, recogiendo sus palabras, encontramos pistas de la meditación sobre el nudo que había enunciado en 1974:

El nudo vivo.

El nudo núcleo. Nudo abismo. Nudo lazo, que ata y desata… momentos. Nudo de la madera, nudo de bronce (testigo de una rama), es una precipitación convulsa de la materia, una palpitación, una fuente de energía en el tejido interno de la tabla.

Nudo nombre, incluso nudo de la sílaba. Nudo de luz. Nudo del soplo. Hacer un nudo con una estrella. Hacerlo en la riqueza. Nudo de cuero en el odre. Nudo de víboras al levantar las piedras. 

El nudo en la vida, nudos que multiplican el cuerpo (otra de las palabras pasaderas de Helder junto con nudo, como «nombre» o «sangre»). Nudo de los nudillos, el más evidente. Nudo en la cabeza, en la lengua, nudo de aire en la boca, nudo en los pulmones. Nudo ombligo. Nudo hueso. Nudo de sangre en la garganta. Nudo pelo, nudo dentro cuando me  siembro. Nudo de la hora de la muerte, que hace del cuerpo un nudo que «brujulea y se apaga».  




Mario Grande

*Pincha aquí para leer el artículo del mismo autor, 
"Antropofagias y la lectura explícita", sobre Helder.





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