lunes, 22 de enero de 2018

HOGUERAS DE LA CARNE de PEDRO GOMILA (por Ramón Bascuñana)


LA DESTRUCCIÓN, EL FUEGO


Mejor la destrucción, el fuego.
Luis Cernuda

Debes estar preparado para arder en tu propio fuego:
¿Cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?
Friedrich Nietzsche

No puede un cuerpo transmutar su esencia
sin que deje de ser lo que era antes.
Lucrecio
 [De rerum natura]


Un prólogo, cualquier prólogo, debería servir de brújula que nos ayudara a orientarnos dentro del laberinto poético imaginado, desde la experiencia vital más subjetiva, por el propio autor, pero éste en cuestión no pretende ser ni brújula ni mapa ni guía. Tampoco manual de instrucciones para despistados y holgazanes. Intuye uno que Pedro Juan Gomila Martorell no escribe para este tipo de lectores. No, este prólogo es la expresión de una mirada, libre e intuitiva, de un lector hechizado por el canto, mitad de arúspice mitad de druida, de nuestro poeta. Porque canto y elegía, experiencia y reflexión, filosofía y rebeldía, oración y sacrificio, se hermanan en los versos de Hogueras de la carne, última parte de la tetralogía Eidolon.


La poesía de Gomila se construye sobre una herida abierta que supura y no acaba de cicatrizar nunca, sobre un yo disociado e inestable, sobre una identidad contradictoria en perpetua lucha consigo misma y con la hipocresía social enraizada en el patriarcado que la constriñe y la ahoga para intentar aniquilarla. Ese conflicto de identidad es el centro mismo de los tres poemarios que preceden al que nos ocupa, que es culminación y ruptura con lo anterior, cima y sima, cumbre y abismo. Lo igual y su opuesto; su contrario. ¿De dónde podría nacer la poesía si no es de la contradicción? El poeta es ante todo un ser contradictorio y paradójico. El conformismo es la muerte de la poesía. Gomila es capaz de ser fiel a sí mismo y, como tal, de asumir sus contradicciones. Y de esa dinámica nace una poesía única e inimitable, una poesía como no existe otra en el actual panorama poético nacional.

La serie Eidolon se plantea como un rito, como un itinerario de pérdidas y aceptaciones, de renuncias y sacrificios, como la progresiva construcción ética de un personaje heroico desde la infancia idílica, o no tanto, hasta la madurez donde, mal que bien, la identidad y el carácter se han forjado completamente. El espectro y su doble, que han recorrido los versos cadenciosos y caudalosos de esta tetralogía, se han encarnado definitivamente en un ser atormentado y rebelde que es al mismo tiempo cuerpo y alma, ética y poética, lo sagrado y lo profano.

A través de las entregas anteriores, tan iguales en el fondo como diferentes en la forma, Pedro Juan Gomila desarrolla una notable y brillante escenografía para la derrota. El primer poema de Arcadia Desolada es claro en este sentido: Nazco de tu vagina lata y dura, / con la entraña colérica de lava, / vestido con la túnica de piedra, / ceñido con los cíngulos del mar; / de ti que vaticinas los fracasos / en las rojas ascuas de victorias / memorables por efímeras...

Aquí tenemos ya el fracaso esencial, las rojas ascuas y la lava colérica. Como diría T. S. Eliot: En mi principio está mi fin. Toda la titánica lucha por construirnos como seres humanos está abocada al desastre, aunque el desastre sea a veces la única posibilidad de salvación. Al final de En la tierra de Nod podemos leer: Satanás se entronará sobre nosotros / con los hábitos del dios que nos derrota. Para terminar de manera fulgurante y contundente: La zarza grita de dolor. Se apaga y muere. / Mas, yo, ardiendo, / compruebo que estoy vivo por primera vez. / Y el bosque y los ríos, la brisa y la llama, / se me revelan testigos de la maravilla / de mi carne redimida por tu carne. La derrota como victoria. La rabia – engendrada por la condena social por ser como es-, lleva al poeta a proponer una ética del fracaso vital entendido no como la caída en lo turbio, en eso que la sociedad denomina vicio y depravación, sino en la exaltación del cuerpo y la legitimación del deseo. Todo conduce al tan anhelado encuentro de la carne con la carne en la pura consumación de un fuego impuro.

En La pasión según Dioniso, drama barroco y mitológico que se desarrolla más en el ámbito de la mente que en el del cuerpo, todo es símbolo y pregunta: ¿Y qué le queda entonces? Su reino es de este mundo. / ¿Qué siente sino miedo, congoja y soledades? / ¿Acaso no es presidio su Cuerpo, su albedrío? / ¿Qué alcanza salvo un rostro que eclipsa como luna? / ¿Y a quién dirá: eres mío, si amelga en la ceniza?/ ...¿Y si es el nuevo sabio desnudo de la carne, / que, herido con la reja del odio y la ignorancia, / derrota con su fuerza las públicas jaurías / que acosan, mientras ladran cual bestias implacables, / aullando bajo el signo de Zarzas siempre Ardientes? Es un arduo camino de perfección y el fuego de una forma u otra siempre está presente como redención, como destrucción o como renacimiento. El fuego catártico y mistérico.

El camino para el héroe de esta autobiografía emocional en verso es largo y tortuoso y no está exento de tropiezos, pequeñas victorias y fracasos, mas el propósito es firme. Estamos ante un yo coherente que nos muestra su verdad desnuda y dolorosa, pero que también acusa, sobre todo acusa, metiendo el dedo en la llaga del puritanismo y la hipocresía, a la sociedad que le rodea por haber convertido su vida en un testimonio sobre la negación. ¿Qué es la vida sin Amor, cuando se considera que nuestra manera de amar es abyecta y depravada, sino la confesión doliente de aquel al que se le impide ser? Así es la poesía de Pedro Juan Gomila: íntima y descarnada. Y así, en cada poema, en cada nuevo poemario, da un paso más, revela su frustración y su ira, se complace en vomitar sobre la sociedad tan llena de prejuicios que lo ha castrado toda su rabia, su rencor y su esperma. Comulgar su cuerpo con otros cuerpos similares es su manera de vengarse, su forma de elevarse sobre la mediocridad y el gregarismo imperantes a su alrededor. Es el elogio de la diferencia. La dignidad del que resiste contra viento y marea. En el prólogo de Alberto Chessa para el tercer libro de Eidolon se puede leer: “…el adolescente consuma la pasión, pero reserva algo para sí. ¿Será, como afirma, “suficiente”? Tendremos que aguardar a Hogueras de la carne”.

Pues bien, Hogueras de la carne ya está en nuestras manos y parece que, consumada la pasión, lo que el héroe caído reserva para sí es más que suficiente para seguir adelante. Esta nueva entrega es, desde mi punto de vista, la más abstracta y quizás por ello, también, la más lírica. Y cuando hablo de abstracción me estoy refiriendo a la relevancia de las ideas filosóficas en los propios versos. Destaca que apenas haya notas aclaratorias, y, aunque sigue habiendo abundantes referencias culturales, esta vez lo que prima es el ritmo del verso, la potencia de la voz poética, plenamente dueña de todos sus recursos, y la habilidad para mantener el encantamiento desde ese primer verso inicial: Pero todo empieza con la turbulencia hasta ese otro final: Pero abierto mar azul de la memoria. Como si Hogueras de la Carne fuera, para describirlo gráficamente, un largo y melódico canto de afirmación.

Y la pregunta es: ¿Un largo y melódico canto de afirmación contra qué? Porque la poesía siempre se entiende a la contra. Si nos atenemos al primer poema del libro, el poeta se reafirma contra la inmovilidad de los arquetipos del mundo, contra la realidad como absoluto permanente. Pero todo empieza con la turbulencia: / sin acción que es puro azar del arrebato / no es posible la espiral del movimiento / que despierta la materia de su inercia. / No deviene lo complejo de lo simple... Pedro Juan Gomila Martorell insufla en Hogueras de la carne una metafísica donde la realidad o es cambiante, y por lo tanto efímera e inestable, o se vuelve inerte. Puede que haya un sutil empeño en enmendarle la plana a Aristóteles y a su idea del ser absoluto de la causa eterna. Aquí es el héroe proteico impelido por la pasión en carne viva - una pasión homosexual que rompe las estructuras del orden mal entendido como natural-, el que arrastra el alma al río de la vida, a ese fluir que concibe el vivir como una acción, como una sucesión de pequeñas muertes cotidianas. La materia del hombre es efímera y caduca, sombra y ceniza. Y el poeta insiste: Si su cuerpo va fluyendo hacia el olvido, / maravilla es comprender cómo soporta / de las horas el contante movimiento./ Y cada verso es como un clavo que remacha la naturaleza del devenir: ...tú contemplas / la perpetua tarantela de la muerte./...a cada certidumbre de la finitud, / ...a cada evidencia de la brevedad...

No se trata de entender la brevedad de la vida sino de aceptarla y vivir la maravilla del instante en su plenitud. Si nos aferramos a la tierra con el alma, / aún sabiendo que seremos pronto polvo, / si custodiáramos las ascuas de nuestras hogueras / aún sabiendo que tan pronto han de apagarse, / ¿no seríamos capaces de maravillarnos / cada día como el niño... El cuerpo como un leño de carne que arde, se consume y se consuma hasta ser ceniza dispersada por el viento del olvido. Antes que la inanidad de una vida sin sentido, mejor la destrucción, el fuego. Este libro es una invitación a gozar el instante, a disfrutar de la naturaleza y a asumir el hecho irrevocable de la muerte. Los poemas, más que avanzar hacia una meta, dan vueltas en torno a un eje central, porque todo es reflexión, alucinada por momentos, sobre la conflictiva relación del individuo consigo mismo y con un mundo que es realidad fragmentada, atomizada, donde el yo roto deviene espejo y reflejo, o lo que queda de él, sus esquirlas, sus añicos.

Siempre he pensado que las citas en un libro son importantes. A veces, son lo único que merece la pena de una obra. No es éste el caso. Aquí las dos que abren Hogueras de la Carne son fundamentales para acotar ese núcleo en torno al cual giran los versos. La primera es de la Moralia de Plutarco. Y lo interesante es que Gomila ha elegido sólo una parte de ella, la que le interesa, ignorando la que quizás podría entrar en conflicto con lo que busca resaltar. Anula la posibilidad de que el alma tras la muerte / iniciación alcance esos lugares de pureza que le dan la bienvenida, y destaca, en cambio, las concomitancias y analogías entre la palabra que define el concepto morir [Teleután] y el de “ser iniciado” [Teleisthai] al hablar de los ritos y misterios de la antigüedad. Porque en todos los libros anteriores a Hogueras de la carne lo que se nos ha descrito han sido esos ritos de paso e iniciación del héroe hasta alcanzar la madurez, ritos de iniciación que remiten a los de la antigüedad en los que acontecía un momento memorable y crucial donde el iniciado moría, aunque fuera de un modo simbólico, para renacer después como una persona nueva: morir para volver a nacer desnudo de las impurezas de la vida anterior. La iniciación en una nueva vida implica una muerte. O al revés. La muerte conlleva un renacimiento. De ahí, a Platón y su morir es ser iniciado, hay sólo un paso. Paso que da el autor entremezclando los misterios de Eleusis, los ritos Dionisiacos y ciertas influencias órficas. Rastreando entre sus versos podemos hallar entreveradas alusiones que remiten a las fuentes del olvido y la memoria o a ciertas ceremonias en las que el iniciado, enterrado en un lugar bajo tierra como un retorno al útero, fuera nutrido con el alimento primigenio, leche o esperma.

Y de repente el poema vuelve sobre sí mismo, aparentando comenzar de nuevo. Se produce una inflexión, un punto de ruptura, que nos mete de lleno en otra historia, en el álgebra de los aniquilamientos, en una suerte de big bang metafórico y antimetafórico, que anuncia la posibilidad de que la materia o la antimateria se destruyan para dar lugar a un nuevo comienzo. Al principio de la suma de las cosas, / cuando no tenían nombre todavía /...se produjo un mudanza, una abertura, /...que revienta con un grito parturiente. / De ésta surgen las porciones angulares / de las nuevas realidades sorprendentes. Este salto mortal en el vacío que da Pedro Juan Gomila Martorell implica una elegante actualización de todo el lenguaje propio de la fusión y fisión nuclear como sutil homenaje a Tito Lucrecio Caro y a su magna obra De rerum natura, que ya se venía atisbando desde los primeros versos del libro.

Esta parte del poemario es una de las más brillantes en cuanto a la utilización de un lenguaje científico para resaltar cómo el dolorido héroe o antihéroe de esta epopeya íntima, descuartizado en La pasión según Dioniso, se fusiona con la materia que le rodea hasta renacer de su propia autodestrucción. Porque nada se crea ni se destruye, sólo se transforma. Desplegando el lenguaje que el poeta usa, podríamos interpretar que la dualidad entre los corpúsculos y las ondas en la mecánica cuántica se traslada al mundo filosófico, convirtiéndola en una doble concepción de la realidad, a través de la experiencia o de la intuición, e incluso, yendo un poco más lejos, aplicándola a la siempre conflictiva relación entre cuerpo y alma; espejo y reflejo, pensamiento y realidad, dios y mundo.

La alusión a De rerum natura no es baladí. Muchas de las ideas primordiales que recoge el largo poema didáctico de Lucrecio encajan muy bien con los versos del libro escrito por Pedro Juan Gomila Martorell: el universo compuesto de átomos, parte del cual sería el alma, que al morir el hombre se disuelve como el humo, el movimiento en el vacío, la concepción del mundo como un lugar no eterno, la ausencia de dioses, o sea, la emancipación del individuo frente a la religión, el conocimiento del hombre que proviene de la razón y los sentidos, el principio del placer como rector del comportamiento del ser humano, evitando todo cuanto implique dolor, tomado por Lucrecio de Epicuro, el miedo a la muerte que desaparece, aun cuando morir, dejarse morir, es fácil cuando la vida carece de sentido: Quien antaño fue vencido se despoja/ de sus miedos milenarios y se ufana / de su pecho de guerrero invulnerable. Vale la pena recordar que las ideas expuestas en el poema de Lucrecio encontraron resistencia en los círculos del poder a lo largo de los siglos, especialmente en los eclesiásticos.

¡Y esto sucede a mitad de Hogueras de la carne! A partir de ese momento los versos adquieren una dimensión todavía más contundente, un clasicismo más aquilatado, y la voz poética, tan reconocible, de Gomila Martorell flirtea -desde su ateísmo, su individualismo y su incondicional y absoluta reivindicación del cuerpo -, por ejemplo, con San Juan de la Cruz y la noche oscura del alma o con Fray Luis de León y su Oda a la vida retirada. Así: ...pero fulge en su interior como un relámpago / que, distinto de la noche de los místicos, / deslumbrados por los fuegos de San Telmo, / le descubre otras hogueras, las carnales, / mientras arden con la leña de la vida. Y más adelante: Plectro diestro en la corona de su carne / cuando pulsas las entrañas de tu ser; instrumento vivo que en la noche vibra, / mientras hierve las blancura del esperma / que fecunda los viñedos de su anhelo.

Si he hablado de la dualidad de ondas y corpúsculos en la física cuántica, hay una idea que me interesa resaltar -ya he dicho que este prólogo es más una brújula de intuiciones, que un manual de certidumbres-, y me refiero a cómo el poeta parece integrar a su manera el dualismo de Descartes – sólo podemos saber con certeza lo que estamos pensando-, aplicándolo a la materia corporal, de tal manera que el hombre se compone de dos sustancias difíciles de compaginar: el cuerpo sensible que arde en las hogueras de la pasión y el tiempo y la única certeza existente: el pensamiento. De tal modo, que los poemas de Hogueras de la carne, parecen suceder –puesto que la poesía sucede mientras es leída-, en un espacio mental, que sería el espacio propio de la poesía. Pero Gomila, desde el pensamiento, que es lo real, según Descartes, casi le da la vuelta a la idea y nos transforma en cuerpo que siente: Repite ahora conmigo estas palabras: / No tengo ningún cuerpo. Soy un cuerpo. Y ser un cuerpo es ser: ...certidumbre / de la carne vulnerable desde el Orto. // ...alma tuya, voz que late en nuestra carne, / leve aliento peregrino que nos funda, / destinado a disolverse en la ceniza. Pero ese disgregarse en la ceniza y el olvido, que es el destino de todo hombre, incluido el de nuestro héroe, bendecido por el esperma y la saliva, liberado por el Amor y la Pasión, ese disolverse, no es un fin sino un principio, el origen de un renacimiento: Ya atraviesa las regiones de ese cuerpo / con las alas poderosas de otro Fénix / que se limpia la ceniza de los días / con el paño diamantino de las albas /. El fuego es el comienzo de un nuevo vivir: ...allí donde dormita el corazón / que deja de existir para ser otro, / latiendo con la luz de este ardimiento. / La promesa de un renacimiento desde la ceniza, de una resurrección de la carne; Aunque todos nuestros gozos y pesares, / aunque todos los errores y entumecimientos, / los conocimientos turbios y las imprudencias, / los amores plenos y las ferocidades / brotarán de nuevo de nuestras cenizas / en la primavera de los otros cuerpos... // No se pierde para siempre lo que somos / con la boca generosa que da el beso, // ...mas, desnudo, sale erguido,...// sucio, impuro como solo puede estarlo / quien renace de su Casa de tinieblas.

Ese renacer culmina con el verso final que ya he mencionado: Pero abierto mar azul de la memoria, que clausura la serie Eidolon y nos hace intuir el inicio de un nuevo ciclo. Y en ese verso vislumbro, más que el nacimiento de Venus a la manera renacentista de la pintura de Sandro Botticelli, la reencarnación de un utópico Apolo báquico despojado de sus debilidades y pintado por David Hockney. Un nuevo héroe, o antihéroe, el Alexis de la próxima entrega, que iniciará la primera parte de Ágora, dueño al fin, el sujeto poético, de su propio destino y conocedor de sus virtudes y debilidades.

Quizás en estas notas, a modo de boyas para orientar al naufrago lector entre los versos de Pedro Juan Gomila, me he ceñido demasiado a la literalidad de los mismos, en lugar de guiarle con mano firme a la seguridad de la costa. Pero cada uno escribe desde sus miedos. Sólo he querido resaltar los aspectos que más me han llamado la atención y que más me han interesado, dando alguna pista sobre las muchas referencias intertextuales, culturales y filosóficas que el libro tiene. Este prólogo es tan sólo un vislumbre, una manera de mirar el fuego interior que forja los versos del poema. Existen otras y la mía es sólo una de las posibles. Los errores son todos míos, los aciertos son del poeta, que ya desde las primeras citas nos avisa de por dónde van a ir los tiros, con ese fragmento de Plutarco sobre la similitud entre muerte e iniciación, o esa otra cita de Giorgio Colli sobre el hombre que se mira en el espejo del conocimiento que es uno mismo para ser reflejo del dios que es todo cuanto nos rodea, o sea el mundo, y que nos retrotrae al espejo de Dioniso, imagen ambigua y ambivalente que, en Hegel o Lacan, parece simbolizar el vacío de la propia nada y el espíritu, pero que remite principalmente a la posibilidad o imposibilidad del conocimiento del mundo. Dioniso, al mirarse al espejo, muere despedazado, dando lugar metafóricamente a lo que se entiende como la pluralidad cósmica a partir de la contemplación de la divinidad, aspecto que enlazado con el atomismo y el concepto de sacrificio personal, crea un sugerente sustrato sobre el que se desarrollan los versos de este libro singular.

Versos rotundos los de este poemario admirable, más adecuado para ser leído en voz alta, como quien recita una plegaria o un mantra, que en la intimidad de la caverna solitaria. Porque la poesía de Pedro Juan Gomila Martorell posee una dimensión chamánica, casi oracular, que impele a recitarla de viva voz. Al leerla así, entramos en la cadencia hipnótica de sus versos que nos conducen más allá de sí mismos, ardemos en ellos, crepitamos con ellos, aspiramos el humo que desprenden, acariciamos su ceniza. Y, cada vez que volvemos a leerlos, renace en nosotros el ansia de rebeldía del héroe y la necesidad de su lucha contra el conformismo de las convenciones sociales. Porque leer la alta poesía de Gomila Martorell, además de ser un rito iniciático que nos cambia la forma de mirar alrededor, nos convierte también a nosotros, sus fieles y devotos lectores, en hombres nuevos, dispuestos a asumir el presente bajo una luz distinta y perturbadora, la que proviene de éstas hogueras de la carne.


Ramón Bascuñana

*Pincha aquí para leer un poema de 
HOGUERAS DE LA CARNE (La Lucerna, 2017).

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