domingo, 28 de enero de 2018

LITERATURA Y CINE: TRISTANA (por Javier Puig)


Cuando vi por vez primera Tristana, la película de Buñuel, no conocía a Galdós y no podía imaginarme lo que iba a disfrutar leyendo sus espléndidas novelas, su prosa viva, con sus frases siempre agudas, sorprendentes, de gran penetración psicológica, con una crítica social  poco explicitada pero demoledora. La película de Buñuel me bastaba. Su narración era exquisita, con esa perspicacia en el acercamiento a los personajes. Me ha parecido siempre una de las grandes obras del director maño, un lugar perfecto para recrearse con la denuncia de las mezquindades humanas, con una sociedad hipócrita y discriminatoria. Fue una de las dos películas que realizó en España y tuvo mucho éxito internacional. Su rodaje, en 1969, fue finalmente permitido por Manuel Fraga Iribarne. Sin embargo, Buñuel consideró que con esta nueva obra había incurrido en un retroceso en el camino que había emprendido recientemente, especialmente en su película anterior, La Vía Láctea, que representaba un cine más libertario, superador de los más recurridos clasicismos.

El ateo Luis Buñuel, el iconoclasta, debió acoger con mucho gusto la historia que propuso Galdós en su novela, con ese personaje que es don Lope, caracterizado por algunas “virtudes”, como las de ser anticlerical, enemigo del matrimonio, defensor de los débiles (y lo es a veces, pero, más que nada, para presumir de ello), con una cierta ética de digno caballero (de puertas afuera y muchísimo menos en la intimidad), absolutamente amoral en lo concerniente a las relaciones con las mujeres (antiguo conquistador, relata Galdós que estuvo liado incluso con monjas y beatas); pero también cargado de defectos, entre los que se halla muy especialmente el de la hipocresía, y cómo no, esa relación posesiva, de “dueño”, que mantiene con  esa jovencísima  y vulnerable “esclava” que es Tristana.

Buñuel decía que era “ateo por la gracia de Dios”. Tal vez, con esa frase quisiera explicar la contradicción de que un ateo dedicara tantos momentos de sus películas - y también algunas enteras -  a la religión. Es como si tuviera que insistir en las manifestaciones de esa temática para encontrar las razones de su descreimiento o como si quisiera infundir al espectador, mediante críticas grotescas, la duda sobre la imposición de aquellos extendidos dogmas. En Tristana, don Lope se muestra al principio anticlerical pero, cuando entra en la última fase de su decadencia, se le ve rodeado de tres curas mientras saborean un chocolate con churros, ajenos a la fría intemperie del exterior.

Don Lope es interpretado por un adecuadísimo Fernando Rey; Tristana, por una bellísima Catherine Deneuve que sabe evolucionar en su personaje desde la juvenil candidez a una precipitada madurez, hecha de recelos, resentimientos y amargura. El escenario madrileño de Galdós lo traslada Buñuel – junto con su coguionista Julio Alejandro – a la ciudad de Toledo, de la que guarda buenos recuerdos de su juventud, y en la que se puede reproducir mejor un tiempo antiguo, así como el necesario provincialismo en el que se mueven los personajes. Asimismo, en la película la acción se traslada muy disimuladamente a los años 40, lo que sucintamente se deduce de la aparición de un vehículo negro de la época, en un discreto guiño de crítica a una sociedad franquista que no se dejaba cuestionar.

Como decía antes, don Lope Garrido es, sobre todo, un hipócrita, un hombre egoísta, un antiguo conquistador inmerso en un grave declive del que solo se puede aliviar aprovechándose de la debilidad de esa jovencita, Tristana, huérfana de uno de sus mejores amigos, a la que acoge en su casa. De ser su tutor, su padre adoptivo, pronto pasará a ser su amante. Ella tiene sentimientos encontrados: por una parte le reconoce bondades, pero por otra lo desearía como padre y rechaza calladamente esa ladina imposición erótica. Porque no deja de ser un objeto a su disposición, una mujer reducida al poder que ese supuesto benefactor tiene sobre ella. Celoso de su belleza, la tiene recluida en casa. Cuando la joven – al principio tímidamente – inicia su rebelión, él le espeta, autoritario: “Yo soy tu marido o tu padre, según me convenga”. Y, en ese machismo, en aquella época de Galdós, incipientemente denunciado, Buñuel le hace decir: “La mujer decente, en casa y con la pata quebrada”.

Otro personaje importante es el de la criada Saturna, en la película excelentemente interpretado por Lola Gaos. Gracias al timorato, pero decisivo apoyo de esa mujer, Tristana va atreviéndose a conquistar su vida fuera de las paredes de esa casa que es como una prisión, o una jaula, como lo reconoce don Lope en la novela, cuando lamenta no poderle ofrecer a Tristana más comodidades: “Mi mayor suplicio es no poder dorarte la jaulita”. Pero él sospecha. Sabe de sus salidas. Le pregunta, pero ella calla. “Si te sorprendo en algún mal paso, te mato”, la amenaza, y aún no sabe que su “esclava” ha conocido a un joven pintor y se ha enamorado locamente de él.

Finalmente, Tristana emprende la huida con el joven Horacio. Pero el destino es cruel. A los pocos años, ella adquiere una enfermedad y tiene que recurrir a don Lope, ahora ya rico después de haber heredado de su hermana, para que le financie una operación a vida o muerte. De resultas de ella, sobrevive pero con la pierna amputada. El ya anciano averiado gana la partida. La recupera, se casa con ella. Pero, en verdad, ahora es aún menos suya antes. Lo vemos en la genial escena de la boda, que Buñuel rueda como si fuera un entierro; y en el gesto de Tristana, disuadiendo a don Lope de su pretensión de pasar la noche de bodas juntos. Amargada por su dependiente situación, lo odia ya sin reservas.

Una de las grandes aportaciones de la película a la historia de Galdós, es esa pesadilla que, desde muy pronto, a Tristana se le repite. En ella se le aparece la cabeza cortada de don Lope haciendo de badajo de la campana de la iglesia que frecuenta. También, la extensión del personaje del hijo de Saturna, un adolescente sordomudo, vago, pajillero, que al fin entabla una limitada relación con la ya esposa de don Lope, quien, acaba mostrando, a ese joven malogrado, su cuerpo desnudo desde el balcón de su alcoba. Son dos momentos – junto a otros muchos de menor intensidad – de los que caracterizan el cine ácido de Buñuel, aunque aquí menos ostentoso que en sus últimas películas francesas.

El director aragonés repara, con un desenlace trágico, el final de la novela que, a la amiga y amante del escritor, la precursora feminista Emilia Pardo Bazán, no le había gustado, por acabar en la rendición de la joven. No era la primera vez que Buñuel recurría a las historias ideadas por Galdós. Lo había hecho antes con Nazarín, y, más indirectamente, con Viridiana. Sin duda, Tristana es una de las piezas indispensables de la obra de nuestro más genial cineasta.

Javier Puig





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