jueves, 15 de marzo de 2018

DISPARO DE NIEVE de ALBERTO ESCABIAS (por David González Lago)



“Disparo de nieve” es el primer poemario de Alberto Escabias Ampuero. Su título nos trae a la memoria, irremediablemente, la letra de la célebre canción de Silvio Rodríguez: “Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve...”. El libro se abre con esta cita de Antonio Marín Albalate:

Acaso sea la nieve en mi memoria,
una ventana abierta a la belleza
donde tan peligroso resultaba asomarse.

En el prólogo, Luis Alberto de Cuenca hace un recorrido sobre la evolución que lleva al rapero Shone a convertirse en el poeta Alberto Escabias. El prologuista encuentra en la poesía de Alberto una mirada personalísima, una voz propia, una poesía muy distinta a lo que se podría esperar de alguien que viene del rap, puesto que no encontramos en este poemario una poesía narrativa, sincopada ni repetitiva, como pudiera esperarse. Según Luis Alberto de Cuenca, este poemario bien podría haberse llamado “Disparo de lluvia primaveral”, debido a su vivacidad y brillo.

El poemario se estructura en dos bloques: “Donde compiten ciegamente el crimen y la aurora”, y “Donde conviven contemplándose el crimen y la aurora”.

Un sentimiento de frialdad y melancolía se deja ver desde el primer poema, “A quemarropa”, cuando Alberto compara la nieve cayendo con un disparo bajo el agua, lento, como un suspiro. Melancolía en la que profundiza en multitud de versos a lo largo del libro. Al mismo tiempo, otro tema recurrente en la poesía de Alberto es la preocupación por lo efímero, por esa alegría que desde el mismo momento en que nace ya sabemos que está destinada a morir lenta e irremediablemente, algo que se puede apreciar en estos versos de “Catedral helada”:

(...) mientras me pregunto
qué soy para ti,
sino un gigante de hielo
deshaciéndose
en tus manos vacías.

El poeta reflexiona sobre las apariencias, sobre la falsa percepción de la realidad. No se puede profundizar en lo importante en un mundo frenético y en constante cambio. Se trasluce aquí una concepción de la poesía y del amor como fatalidad, en versos como estos: “No acumulo musas ni arañas, / ni siquiera recopilo poemas, /en realidad / solo recopilo veneno”, que bien podríamos poner a dialogar con algún texto del cantautor gaditano Carlos Chaouen. Hay mucho de amor romántico en este poemario, de esos amores que llevan a la perdición y, aún sabiéndolo, no nos importa entregarnos a ellos. “Cada vez / que me asomo / a tu cuerpo, / olvido la salida”. La amante, como la nieve, desnuda y blanca. El amor quema, pero también puede helar.

Por otra parte, Alberto profundiza sobre temas habituales en la poesía, como el paso de tiempo, considerado como equivalente al concepto de misericordia. “Todo lo misericordioso / que puede ser un animal hambriento, / lo es el tiempo”. Hay poemas irreverentes y atrevidos, sin importarle incluso topar con la Iglesia. El poema “Amen himen amén” es una muestra de ello.

En algunos pasajes, la poesía de Alberto se acerca al realismo sucio. Y, aunque no podríamos denominar su poesía como realismo sucio, se me antoja que sí se podría considerar como una suerte de suciedad realista. Como muestra, estos versos de “Boxeo sobre estiércol”:

Todo lo pervertido
es sincero, no hay verdad
más innecesaria que esa
que, aun siendo poema, apesta.


La presencia constante del desamor y de la muerte en la primera parte del poemario se deja ver hasta el último poema, “Epitafio”, en el que Escabias considera que los versos de un poeta solo tienen sentido, solo están vivos cuando alguien los lee. Mientras tanto, no son más que “cementerios”.

En el segundo bloque que compone el poemario, “donde conviven contemplándose el crimen y la aurora”, se mantiene esa presencia de la muerte, la idea del suicidio, metáfora del daño que nos podemos hacer a nosotros mismos sin ser conscientes de ello. “¿Quién ha escrito / el nombre de un suicida / aquí, en mi esquela”.
En varios poemas se contrasta la luz con la oscuridad, siendo la luz símbolo de la esperanza. El desamor vuelve a aparecer como ruina, pero se deja abierta una puerta al placer de descubrir la belleza o la bondad que se esconde entre lo oscuro: 

Nadie antes 
había distinguido 
mi sombra 
entre tanta oscuridad.

También cobra importancia el recuerdo, en ocasiones de ciudades como Córdoba, ciudad personificada como cuerpo de mujer y retratada en Sierra Morena como “suave pendiente / de caderas escarbadas”.
Llaman la atención en esta parte del poemario las numerosas dedicatorias, dirigidas a personas cercanas al autor, familiares, amigos y personas admiradas, mientras se despliegan unos poemas que mantienen ese cariz de crítica social. El título del poema “Ministerio de €ultura” habla por sí mismo.

Así es “Disparo de nieve”, un poemario duro, reflexivo, melancólico y entristecedor en algunos pasajes por mostrar con crudeza la realidad y la desolación del mundo y del desamor, pero dejando siempre puertas abiertas. Siempre hay una salida, hasta el último poema. “Siempre nos quedará Ítaca”.


 David González Lago

*Pincha aquí para leer la reseña que hizo del poemario Luis Alberto de Cuenca.


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