lunes, 19 de marzo de 2018

Y EN EL AIRE, LOS ADIOSES de Á. ÁLVARO MARTÍN DEL BURGO (por Rebeca González)









Y EN EL AIRE, LOS ADIOSES

Á. ÁLVARO MARTÍN DEL BURGO

Cuadernos del Laberinto, 2018









Es un sábado cualquiera de diciembre y estoy leyendo la novela que me ocupa en esos momentos: Las intermitencias de la muerte, de José Saramago. Ha pasado casi una hora desde que me sumergiera en la prosa del escritor portugués, y decido que voy a comenzar el pequeño poemario que espera paciente sobre el sofá, a escasos centímetros de mí.

Me acomodo, abro una página al azar y, ¡pum!, recibo tal golpe de efecto que, aquí me tienen, dos meses después, con las secuelas aún resonando en el interior de mi cabeza.
Un pentagrama. Un pentagrama que resulta ser el epitafio del músico Alfred Schnittke.



«La poesía y la esencialidad del epitafio del músico ruso Schnittke son de una belleza realmente esclarecedora. En el epitafio hay escrito un pentagrama y tres indicaciones musicales: un silencio (es decir, no hay sonido), un calderón (duración prolongada, indefinida), y fff (fortísimo). Es simple y sabio: un silencio que se prolonga, que permanece, que aún con todo es estridente; como una presencia intensa, que sin embargo no es más que silencio.»

Nos encontramos así, desnudos frente a frente, ante los que serán los dos tópicos que vertebren este primer poemario de Álvaro Martín del Burgo: la música y la muerte. Y es también desde aquí, desde donde el autor nos invita a una conversación privada, íntima, quizá largamente pospuesta, en la que interpelarnos con naturalidad acerca de las cuestiones que nos hacen genuinamente humanos.

Hablemos, porque hablar es apacible
y el decir a menudo contenta.
Hablemos como Alfred Schnittke, o como su tumba,
como quien toda la vida
ha hecho música y ha dibujado puertas,
y no teme ahora seguir sonando, ni teme al silencio.


Digo que este poemario habla de la muerte. Pero quizá sería más apropiado decir que disecciona la muerte, o que es un ensayo –un ensayo poético y concienzudo-  acerca de ella. La muerte como experiencia trascendente, la muerte como generadora de recuerdos y sí, la muerte como generadora de dolor. En contraposición, la muerte deseable, la muerte como elemento intrínseco del ser humano. Y la muerte como luz que ilumina las almas bondadosas.

También los dioses andan deseosos de morir.
Ellos, los que sentencian,
quisieran ser amados:
ser y amar en el tiempo
es oficio de mortales.

Se la aborda con honestidad, pero también con falibilidad. Con ironía, incluso.

Como adornos festivos, vestirás
en el desfile síntomas de vida.
Dime, ¿sabes tú qué celebración
enmarca y conmemora tal desfile?

Acompañándonos en este recorrido, una selección musical que eleva la lectura al grado de experiencia sensorial. Así pues, serán Rachmaninov, Mahler o Mussorsgsky quienes nos demuestren cómo cambia un poema al ser leído al piano. Cómo se puede jugar a mezclar obras y versos, y cómo el significado se destila de manera muy diferente según el alambique utilizado. Y de esta manera tan sutil, uno empieza a ser consciente de qué es esto que llamamos vivir y morir. Que todo es un misterio, sí, pero la música y las palabras, son pistas bellas y poderosas.

El viejo cuadro del poeta
muestra tus mismas cicatrices.
Sus nostalgias antiguas son tus nostalgias tan de siempre,
y sus placeres olvidados, serán tus placeres venideros.
[…]
No temas encontrar en cada verso
la terrible significación de tus días.
El tiempo será la voz lejana
que después pronuncie cada estrofa.
Y en su lectura descubrirás el sabor
auténtico y certero de las palabras.


 Rebeca González





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