viernes, 2 de marzo de 2018

MICHEL THION: UN CANTO A LO EFÍMERO (por Verónica Aranda)



UN CANTO A LO EFÍMERO









NIEVE
Michel Thion
Huerga y Fierro, Madrid, 2017
Traducción y prólogo de Verónica Aranda








Conocí a Michel Thion en el Festival de Voces Vivas de Toledo, una tarde plácida de septiembre de 2014. Nunca olvidaré ese recital, titulado “siesta de sonidos y palabras”, en un patio escondido de la calle de la Merced. Los oyentes descansábamos en unas hamacas y, de repente, tras el preludio musical, llegó la voz pausada y grave de Thion declamando sus poemas de la nieve y el tiempo se detuvo sobre la calurosa tarde toledana.

Las imágenes y belleza transparente de cada verso, que tenía una respiración propia, su melancolía sutil, dejaron huella en mí, y a las pocas semanas comencé a traducir este libro, en el que la nieve es la gran protagonista, el punto de partida y de llegada.
La nieve es una constante en toda la historia de la literatura, tanto occidental como oriental, donde es especialmente relevante. Basta recordar a Tólstoi, Andersen, muchos cuentos de Maupassant envueltos en nieve, los poemas níveos de Saint-John Perse y, en literatura japonesa, El país de las nieves de Kawabata y tantos haikus memorables, como éste del maestro Basho:

Ahora
vamos a contemplar la nieve
hasta caer de cansancio.

Por tanto, hay multitud de lecturas de la nieve. Solo el hecho de nombrarla, abre todo un mundo de evocaciones, como transmiten los versos de Marina Tsvetáieva:

Y en la única ventana,
nieve, nieve, nieve.

En el imaginario colectivo de los lectores está la fotografía impactante de las pisadas del escritor suizo y paseante por vocación, Robert Walser, y su cadáver yaciendo sobre la nieve, con un brazo estirado tratando de alcanzar su sombrero.

Michel Thion trabaja con la materia y su metamorfosis para revelarnos, a través de un ritmo lento impregnado de sabiduría, emociones y verdades humanas. Nieve, que fue Premio Revelación de poesía en Francia en 2015, es un canto a lo efímero, al exilio interior, al viaje largo de las nevadas. El poemario se va gestando a través del simbolismo: la nieve se relaciona con la altura y la luz y, en su descenso, tiene un carácter místico. Como menciona el autor en el epílogo, el libro nació a partir del poso que le dejó la lectura del poemario États de la neige (1), de la poeta Brigitte Baumié, que se compone de breves textos contemplativos, situados en la naturaleza salvaje de un país nórdico. Son pequeños trazos intimistas donde los estados de la nieve son también los del corazón, con sus dudas y decepciones.

Para Michel Thion, la nieve es, ante todo, piel, desnudez. Los poemas se van abriendo paso a través de los sentidos, apelan al nomadismo de los sentidos. Además de la vista, el tacto (con los opuestos frío-calor del hielo) es fundamental en la fusión con la nieve, en esas “extrañas nupcias.” Pero es asimismo la carencia de sentido la que se manifiesta a veces y hace énfasis en una conciencia de vivir más amplia: “Escribir con nieve/para un lector ciego”.


Asimismo, el autor hace alusión a fenómenos atmosféricos, pero siempre desde la intuición de esa magia a la que aludía René Char: “La nieve está esperando a la nieve para un trabajo sencillo y puro en el límite entre el aire y la tierra.” La nieve, para Thion, no deja de ser un milagro, un acontecimiento de dimensiones legendarias donde hay arqueros, ladrones de nieve, niños nube.

Tiene mucho de alquimia: su contacto crea una trasmutación en el poeta que acaba nevando (je me neige). Y es también un pretexto para hablar de lo cotidiano, la muerte, el deseo, el desamor o las desilusiones:

Desde que no me quieres
el té verde
sabe a nieve.

La atmósfera del libro, impregnada del hechizo que produce la acción de nevar y los tonos blancos, va llevando al yo lírico al completo ensimismamiento y a un estado entre la vigilia y el sueño, ya que la nieve, en palabras de Menchu Gutiérrez, “pone a dormir una parte de nosotros y despierta otra”, además de provocar hondas sensaciones estéticas durante su contemplación. Todo parece estar envuelto en un letargo y recogimiento, en una lentitud apacible donde hasta los pájaros “se hacen lentos” y el poeta acaba encontrándose en paz, como Santoka cuando escribe su célebre haiku:

Sobre la nieve
cae la nieve.
Estoy en paz.

De hecho, es notable la influencia del haiku en algunos poetas franceses actuales. En Thion, que menciona a Chiyo-ni (2) en un poema, además del lenguaje condensado y aparentemente sencillo, la propia disposición de los poemas en los que se van encadenando estrofas de tres versos, tiene relación con este subgénero de la poesía breve, aunque no sean exactamente haikus y haya también referencias al origami. Por otro lado, sus elipsis, sus espacios en blanco, obligan al lector a detenerse, convocan silencios, nos hablan del silencio puro de la nieve —tan puro como el del desierto— que no tiene gravedad e invita a la meditación, purificándonos.

La condición efímera de la nieve, ese rasgo liviano que sugiere lo pasajero de este mundo, se relaciona con el budismo, y el poemario está impregnado de dicha filosofía. Según Buda, todo en este mundo está sujeto al cambio, no hay nada permanente que pueda retener su identidad en su paso por la tierra. De ahí que cuando los budistas experimentan la fugacidad del mundo, perciben un momento único e infinito, traspasado de belleza. Así, a lo largo de los poemas, la conciencia de impermanencia está estrechamente fusionada con la conciencia de eternidad:

Nieva sobre el horizonte
y entonces el mundo
ya no tiene fin.

Aunque, la nieve también puede producir asombros o awares negativos; puede ser un temor indefinible una blandura que vence para convertirse en amenaza, grito o cicatriz, porque la risa de la nieve puede ser un “chirrido horrible”, anunciar nuestro velatorio y, al igual que el tirano, es “devastación y estrago interior”. Una de las figuras retóricas que más emplea Thion en el poemario es la personificación. Se refiere a la nieve muchas veces como Ella, como una mujer enigmática, a veces pura, otras esquiva y cruel, pero que es intangible y “no envejece”, solo se hace lúcida. Siempre “elegante y altiva”, con el paso ligero.

El poeta francés nos muestra la amplia gama de matices y estados de ánimo que representan el encuentro con la nieve y su efecto de espejo donde se reflejan la trascendencia y la fragilidad.

Como escribe Menchu Gutiérrez en su ensayo Decir nieve (3), “La nieve no es sólo felicidad, no es sólo calma o anestesia para el dolor, diríamos que la nieve, como el desierto, como el espacio invadido por la niebla o la noche, se convierte en el espejo de quien la contempla”. El poeta nos deja sumidos en un gran silencio blanco que nos hace cobrar conciencia de la espera, de la estación muerta y la que está punto de llegar y del implacable paso del tiempo:

Nieve, al fin y al cabo, tiempo vivido
y cae
sobre mis cabellos ya blancos.
                                                 

Verónica Aranda
*Pincha aquí para ir a los poemas.



1. Baumié, Brigitte: États de la neige, Color gang édition, Saint-Génis-des-Fontaines
Francia, 2011.
2. Poeta y monja budista japonesa. Fue una de las primeras mujeres que se dedicó
al haiku durante el periodo Edo.
3. Decir nieve, Siruela, Madrid, 2011.



                                                              
                                                              


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