jueves, 11 de enero de 2018

DÓNDE LA MUERTE EN ÁMSTERDAM de ÁNGELA MARTÍN DEL BURGO (por Rebeca González Guerrero)


Es el hombre camino y es frontera, territorio fronterizo. Linda con su propio ser y linda con los otros.




DÓNDE LA MUERTE EN ÁMSTERDAM

Ángela Martín del Burgo

Cuadernos del Laberinto, 2017







Sobre este lema, en apariencia tan sencillo, se levanta este bello poemario de Ángela Martín del Burgo. La vida como camino. En el origen, los padres, la casa de la infancia. El misterio último de la muerte como destino inevitable. Y entre ambos puntos, un trazado sinuoso en el que todo está por descubrir. Se descubre a los otros por medio del amor, se desvían nuestros pasos para acercarlos a los pasos de la persona amada. Pero también cabe descubrir el entorno, valerse de la observación y la reflexión para desentrañar ese complejo escenario en el que se desarrolla todo: las ciudades.

A lo largo de sus cuatro partes, El amor y la muerte, Ciudades, Poemas de Daimiel y Dónde la muerte en Ámsterdam, este libro recoge las inquietudes principales de todo aquel que ha decidido desprenderse de la máscara de la rutina y prestar atención a los detalles que constituyen el centro mismo de la experiencia vital.

La primera de ellas, El amor y la muerte, es una confesión íntima, apenas un susurro. Una ola que, sin hacer ruido, se despliega y recoge de corazón a corazón.

Mi madre son las palabras,
es el papel en blanco
y hasta la pluma con la que escribo.
Mi madre es el fondo mi alma
en su rincón más oscuro.
Mi madre es la espuma blanca del océano.

En este batir de olas, un poema donde la espuma parece existir sólo para honrar el amor a una madre; espuma clara, fiera, vital y antigua como el océano. La fuerza que habita en el corazón de todo aquel que se llama a sí mismo hijo. Esta elocuencia narrativa, este amor que emana calmo del corazón para luego arrojarse sobre el poema, se repite a lo largo de todo el capítulo. Lo apreciamos también en el poema La amada.

La amada es el espejo
en el que la verdad
de nosotros mismos
–el llanto inconsolable
y el amor infinito –,
inopinadamente se revela.
[…]
La amada es el puente
a través del cual recorremos
otros mundos que, no sabíamos,
se encontraban en este.

Versos en los que sin hipérboles ni alharacas se abarca la dimensión total del amor: el amor como sentimiento inevitable, el amor como instrumento para conocerse a uno mismo y el amor como una lente capaz de revelarnos realidades que hasta el momento nos eran ocultas. Ciudades es un viaje por Europa: París, Viena, Praga…pero también Barcelona, Sevilla o San Sebastián. Una travesía narrada en presente, aunque con frecuentes alusiones al pasado: el de la propia ciudad y el de la autora.

La belleza de Praga se alza frente al tiempo.
Toda la ciudad se yergue en el asombro.
En el puente de Carlos, al anochecer,
gesticulantes estatuas entablan animado diálogo;
y allí también, Cristo en la cruz
sigue muriendo por los hombres.
Toda la belleza de Praga
es un grito frente al tiempo.

Descripciones, retazos que dibujan un ambiente tras otro, y ante los que el lector no puede sino rendirse veleidosamente, como un entusiasta viajero para el que todo destino es perfecto.

Biarritz tiene alas y las despliega el sueño
[…]
todo sueña en Biarritz,
como sueñan el mar y la noche,
Y sueñan las estrellas sobre un cielo nocturno.

La tercera parte, Poemas de Daimiel, es una caminata oscura y fría; luces que titilan a través de cristales empañados, un cielo abierto que deja caer su influjo sobre nosotros…y un universo que se nos expande dentro del pecho. A cubierto, los otros. El calor del hogar y las certezas les protegen.

Ventanales de noches de invierno
abriéndose a la inmensidad desnuda.
Árboles sosteniendo el cielo
como fornidos gigantes.
La música de las esferas
sonando en el transistor de un salón comedor.

Espacio también para la introspección, para recogerse en la trascendencia de los ciclos naturales. 

La lluvia de hojas amarillas
riega el verde de mi jardín.
También los muertos me ofrecen sus manjares.
Nunca la tierra había sido tan generosa,
nunca tanta belleza.
Riqueza y belleza que serán devueltas
cuando descanse bajo el fulgor del sol.

Con la emoción todavía temblando, llega el capítulo final y que da título a la obra, “Dónde la muerte en Ámsterdam”. Con él emergemos de nuevo a la superficie. Vuelven las ciudades y sus gentes; jóvenes en bicicleta y prostitutas conviven con el legado de Rembrandt y Spinoza. Ámsterdam es una amalgama de naturalezas humanas en sorprendente armonía.

Y en los coffesshop de toda la ciudad,
entre el humo de los cigarrillos de hachís,
la vida también se aguarda,
se olvida y pasa.

La autora disecciona, desde la emoción, el legado histórico de la ciudad. Pintura, música y filosofía son algunos de sus objetos de estudio. Se detiene en el barroco de los pintores flamencos y en el impresionismo de Van Gogh. Es capaz de evocar, magistralmente y en cinco concisos versos, toda la metafísica de Spinoza. “Dónde la muerte en Ámsterdam” es una oda, un precioso canto, a todas las formas de sabiduría.

Vermeer nos ofrece magníficas
vistas de la ciudad de Delft,
rostros de muchachas,
virginales y violas,
lienzos tras el lienzo,
pintores tras el pintor,
mujeres leyendo cartas de amor
–The love letter–,
todo es alegoría del alma
y medicina del dolor,
tras sus azules, amarillos y bermellón.



Rebeca González Guerrero





Rebeca González Guerrero (Alicante, 1990) es bióloga y en la actualidad desarrolla su tesis doctoral en la Universidad de Murcia. Lectora desde que tiene uso de razón, disfruta participando en actividades relacionadas con el ámbito de la literatura. Desde hace algo más de dos años publica algunos de sus textos bajo el nombre de @rebecaatlarge en la red social Instagram. Ha participado en talleres de escritura, en exposiciones colectivas y en algún certamen de radio.



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