miércoles, 14 de marzo de 2018

CRONÓFAGO de SOLEDAD BENAGES (por José Antonio Olmedo)



“Cronófago”: 
la incidencia del tiempo en la poesía de Soledad Benages






Soledad Benages
Cronófago
Pliegos de la Palabra, 2017










Decían los poetas sociales españoles que los poetas estéticos miraban al cielo para inspirarse en sus poemas, mientras ellos, miraban al barro. Comprendían que ante problemas y necesidades vitales para la mayoría, describir el paisaje era una frivolidad. El mundo interior de Soledad Benages trasluce un conflicto a través de su poesía. Su poesía es atmosférica, desprende una densidad oscura que hiende y deja huella. La poeta, no solo mira al barro, al barro del suelo para encontrar su inspiración, también se revuelca en él, se mancha y así se reconoce entre el barro que la forma.

A finales de los años cincuenta, —y por no abandonar tan rápido esos años de cambio en la poesía española— un periodo en el que la poesía social española vivía sus últimos coletazos, vio la luz el poemario Belleza cruel (1958), de la autora Ángela Figuera, una autora a reivindicar. Y a este poemario me ha remitido la lectura de Cronófago. Aunque enfocados ambos desde una perspectiva y un tono diferentes, en los versos de Benages habita una cruel belleza que toca y golpea la conciencia del lector. En su poética, lo confesional incluye un compromiso con la realidad y no maquilla cualquier apreciación por traumática que pueda resultar.

Cuando uno enfrenta este libro se sorprende por muchas cosas. La primera, podría ser su aparente brevedad. El libro contiene 31 páginas de poemas. Hay poemas de dos páginas, y también, de tres versos. ¿Qué es esa criatura extraña que esplende en su cubierta? Qué significa su título? Podemos decir que el lenguaje que la poeta emplea es sencillo, y sin embargo, el libro no lo es. ¿31 páginas? Habrá quien piense que es un libro ligero de equipaje, pero en cambio no lo es, es muy denso; los poemas tienen extensiones desiguales, cierto, pero algunos llevan título, otros muchos, no ¿qué significa eso? Pulsión; la poeta no ha ocultado su naturalidad creativa. No hay escisiones temáticas, la estructura interna es un poema río y su continua corriente atravesando los paisajes interiores de una conciencia: nostálgica y evocadora, testimonial y lírica, perturbadora y crítica. En cuanto al significado de la palabra que supone el título del libro y la extraña criatura que lo acompaña, la propia autora nos dice: (pág. 42).

El reloj Corpus es un reloj escultural grande a nivel de suelo afuera de la Biblioteca Taylor en Cambridge, Inglaterra. Fue inventado por John C. Taylor quien llamó a esta bestia el “Cronófago”, insecto metálico, similar a un saltamontes o langosta, devorador del tiempo (literalmente “come tiempo”) […].

La poeta personifica en esa especie de insecto monstruoso al mismísimo tiempo. Así, la apelación a ese imparable verdugo que tendrá lugar en el último poema del libro supondrá un cara a cara del que no se puede salir ileso.
Escrito en verso libre y con ausencia de rima, no se aprecia en él el forcejeo por someter el argumento a una impostura estética. La poesía de Soledad Benages es verdad, en cuanto a expresar esa verdadera poesía es su razón de ser.

Cuatro citas encabezan Cronófago de forma vinculante y premonitoria. Vinculante, porque tanto José Ángel Buesa, como José Emilio Pacheco, además de excelentes poetas, tienen en común proceder de Latinoamérica: de Cuba y México, respectivamente. Y es precisamente en aquella latitud de la tierra donde Soledad Benages, a través de sus viajes, ha tendido un puente sentimental y cultural. Por su parte, Machado y Biedma representan esa otra parte española a la que da acceso ese puente. Y premonitoria, porque en las cuatro citas está presente la preocupación troncal de este poemario, el tiempo y todas sus consecuencias e interpretaciones. Pero eso no es todo.

El primer poema del libro, titulado “Niños en calle de barro” (pág. 9) es un recuerdo de la infancia. En él, la autora desvela un tono melancólico que será recurrente durante toda la obra. Asimismo sus versos apelan a la sensorialidad, sonidos, olores, la presencia iterativa de un campo semántico telúrico evocan una canción de la tierra que tiene su origen en la cerámica tierra castellonense: Está lloviendo,  serenamente, / sobre el recuerdo. / Almendros, olivos, tierra seca / beben la vida. La escenografía basa sus puntos de fuga en lo memorístico que ya dejó de ser historiografía debido a la erosión del tiempo: Así, gota a gota, / creció la infancia acunada / por voces sin tiempo, / conducida por manos firmes y rudas.

El siguiente poema, titulado “El fusterico” (pág. 10) acrecienta lo expuesto. De nuevo el yo lírico se zambulle en la nostalgia y de nuevo emerge una dimensión sensorial focalizada en los olores. Todo él es una evocación dolorosa de la figura del padre, un padre del que ha aprendido el desencuentro con la manifestación cariñosa, un padre al que observa en la necesidad de la caricia trabajando la madera en su taller de carpintería: También, cada día, / acariciaba la madera / con sus manos tempranamente encallecidas, / aunque él no lo supiera. Esa sutil apreciación de la caricia al contemplar los movimientos del trabajo artesanal de su padre, supone una revelación del amor como anhelo, una carencia que se diseminará en casi todos los poemas posteriores: Cada mañana, cuando yo salía para la escuela / me miraba con dulzura. / No se atrevía / a darme un beso. / No fue educado para la caricia / -Yo… tampoco-.

Llegamos al cuarto poema y es aquí donde la autora revela otra de sus profundas heridas y preocupaciones: la soledad. Los versos se ensanchan, la evocación de la infancia, el fantasma del tiempo; hasta en dos ocasiones, la autora empleará la negrita para subrayar la palabra `soledumbre´, la cual refiere además al título de su anterior poemario. Y esa soledumbre es asfixiante, bituminosa, más aún cuando eres consciente del paso del tiempo e intuyes el final del río en su desembocadura:

Perdida hacia el infinito,
la mirada resplandece,
joven ansia de pasión,
en unos ojos verdes.

Y en ese anhelo adolescente,
el paso del tiempo
solo se ve
en las arrugas de la piel.


La huella del tiempo en el cuerpo es registrada en los surcos de la piel, surcos arados a través de la experiencia de agotarnos entre los sueños, el gozo, los desaprendizajes y la pérdida. Este poema resulta paradigmático. Tratando de desentrañar los elementos actoriales del poema, así como de interpretar su contenido proposicional, advertí que leyendo el poema de abajo hacia arriba también tenía un sentido:

En las arrugas de la piel
solo se ve
el paso del tiempo
Y en ese anhelo adolescente, 

en unos ojos verdes.
joven ansia de pasión,
la mirada resplandece,
Perdida hacia el infinito.

Conforme fui avanzando en la lectura del poemario advertí que este hecho, el de encontrar poemas reversibles, se daba también en otros dos poemas. Concretamente, en las páginas 14 y 15. Esta situación, atípica a todas luces y sin duda, un hallazgo sorprendente, se debe a la tendencia de la poeta a utilizar versos esticomíticos y encabalgamientos suaves.

Mientras el tono general de los poemas transmite pesadumbre y melancolía, llegamos al poema titulado “Bálsamo de Fierabrás”, el cual debe su epígrafe a la poción mágica que es capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano y que además de aparecer en la biblia cervantina forma parte de las leyendas del ciclo Carolingio. Tras un rótulo así, esperamos encontrar un amor ideal como panacea, una rotunda luz que represente el sentido de las cosas y un haz de esperanza; lejos de eso, la autora habla en estos términos: Eres / Bálsamo de Fierabrás. / Un roce apenas de tu piel, / respirar un instante tu aliento […] Ven / unge mi espíritu / con un renacer delirante. // Y después / desaparece de mi historia.

Otra de las curiosidades de este libro se encuentra en la página 19. Aquí encontramos un breve poema sin título que bien podría ser considerado un microrrelato; el poema cuenta una historia completa en una casi perfecta rima asonante: Sobre la nieve cayó / la rosa más bella. / La mano que la lanzó / nunca supo que era / la última esperanza / de la diosa primavera. La sencillez y belleza plástica del poema es extraordinaria, y no está exenta de esa simbología de lo sagrado en la naturaleza, como tampoco carece de una profunda enseñanza.

Algunos poemas están impregnados por la huella de diferentes culturas. Una de las aficiones de Soledad Benages es viajar, y en sus múltiples recorridos a través del globo, las experiencias se han ido sucediendo —y sin ninguna duda— y filtrando a su poesía. Buena muestra de ello es el poema titulado “Noche en Palenque”, inspirado en un yacimiento maya ubicado al noreste de Chiapas (México), en el que la poeta encuentra una analogía entre su arquitectura interior y la arquitectura exterior que contempla con asombro.

El poema titulado “Caleidoscopio” está inspirado en una playa de Baracoa (Cuba). Pero el poemario también cuenta con reminiscencias de la cultura japonesa, hay varias citas referidas a Basho, monje cultivador del haiku, e incluso pequeñas composiciones que respiran ese contemplativo estado de emoción. Muchas son las texturas contenidas en este libro, muchas, las referencias y aristas, los detalles sutiles que hay que interpretar, como por ejemplo: la referencia al «giraluna» de Aute en el poema titulado “(Des)concierto”.

Si el poema titulado “Sin dolor de contrición, sin cumplir la penitencia” ya representa, dentro del tono y organicidad del libro, un claro atisbo de rebeldía: el yo lírico no quiere resignarse solo a sufrir; llegamos al último poema del libro, titulado “Cronófago”, y en él se da una ruptura emocional completa, un giro diametralmente opuesto estructurado en cinco partes en las que la persona poemática lucha, se levanta en pie de guerra y ofrece resistencia ante este terrible cronófago que representa el olvido, el tiempo, la muerte. Aquí la poeta olvida su melancolía y decide defenderse atacando. Su último suspiro es un mandoble de versos que transforma las aciagas lamentaciones en una muy esperada esperanza: Entraste en mi casa / sin haber sido invitado. / La oscuridad amparó tu felonía. Los versos adquieren el carácter dialogístico de alguien que enfrenta y apela a su interlocutor: Fuiste fantasma sigiloso durante demasiado tiempo, / creíste que éste iba a ser tu hogar mientras/ conseguías destruirlo y a ti con él. Y es en sus dos últimas estrofas donde el yo lírico aparece fortalecido en los imperativos que conducen a dos estremecedores versos finales que clausuran el libro:

Quiero caminar sin anclajes, sin lastres
—esos los dejo para ti—
Siempre liviana
y abriendo la puerta sólo al índigo del horizonte.

Quiero dejar anidar humildemente la sencillez del pan
y ser inflexible, como guardián del tesoro,
con parásitos de sepulcros
que pretenden adueñarse de la luz.


En “Cronófago”, Soledad Benages demuestra ser una poeta polivalente difícil de etiquetar; no solo prospecciona su memoria, también su alma, y ofrece un arriesgado ejercicio de indagación y descubrimiento como quien ofrece cuanto tiene a cambio de nada. Su poesía, carece de evidencias estilísticas de género, aunque podríamos decir que es existencial, melancólica y realista en su formulación de la realidad lírica; tampoco hace uso de rasgos temáticos asociados a la poesía femenina, su neutralidad hace difícil averiguar el sexo del autor, y me atrevería a decir que su poesía es muy masculina. Como poeta, esta autora castellonense es valiente, no busca condescendencia, grita su poética a cualquier precio y rehúsa los lugares comunes en tono y forma. Sus poemas, climáticos por su transparencia, conservan la porción salvaje de lo concebido como pura expresión; sus poemas, son barro desnudo.


José Antonio Olmedo López-Amor





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