sábado, 17 de marzo de 2018

CON TODO ESTE RUIDO DE FONDO o EL IMPERIO DE LAS LUCIÉRNAGAS de VICENTE VELASCO (por Antonio Llorente Abellán)




En muchas ocasiones, cuando se reseña un libro de versos, se trata de decir si su lectura es o no recomendable; se habla de su utilidad o de la falta de la misma. En otras ocasiones se analiza el trabajo del poeta, su perfección o la ausencia de ella, su profundidad, su compromiso, o su pertinencia. Y se va revisando poema a poema, señalando uno o dos más acertados, o se indica dónde se percibe tal o cual influencia, o simplemente se despacha el asunto intentando quedar bien si el poeta es amigo, o disimulando la fatiga de haber tenido que leerlo y reseñarlo, si el firmante del libro no es tan amigo.

Para hablar de este libro de Vicente Velasco (que es amigo y a veces no tanto), empezaré con una cita del mismo:

No haremos nada mejor que nuestros padres.

Es importante este verso pues creo que el poeta no habla de la imposibilidad de mejorar un mundo heredado, sino del problema de haberlo heredado. Creo que sobre esa idea y otras afines bascula el sentido del pensamiento del libro, la intención de sus versos, que son como juguetes líricamente rotos, bellos y abandonados a lo largo del camino, y no como perfectas estatuas, homenajes a la belleza, intentando con una perfección estilística soslayar el auténtico problema.

Entiendo y en alguna ocasión comparto esa pretensión, ese logro a veces de algunos poetas de crear una belleza en sí, un mundo en sí con sus versos, al menos una estructura que sostenga ese mundo inventado, esa Creación del demiurgo en que a veces deviene el escritor de versos. Vicente no hace eso, ni lo pretende, ni puede, porque no es su interés ni su angustia crear otro mundo, sino hablar del suyo, de éste, del de todos, pero no entendamos por ello que hace una poesía realista o social. Su lenguaje lírico es casi siempre alegórico, con metáforas o símiles que nacen de su íntima y a veces intransferible percepción, que en ocasiones crean en el lector desasosiego, a veces directamente incomprensión.

Así el poeta va desgranando luz sobre esas estatuas tullidas, sobre esa arqueología informe, intentando discernir en el desierto del mundo qué hay de verdad en cada ruina, y dónde es posible hallar una sombra fresca, ya que realmente le fastidia no poder construirla él mismo.

Nacemos no ya señalados, adoctrinados, sino construidos y destruidos a un tiempo, parece decir, y se pasea por el mundo cuyo problema no es que esté mal hecho, sino que ya está hecho, y toda nuestra sabiduría, toda nuestra voluntad apenas sirve para constatar esta evidencia, y enrabietarse como el niño al que le entregan un álbum para colorear, que ya está coloreado.

Todos amanecemos con la ilusión invertebrada
implantada en nuestra retina colectiva
de que cualquier pasado fue más honorable.

No es que piense en verdad el escritor que el pasado era mejor, o más honorable. Pero sí que intuye o quiere creer en un pasado que no sea historia, es decir, un pasado que nunca hubiera estado allí, para nacer y vivir entonces limpios de memoria y, lo que es más importante, inocentes de conocimiento, con el desgarro y la decepción que ese conocimiento trae aparejados. Si el mundo no está hecho, si el hombre no está hecho, si somos arcilla sin forma, sin pasado y sin destino, y tenemos ante nosotros una montaña de barro, todo sería posible, todo emocionante, y cada día sería en verdad un nuevo día.

…y nadie es capaz
de precisar la cronología de la tragedia.


Y es que el problema no es la tragedia en sí, sino su cronología, que esta tragedia tenga tiempo y coordenadas; y si pudiéramos precisar sus límites, sus contingencias, podríamos anularla, desaparecerla, que es lo que anhela el poeta: borrar el conocimiento con la paradoja de conocer sus motivos últimos. Labor ingrata, labor imposible, donde lo lírico intenta atesorar, expedicionario en la ruina, esos pequeños juguetes rotos desperdigados, ese rato de paz, esa sombra en el desierto.

Demuestre a todos los demás que usted
no va a naufragar donde otros sí lo han hecho.

Con estos versos, casi al final del libro, concede el poeta que a veces las luciérnagas encienden la noche, vencen lo oscuro, y brindan la posibilidad de que haya un modo de no repetir vidas, muertes o naufragios. Que quizás exista un lugar que nos sea propio, donde la voluntad (tal vez el azar) nos libere del cansancio de pisar caminos ya pisados, y escuchar canciones ya cantadas.

Si es que ese ruido de fondo nos deja inventar nuestra propia música, nuestro propio silencio.



Antonio Llorente Abellán





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